Móstoles, una villa con historia

La contemplación de esta gran población a la vera de esta carretera, con los enormes bloques de vivienda colectiva, entre los que predominan los edificados en los años 70 y 80 del siglo XX, produce en el viajero de paso la impresión de hallarse ante una gran entidad urbana contemporánea, fruto del aluvión de la inmigración nacional originado a partir de los años 60 del referido siglo. Este viajero,  si no ha sido previamente instruido, no hallará en la visión de la periferia rotundamente funcional y residencial de esta población, elementos  que le inciten a parar a pensar que se halla ante una antigua villa castellana de larga historia; e incluso, en algún momento concreto, crucial para el devenir histórico del conjunto de España.

1. Orígenes históricos

Nos encontramos ante una población de lejana progenie. Aunque han aparecido restos arqueológicos pertenecientes al período del Paleolítico inferior, el primer germen urbano de esta localidad corresponde al período de dominio romano. Así, en el Cerro Prieto ha aparecido un importante yacimiento de esta etapa histórica, con elementos de cerámica en “terra sigilata” y lápidas con inscripciones funerarias, con lo cual ha llegado a suponerse que quizá Móstoles fuera la romana Metercosa, si bien la corriente histórica mayoritaria atribuye la identificación de esta población carpetana del ámbito madrileño a la actual villa de Santorcaz.

No obstante, y atendiendo a criterios filológicos y a la producción agraria tradicional del entorno, ha alcanzado mayor popularidad la explicación que atribuye el origen del topónimo “Móstoles” a la fusión de las palabras latinas “mustum” y “oleum”, es decir, mosto y aceite; productos ambos elaborados tradicionalmente en el entorno.

En la época islámica, la pequeña aldea sería fortificada bajo el gobierno de Abderramán III, dentro de una campaña generalizada de construcción de plazas fuertes de vigilancia en la Marca Media, ante el incremento amenazante del poder militar cristiano que se producía en ese momento (primer tercio del siglo X) al norte del Sistema Central. Finalmente, Móstoles pasaría al dominio castellano como la casi totalidad del Reino Taifa de Toledo, tras la capitulación firmada por si rey Al-Qadir con el monarca castellano-leonés D. Alfonso VI, en el año 1085.

2. Una aldea, por su autonomía.

Todas estas tierras quedarían bajo la jurisdicción del Arzobispado de Toledo, y Móstoles, claro está, no iba a resultar una excepción, quedando sometida a vasallaje feudal eclesiástico como una más de sus innumerables aldeas y villas.

A lo largo de los siglos los mostoleños (o mostolenses o mostoleros, como también son conocidos) trataron de desvincularse de este señorío que les obligaba a desplazarse hasta Toledo para la resolución de cualquier pleito judicial, con el consiguiente abandono de sus tareas laborales y gasto de dinero. La mayor parte de sus habitantes se dedicaba a la agricultura, que no era especialmente generosa en relación al denodado esfuerzo que le dedicaban sus trabajadores, y cuyos parcos ingresos suponían un gran impedimento para distraer los esfuerzos, que se habían de dedicar necesariamente a cubrir el sustento diario.

El enorme poderío político y religioso de la mitra toledana impidió que los mostoleños obtuvieran su autonomía jurisdiccional hasta la finalización del medievo. Sometida la aldea de Móstoles al dominio arzobispal toledano, vería además alojarse entre sus humildes muros y exiguo término, poderes locales materializados en la residencia dentro de su ámbito de importantes familias nobiliarias con grandes propiedades como los Condes de Puñonrostro, de tanta importancia en la Villa de Madrid, o los Rojas, con potestad de nombramiento de algunos cargos concejiles.

3. Móstoles, villa de realengo.

El respaldo de estas poderosas familias, y las bancarrotas que sufría la monarquía hispánica en el reinado de Felipe II, favoreció que este monarca vendiera a los mostoleños el cobro de las alcabalas en el año 1563, quien, de esta forma, obtenía liquidez para mantener las múltiples campañas militares que sostenía España en centroeuropa, y en el Mediterráneo contra el Turco.

