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El Manzanares a su paso por... Madrid
Todos los que vivimos en esta ciudad sabemos que el Manzanares la cruza, pero qué sabemos de este río que es una constante en nuestras vidas cotidianas.
La fauna
La fauna que se desarrolla en el entorno del río Manzanares se estructura en dos grandes grupos: las aves acuáticas (principalmente patos), y los peces. Los patos comunes han sido introducidos por el Ayuntamiento de Madrid y los salvajes se han incorporado por repoblación natural y posterior reproducción.
La población de ánades salvajes tiene a su principal y casi exclusivo representante en el Ánade Común o Ánade Real (Anas platyrhynchos), popularmente conocido como "azulón". No obstante, no es difícil observar otras especies de patos en el río, principalmente durante los meses de invierno, aunque es el azulón el único que se reproduce en el tramo de ámbito municipal.
Los patos del río Manzanares reciben una atención y unos cuidados permanentes, por el personal que les suministra el alimento y limpia los refugios, así como por los vecinos de la zona.
La población piscícola que puebla el río Manzanares, en el tramo de actuación municipal, tiene su principal representación en el cauce urbano, donde la formación de sucesivos embalses por el cierre de compuertas permite la vida a varias especies y sobre todo incrementar su número por la abundancia de alimento.
Dadas las características del río Manzanares, las especies que lo pueblan son propias de los cursos bajos de los ríos y, en general, se adaptan a un rango amplio de calidad del agua. El seguimiento de las especies introducidas indica una perfecta adaptación de la población piscícola a las condiciones del medio, incluso reproduciéndose con normalidad en el mismo.
Esta población está constituida principalmente por:
Carpa Común (Cyprinus carpio), Carpa de Espejo (Cyprinus carpio var. specularis), Carpín (Carassius auratus), Gambusia (Gambusia affinis), Gobio (Gobio), Pez Sol (Lepomis gibbosus), Pez Gato (Ictalurus melas), Barbo (Barbus sp) y Lucio (Esox lucius).
Puente de Segovia.
Es el más antiguo de los que le quedan a Madrid. Une el final de la calle de Segovia con el principio de la carretera de Extremadura. Su arquitecto fue Juan de Herrera, el constructor de El Escorial. Y fue construido entre 1581 y 1584. Su coste, incluyendo la calzada, sobrepasó los doscientos mil ducados. Tiene nueve ojos con arcos de medio punto, almohadillados y de piedra granito; el central, de mayores anchura y altura, las cuales se van reduciendo simétricamente por uno y otro lado; las cepas -estribos- guardan la misma proporción en su espesura que los arcos en su luz. Sobre los arcos corren los antepechos, también de granito, a sendos lados de la calzada; y en los antepechos, a plomo sobre los estribos, las grandes bolas de piedra que Juan Herrea prefería -recuérdese El Escorial- como motivo ornamental. La calzada del puente se ensancha en sus extremos.
El Puente de Segovia es de soberana belleza. Y une a ésta su impresionante severidad y su sencilla grandeza, virtudes que caracterizan todas las obras del gran arquitecto. Este puente, pensado y construido para un río caudaloso, al quedar sobre el humilde y casi siempre menguado Manzanares motivó incontables decires, en prosa y verso.
El puente de Toledo.
Entre la glorieta de las Pirámides y el principio de la calle del General Ricardos y el "antiguo real camino de Andalucía". Desde tiempos muy remotos existió en el mismo lugar, un sencillo y rústico puente que con frecuencia era arrastrado en las crecidas del Manzanares.
En 1682 decidió el rey Carlos II y el Concejo de Madrid construir uno definitivo lo suficientemente sólido para resistir el empuje de las aguas. La obra se encomendóa Manuel del Olmo y José Arroyo. Su construcción quedó suspendida por causa de la mala administración de la obra, y las partes acabadas terminaron destruidas en 1720 durante la crecida invernal del río. En este mismo año, se reinició la construcción del actual puente con caracter de urgencia. Los planos fueron obra de Pedro de Ribera en el apogeo de su entrega artística a su Villa natal. En 1732 quedó terminado. Lo forman nueve arcos de medio punto labrados en granito del guadarrama. Sus pilares, robustísimos. A los lados del arco central hay dos cuerpos de granito -a modo de templetes con dosel- en los que se abigarran churriguerescamente las Armas Reales y las de Madrid, y las estatuas de San Isidro -sacando a su hijo del pozo- a un lado, y de Santa María de la cabeza, al otro, esculpidas ambas en piedra caliza por Juan Ron.
La salida del puente está decorada con torrecillas churriguerescas de dos pisos; en el inferior hay columnas, y en el superior estítipes, y en los remates, una figurilla. En su entrada, hacia el empinado paseo de los Ocho Hilos, queda precedido por una plaza semicircular decorada con dos bellos obeliscos de granito -zócalos, cuatro cuerpos salientes, cornisa y aguja- y seis estatuas de los monarcas españoles labrados para ser colocadas sobre la alta balaustrada del Palacio Real.
Grandes rampas de acceso a ambos lados del puente sirven de enlace, como en el de Segovia, para pasar desde el terren natural al puente, "formando el tránsito entre la Naturaleza y el Arte". Más recargado, más fastuoso que el de Segovia, el de Toledo es, como aquel, un puente "soberbio, hermoso y firme", "mucho puente para tan escaso río". Sería injusto no recordar que la construcciónde esta joya de la arquitectura matritense debiose principalmente al tesón de don Francisco Antonio Salcedo y Aguirre, corregidor de Madrid entre 1715 y 1729, año en que murió.
Se cuenta que para ellegar los fondos necesarios a esta gran obra fueron vendidos -¿por quién, señor mrqués de vadillo?- a los libreros y editores Pando, ¡setenta y dos manuscritos de don Pedro Calderón de la Barca, al precio de dieciséis mil reales!
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