Schropp, el alemán de la calle de la Montera

Aún cuando es un comercio que se declara como existente desde 1772 y siempre fue de mérito, es en la segunda mitad del XIX, y sobre todo a partir de 1860, cuando consigue un gran pico de popularidad gracias al personaje citado.

La tienda de Schropp, al cual los madrileños de a pie llamaban Escró, tal y como nos cuenta la infanta Doña Paz de Borbón [1] vendía diversos artículos, todos buenos, de calidad y normalmente de allende las fronteras, pero, entre otras muchas cosas y sobre todo su establecimiento era juguetería y almacén de productos navideños.

Estaba en uno de los mejores sitios, la calle de la Montera que, para aquel entonces era de las principales vías comerciales de la ciudad, que tampoco eran tantas y estaban todas cercanas. Era una tienda de élite, proveedora de la Casa Real y sólo apta para las clases pudientes. La tipología de sus productos la convertía en lo dicho, ya que esas mercancías estaban muy distantes de la cesta de la compra del común de la ciudadanía de la época.

Decir que la juguetería de aquellos tiempos no tiene absolutamente nada que ver con la actual puede ser una obviedad, pero es una realidad en todos los sentidos. Aquella España estaba muy atrasada en esta industria. Hay que esperar a que, entre el fin del XIX y los comienzos del XX, nazcan sobre todo en el Levante una serie de fábricas que puedan ir cubriendo las necesidades de la ilusión que representan estos productos. Mientras tanto la cosa sobrevivía entre los elementos de juego tradicionales y rudimentarios y la importación del extranjero. Al mismo tiempo hay que señalar que en este campo empezaban a tener cierto peso las teorías pedagógicas que establecían que los juguetes eran algo más y que su influencia en la educación infantil era asunto importante.

Con todo este panorama está claro que pocos de los niños españoles eran los privilegiados que tenían acceso a un juguete, salvo los confeccionados de forma casera o los más rústicos y elementales, tanto que sería discutible denominarles juguete. Y así el escaparate de la tienda de la calle de la Montera número 4, que antes fue el 12, era una delicia, un espectáculo, evidentemente para los pequeños, pero no solo para ellos sino para todo el mundo, tal y como se desprende de la prensa contemporánea. Ante esa maravilla que es siempre la mirada fascinada de un niño se mostraban tras los cristales de los Alemanes las cosas más mágicas, los productos que alimentan los sueños de la infancia, y que pueden perdurar toda la existencia escondidos en la memoria. Allí se pudieron ver por primera vez en España objetos del mundo lúdico que, si después fueron mas comunes, en su momento apenas podían ser imaginados por los naturales de este lado de los Pirineos.

Si durante todo el año vemos que se podía comprar tinta alemana para escribir, faroles de papel, barnices para suelos y barniz exclusivo para carruajes, estambres y cañamazos, lámparas sin torcidas, hidrólito [2] , material escolar, banderas, gallardetes y banderolas y muchos etcéteras de artículos poco habituales en el resto de los establecimientos, como objetos de piel de Rusia o carteras con claves para correspondencia indescifrable, cuando florecía el local de la calle de la Montera era en las fiestas de Carnaval y Navidades.

Para el Carnaval y para todo baile de disfraces que se preciase en la Villa y Corte se podían compras las caretas procedentes de París y Venecia y, por ejemplo, “divertidas caricaturas y caprichos especiales, desde 4 reales a 60 reales pieza. Anteojos con nariz y bigotes, medias caretas de raso de todos colores, blonda y terciopelo con y sin muelle. Caras enteras de batista, tipo verdadero de Pierrot, y bocinas para fingir la voz[3] . La importancia y la buena relación de la Casa Schropp con la alta sociedad de la época es tal que en 1863 podemos comprobar que se exponen en los escaparates de la tienda los retratos de un baile de disfraces organizado en el palacio de los Duques de Fernán-Núñez [4] , cosa que, evidentemente y a falta de prensa rosa similar a la actual, atraería a todo aquel que pasare por delante y, casi seguro, haría llegarse a otros muchos ex profeso.

La Navidad es la otra temporada importante para este almacén donde podían comprarse los aguinaldos, expresión que, obviamente, ha cambiado su sentido, al menos en el habla popular. Hoy, la mayoría entendemos que es una propina, habitualmente en metálico aunque puede ser en especie, dada a los niños, a los proveedores habituales, trabajadores, carteros, barrenderos, etc. Para el tiempo que nos ocupa el sentido es más amplio, consiste en el regalo de Navidad por excelencia, enlazando con el concepto que existía desde la Antigüedad en que se entregaba un regalo para festejar el principio del año y que se da a todo el mundo que te importa.