Apenas dos años después, en 1565, el Concejo, Justicia, Regidores y “hombres buenos” de Móstoles elevaron al monarca Felipe II un escrito solicitándole la exención de su aldea de la jurisdicción toledana, y su inclusión en la Corona y Patrimonio Real, convirtiéndose por tanto en Villa de realengo eximida de cualquier dependencia señorial. Felipe II otorgó dicha petición a cambio del pago de 6.500 maravedíes por parte de cada uno de los vecinos con los que entonces contaba Móstoles, que eran 323. En ese momento serían levantados los símbolos representativos de su villazgo: la horca, la picota con su cuchillo, la cárcel y el cepo. No obstante, esta situación de autonomía administrativa no supuso una mejora en la situación del pueblo llano. Se estableció la figura de un corregidor,  que era denominado alcalde mayor, y que era designado siempre entre los miembros de la nobleza mostoleña. Considerando que las familias nobles o hidalgas en esta villa, en el siglo XVII, apenas eran cuatro o cinco, la desigualdad y el abuso de poder eran enormes en sus tratos con el pueblo llano.

Esta situación de privilegio de unos pocos sobre la inmensa mayoría, se trató de subsanar en cierta medida, a partir de la época de la Ilustración, ya en la segunda mitad del siglo XVIII. Así, y siguiendo una normativa generalizada a la mayor parte de las poblaciones de realengo en España, se suprimió la figura del alcalde mayor, nombrándose dos “alcaldes ordinarios”, que representaban los intereses respectivos de la nobleza y el pueblo. No constituyó, sin embargo, este sistema la panacea a los males que se sufrían, y la mayor parte de los problemas de desigualdad y abuso de poder, persistieron en gran medida.

4. 1808: Móstoles entra en la edad contemporánea.

El inicio del siglo XIX en España se inicia con la ocupación militar francesa durante el año 1808, y la sustitución de la dinastía borbónica por la figura de José I Bonaparte, dentro del contexto general de las guerras napoleónicas en Europa.

Este acontecimiento propiciaría que el nombre de Móstoles tuviera repercusión por primera vez a nivel nacional.

Efectivamente, en ese año figuran como alcaldes ordinarios Andrés Torrejón y Simón Hernández, protagonistas indiscutibles de la población en ese año, sobre todo el primero.

La razón: las consecuencias del alzamiento del pueblo de Madrid contra el ejército ocupante francés el 2 de mayo de 1808. Esa misma tarde llegaría a la villa el miembro del Consejo Supremo de Regencia D. Esteban Fernández de León a visitar a su amigo D. Juan Pérez Villamil y Paredes, al que informó del heroico levantamiento de los madrileños y de la sangrienta represalia a la que le estaba sometiendo el ejército ocupante.

El asturiano Pérez Villamil, que pasaba unos días de asueto en Móstoles en una finca de su propiedad, rápidamente concibió la idea de redactar un manifiesto o Proclama en que se comunicara al resto del país la represión que estaba sufriendo la capital. La proclama fue firmada por ambos alcaldes, el representante del estado noble (Andrés Torrejón) y el que representaba al estado llano (Simón Hernández); aunque ambos eran labradores, Torrejón representaba interinamente o “en depósito”, como se decía entonces, a la nobleza del lugar. Quizá, la circunstancia de representar los intereses de la clase socialmente preeminente ha facilitado que Torrejón sea el alcalde más recordado de los dos. Esta proclama sería difundida a uña de caballo por el postillón Pedro Serrano, quien tomó el camino real de Extremadura. Llegó a Talavera de la Reina, pero cayó enfermo en Casas del Puerto (Cáceres). No obstante, en los pueblos por los que pasó, se sacaron copias de la proclama que fueron divulgadas de la misma forma por más jinetes alertando al resto de los españoles del levantamiento del pueblo de Madrid, favoreciendo de esta forma el inicio de la guerra de la Independencia contra los franceses. Esta guerra supuso un continuo esquilmar de la población (como tantas de España), circunstancia agravada en el caso de Móstoles al hallarse en plena travesía de la carretera de Extremadura y próxima a Talavera de la Reina, escenario de furiosas batallas. De esta manera, sufriría decomisos e incautaciones tanto por parte de las tropas ocupantes francesas, como de las españolas y de sus aliados. Esto desembocaría en una serie de epidemias que reducirían notablemente su población.

El último tercio del siglo XIX supondría el inicio de una tímida recuperación de la villa, con un incremento poblacional, de la producción agrícola, de las transacciones comerciales, y las primeras instalaciones industriales, surgidas al socaire de ser población de paso en la carretera de Extremadura y en las proximidades de la capital. Estas circunstancias, más el recuerdo indeleble de ser la primera población española que declaró oficialmente la guerra a los franceses, impulsó la concesión al ayuntamiento de la villa del título de Ilustrísimo, en 1882, bajo el reinado de Alfonso XII.

5. Móstoles en el Siglo XX.

El inicio del siglo XX volvió a poner a la villa de Móstoles bajo el punto de mira de la actualidad nacional.

En  efecto, en 1908 se conmemoraba el Centenario del inicio de la Guerra de la Independencia contra las tropas napoleónicas, y Móstoles fue una de las poblaciones elegidas para los distintos eventos que en dicho año se celebraron por toda la geografía española. Con tal motivo, la familia real desplazó el 14 de mayo a la histórica población, y aparte de distinguir al Ayuntamiento con el tratamiento de “Excelentísimo”, se inauguró por Alfonso XIII el monumento dedicado al alcalde Andrés Torrejón, obra de Aurelio Carretero.

Esculpida su imagen en una sola pieza de bronce, representa al alcalde ataviado con amplia capa y cubierto de sombrero chambergo, portando la vara de mando en su mano derecha. Se representan, asimismo en bronce, el escudo de España, y el águila imperial, representante del dominio napoleónico, que vuela arrebatando la corona de la soberanía española. Adosado a la roca, se observa el relieve que representa al postillón que portaba la proclama de declaración de guerra al francés. Todo el conjunto escultórico se encuentra asentado sobre un gran pedestal de sillares bien trabajados y un monolito de piedra serrana granítica procedente de la provincia de Segovia que representa los Pirineos, que violentaron los franceses para la invasión y ocupación de nuestra patria. También se inauguró una lápida conmemorativa en la modesta casa del célebre alcalde, que hoy se conserva impecablemente como ejemplo de casa de labradores tradicional mostoleña de las que ha desaparecido casi cualquier rastro.

La vida y costumbres tradicionales de una población castellana, siguieron vigentes en Móstoles hasta mediados del siglo XX. La actividad económica se seguía basando en la agricultura y algo de ganadería, principalmente ovino. Tras la guerra civil y con el inicio del desarrollo económico de España, comenzaría a afluir hacia la capital una corriente inmigratoria cada vez más importante que no sólo afectaría a Madrid; también tendría su repercusión en las poblaciones de su entorno, que en los años 70 se englobarían en su área metropolitana.

De esta forma, Móstoles experimentó un crecimiento poblacional y edificatorio exorbitante a partir de la segunda mitad de los años 60. La tradicional población castellana se convirtió una “ciudad-dormitorio” en los años 70 y 80, con enormes bloques de vivienda colectiva que hicieron desaparecer la práctica totalidad de sus casas rurales. La agricultura y la ganadería fueron sustituidas como actividad económica tradicional, por el sector servicios, la actividad industrial y la construcción. Nuevos y enormes barrios han contribuido a dotar de mayor dinamismo a esta población, dividida en distritos y con barrios cuyas denominaciones resultan bastante conocidas de todos los madrileños.

6. Un pequeño paseo por el patrimonio histórico-artístico de Móstoles.

A pesar de su cercanía a la capital, Móstoles tradicionalmente fue una modesta población rural habitada por agricultores, ganaderos, arrieros y jornaleros, a la que se añadía una reducida población perteneciente al estado noble. Estas circunstancias han determinado que el patrimonio edilicio monumental sea escaso y de modesta entidad. Por otra parte, el desenfrenado crecimiento de la población a partir de los años 60 del siglo XX ha determinado que el caserío tradicional de la población manchega haya desaparecido casi en su totalidad.

No obstante, el discurrir histórico de Móstoles es amplio, y ello ha permitido que hayan sobrevivido algunos hitos materiales que permiten que nos hagamos una ligera idea de su evolución urbana y de las distintas culturas que habitaron su entorno.

a) Restos Romanos: Centrados principalmente en el Cerro Prieto, consisten básicamente en restos de cerámica en “terra sigilata”, y algunas piezas numismáticas.

Asimismo, en 2002 apareció en la zona del arroyo del Soto una interesante lápida sepulcral datada en el siglo II, e incluso bustos de alguna deidad del panteón romano. Sin embargo, la mayor sorpresa se ha producido al aparecer importantes restos romanos en el propio casco histórico de la villa.

Así, en la Cuesta de la Virgen, apareció hace pocos años la estructura de un “praefunium”, que es la denominación latina de un horno de elaboración de piezas de cerámica. La circunstancia de hallarse estructuras del período romano en pleno casco medieval de la villa, y no sólo en su entorno próximo, como estaba constatado hasta ahora en el ya mencionado cerro Prieto o el arroyo del Soto, ha incrementado las posibilidades de que Móstoles tuviera su germen como núcleo rural ya en el período romano bajomedieval, y tuviera continuidad en la etapa visigótica.

b) Época visigoda: En la misma zona del arroyo del Soto, junto con los elementos romanos, han aparecido una serie de elementos arquitectónicos como cimacios, fustes de columnas y restos cerámicos, que hacen pensar en la existencia de una iglesia visigótica, que aprovecharía elementos constructivos de época romana.

c) Viajes de agua islámicos: El descubrimiento de estas estructuras de captación y conducción hidráulica, hasta ahora solamente constatados dentro del área madrileña en la propia capital, ha constituido una gran sorpresa.

Datados en época altomedieval (siglos IX-XI), sus diversos ramales (siete localizados hasta la fecha) convergían en la actual plaza del Pradillo, donde al parecer existía un gran aljibe que almacenaba el agua.

d) Una sorpresa mudéjar: Para el visitante no avisado que llega por primera vez a Móstoles sin referencias previas de su dilatada historia,  y aleccionado por el aspecto inequívocamente contemporáneo del urbanismo y de la arquitectura residencial predominante en el casco histórico, la contemplación de su iglesia parroquial tradicional, no desmentirá inicialmente la impresión que haya anidado en su ánimo de hallarse en una ciudad moderna desarraigada de cualquier tradición histórica. No obstante, la visión de su esbelto campanario, le pondrá inmediatamente en alerta. Ya avisado, si se decide a rodear la totalidad del edificio, descubrirá otro elemento que le confirmará la sospecha de que el templo oculta mucho más de lo que refleja su actual aspecto anodino.

La Iglesia Parroquial de Nuestra Señora de la Asunción es actualmente un edificio contemporáneo, remodelado en los años 70 del siglo XX bajo las trazas del arquitecto municipal Aurelio Mendoza, que varió la disposición canónica original del templo siguiendo las directrices del Concilio Vaticano II. Hay que tener en cuenta que el templo sufrió un asalto expoliador por parte de elementos anticlericales en 1936, que dejó el edificio desnudo de sus elementos muebles y la estructura arquitectónica del mismo sumamente deteriorada. En los años 40 del siglo XX, se procedió por la Dirección General de Regiones Devastadas bajo los planos del arquitecto García Pablos a una reconstrucción del templo que respetó las líneas generales de su planta, si bien sus fachadas se vieron muy alteradas.

La remodelación de Mendoza de los años 70 añadió al templo una gran fachada sur semicircular que acogería el nuevo altar mayor.

Al exterior esta nueva fachada mostraría el sector suroriental, sobre un basamento común de mampostería, con sus fachadas revocadas y enjalbegadas de blanco, con apenas cuatro ventanales alargados de medio punto; en tanto que el sector suroccidental, de algo mayor altura que la precedente, sobre el mismo basamento de mampostería, mostraría una cuidada fachada en ladrillo visto con dos bandas de recuadros rehundidos, y rematado por una cornisa sostenida por canecillos del mismo material, todo ello siguiendo la tradición mudéjar constatada en la torre-campanario y el antiguo ábside, que quedó reducido a una capilla lateral, no obstante su gran valor histórico-artístico.

El ábside mudéjar, antiguo presbiterio del templo, es un notable ejemplo de la albañilería medieval de influencia toledana. El basamento del mismo está elaborado en mampostería de piedra irregular con hiladas de ladrillo. Sobre este zócalo se elevan dos bandas de arquerías ciegas en ladrillo visto. Los arcos que componen estas arquerías son de herradura apuntada sobre alargadas jambas, y aparecen enmarcados en recuadros rehundidos, a modo de alfices, decorados en su parte superior con ladrillos en esquinilla. Estos dos cuerpos de arquerías rematan en un notable conjunto de canecillos en ladrillos escalonados que sostienen la cornisa del tambor del ábside. En la restauración que se efectuó tras la guerra civil fue eliminada una tercera banda de arquerías que respondía a una elevación que se efectuó del ábside en época contemporánea. Aunque no hay un acuerdo unánime entre los especialistas, se data la construcción del ábside en los comienzos del siglo XIII.

La torre mudéjar se sitúa en el lado nororiental del templo. Para Navascués Palacios sería anterior a la construcción de la iglesia, llegándole a atribuir una función de atalaya de vigilancia, y datándola en la primera mitad del siglo XII. El hecho de que su construcción fuera exenta en relación al resto del templo la relaciona con otros ejemplos dentro del área de jurisdicción del arzobispado toledano, con un caso tan evidente como el de la iglesia de Santiago del Arrabal, situada en la misma Toledo. Se ha especulado con la posibilidad de que este campanario toledano se alzara directamente aprovechando la estructura subsistente del alminar de una mezquita. Su separación física del actual templo de Santiago es característica que compartía originalmente la torre mostoleña. Asimismo, la situación de las escaleras,  rodeando un machón  cuadrangular de ladrillo forrando un relleno de cal y canto, y englobadas por los paramentos de la fachada de la torre, constituyen características estructurales habituales en la construcción de los alminares islámicos de época emiral-califal, e incluso taifa (siglos VIII-XI).Las escaleras de la torre mostoleña tienen un desarrollo recto, girando en ángulo recto entre el muro del machón central y el paramento interior del muro de fachada. Ejemplos similares dentro del ámbito de nuestra Comunidad los encontramos en la propia capital.

Así, las torres mudéjares de San Nicolás (siglo XII), y de San Pedro el Viejo (Siglo XIV), ambas en Madrid, muestran esta misma estructura compositiva interior: un machón central macizo, rodeado por una escalera de desarrollo recto. Sin embargo los techos de la escalera de las torres de San Nicolás y de San Pedro se componen de cubiertas de tableros de madera, datados en el caso de San Nicolás en el siglo XV (posiblemente, fruto de una reforma efectuada en esa época), en tanto que la escalera de la torre de la Asunción de Móstoles muestra la singularidad de estar cubierta de bóvedas falsas por aproximación de hiladas de ladrillo. El exterior de la torre se halla edificado en el llamado “aparejo toledano”, una combinación de cajas de mampostería delimitadas por verdugadas de ladrillo. Sus fachadas están perforadas por numerosos mechinales, remanentes de la época de su construcción con andamiaje de madera anclada a la propia obra que se iba edificando. Los huecos son escasos; tan sólo estrechas saeteras que iluminan el cuerpo de escaleras interior. El campanario muestra dos huecos por cada cara, combinando cada una de ellas un vano en arco ojival y otro en arco de herradura, ambos englobados en su propio alfiz. Los vanos del frente sur están desfigurados, no conservando su configuración original.

d) El esplendor del barroco: Su declaración como bien de interés cultural por la Comunidad de Madrid en 1994, nos indica la importancia del pequeño templo barroco de Nuestra Señora de los Santos. El origen de su construcción lo encontramos en la siguiente narración legendaria. En torno al año 1514 unos niños se encontraban jugando a la pelota en un frontón que se hallaba en el emplazamiento de la actual ermita. Al caérseles la pelota en un agujero y tratar de recuperarla los niños, advirtieron que se trataba de una pequeña cueva donde descubrieron una imagen de la Virgen María. Los vecinos decidieron levantar una ermita provisional en el lugar en que había aparecido la imagen, construida con muy escasos medios, hasta que en 1602 comenzaron las obras del actual edificio. Éstas comenzaron mediante una donación económica que efectuó Dª Constanza de Rojas, propietaria de una finca colindante y madre del afamado beato Simón de Rojas. El edificio finalizó en sus líneas esenciales en el año 1605, si bien en fechas posteriores se le añadió alguna capilla y la sacristía (1618), y en 1680 fue reformada la capilla mayor bajo la dirección de los maestros de obras José Carrasco y Cristóbal Rodríguez. Los últimos trabajos de decoración interior finalizaron en 1697.

El edificio muestra al exterior unas líneas austeras, características de las construcciones religiosas post-herrerianas en la transición del siglo XVI al XVII, y construido en mampostería en cajas de ladrillo.

Es un templo de una única nave, en planta de cruz latina, dividida en tres tramos y cubierta con bóveda de cañón. Destaca la decoración de la capilla mayor, similar a la del Cristo de los Dolores de la Iglesia de San Francisco el Grande de Madrid.

Destaca en la misma el retablo mayor, realizado en el año 1717 por el maestro entallador Domingo de Valdearena. Se compone de predela, cuerpo principal dividido en tres calles por columnas salomónicas, y ático semicircular, perfectamente adaptado a la estructura formal de la capilla. Por su estilo, es posible que las trazas las diera el arquitecto y retablista José de Churriguera. Su estilo barroco “castizo”, tan característico del área madrileña, no ha sufrido más menoscabo que el ocasionado por el asalto y saqueo que sufrió la ermita en 1936, perdiendo sus imágenes de bulto redondo originales. Las que podemos contemplar hoy, los Sagrados Corazones de Jesús y de María, son contemporáneas, incluida la Virgen de los Santos, titular del templo. No obstante, se mantiene el hermoso altar barroco, adosado a la predela del retablo, como era usual antes de las reformas impuestas en la liturgia por el último Concilio ecuménico.

e) La Fuente de los Tritones: En la Plaza del Pradillo se levanta esta pintoresca y sencilla fuente, que también es conocida como la de los Peces.

El pilón es de forma octogonal, y en su centro se alza un pedestal cuadrangular, con cartela conmemorativa, rematada por una escocia que sustenta la base octogonal de un sencillo jarrón en pieza caliza. Los elementos más significativos de la fuente son los peces o “tritones” en bronce, que se alzan a ambos lados del pedestal, apoyados en bases cúbicas también en bronce y ornadas con el escudo municipal de la villa.

Los peces (¿quizá delfines?)alzan sus colas a lo largo del pedestal arrojando agua por sus bocas. Se ha comentado que se levantó en conmemoración de la traída de aguas del Canal de Isabel II, cuestión absolutamente incierta a tenor de la fecha de inauguración de la fuente: 1852, es decir, seis años antes de que las aguas del Lozoya llegaran a la capital.

La inscripción conmemorativa, de difícil lectura, así lo certifica: “SE CONSTRUYÓ  EN LOS AÑOS 1851 Y 1852 COSTEADA DE LOS FONDOS MUNICIPALES”.

 

Fuentes Consultadas

  • AA.VV. (2008). Enciclopedia del Románico en Madrid. Fundación Santa María la Real. Aguilar de Campoo.
  • AA.VV. (2003) Restauración de la Ermita de Santa María la Blanca de Carabanchel. Monografías de Patrimonio Histórico. Ediciones Doce Calles. Aranjuez.
  • AA.VV. (1998) De las ciudades del suroeste a las vegas del sur del Guadarrama. “Móstoles”. Consejería de Educación y Cultura. Madrid.
  • PAVÓN MALDONADO, B. (1988) Arte toledano: Islámico y mudéjar. Instituto Hispano-árabe de Cultura. Madrid.
  • ROSELL, C. (1866). Provincia de Madrid. Crónica General de España (ed. Fácsimil) Editorial Maxtor.

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Julio Real

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