Es sabida la tremenda dependencia que en ese momento determinado tiene España con respecto a Francia en muchos ámbitos y sobre todo en el de las costumbres. Es así que tenemos que ver como lo que se venden son “Etrennes”, vocablo que les resultaba mucho mas chic que aguinaldo.

Junto a la venta de los aguinaldos tenemos todos los complementos para la correcta celebración de las fiestas: “nacimientos portátiles pintados con magníficas perspectivas”, árboles y sus adornos, figuritas, cotillones, velas alemanas, violines, tambores, panderetas….

Por supuesto y, hablando de una juguetería que se anunciaba como la primera por ser fundada en 1772, lo principal son los juguetes. Se escapa nuestra tienda al común de las de su ramo por muchos motivos. Uno y, desde luego, principal era el ser proveedor de la Casa Real, pero otro igualmente e incluso más importante era su carácter innovador. Schropp traía juguetes novedosos y acordes con las teorías pedagógicas que corrían. Tal es su relación con esta materia que aparece en la Exposición Pedagógica de 1882, la primera de su género, en la sala destinada a la industria alemana mostrando como novedades “el Croquet, la Hélice de mano, el Lawn Tennis, el Aunt Sully, el Criket[5] . En su comercio aparecieron seguramente por primera vez en nuestra ciudad y por ende, tal vez, en España los que se dieron en llamar juguetes científicos. No obstante allí se vendían los de siempre, porque para todo había lugar, eso si a precios que eran para muy pocos bolsillos.

Y es aquí donde aparece Carlos Schropp. Es evidente que era consciente de la exclusividad de sus productos, aún cuando gustase de anunciar que eran a precios sumamente económicos, y no podemos saber si lo que sigue era una campaña de imagen o formaba parte de su bonhomía pero lo cierto es que se convirtió en una especie de Papa Noel regalando cada Navidad juguetes a los niños desfavorecidos, a aquellos que por mucho que mirasen sus vitrinas nunca podrían acceder a ellos.

No era todavía el tiempo en que el día de Reyes se daban los regalos a los niños. El reparto se hacía el día de Navidad y ese día y el de Año Nuevo es cuando nuestro comerciante aparecía en el Hospital del Niño Jesús y en el Hospicio para hacer entrega personalmente de los regalos, acto en el que según nos cuentan parece ser que se emocionaba hasta el punto de llorar [6] . Por supuesto era recibido y esperado cada año con gran alborozo por los desafortunados críos que penaban en estas instituciones de caridad.


Era la suya una actuación, aparte de ejemplar, única ya que después de su muerte en 1883 no parece ser que haya quien le reemplace ni cumpla con tan digna tarea y en 1890, siete años después de su fallecimiento, en el periódico El Día, haciendo comparación con Francia en temas de atención a la infancia y de la importancia de los juegos, se quejan de este vacío en nuestra ciudad, llegando a decir “Muerto Schropp, apenas hay quien le suceda. Las juntas de damas que administran la casi totalidad de las casas de Beneficencia de la corte comprende ¿no lo han de comprender, si son damas? la utilidad de esos pequeños cuidados; pero no siempre pueden prodigarlos, porque la falta de recursos unas veces, y otras atenciones más urgentes, suelen impedírselo”.

No solo en las fiestas navideñas efectuaba el rito del reparto sino que en 1882 para conmemorar el centenario de su comercio, hacia el mes de Octubre, hizo entrega de cien juguetes a los niños del Colegio de los Desamparados.

Hubo más actividades en las que destaca nuestro personaje, algunas íntimamente relacionadas con su nacionalidad, así fue el responsable de la junta establecida en Madrid para recaudar fondos para los alemanes heridos en la guerra franco-prusiana, tarea por la cual recibió el agradecimiento del presidente del Parlamento de Alemania en 1871 [8] aparece enseñando una maqueta del tren de San Gotardo con sus minas de carbón y figuras diversas.

Además brilla en algo en lo que fue vital su intervención en Madrid: El patinaje sobre hielo. Carlos Schropp fue imprescindible para los pocos aficionados a este deporte que era extraño a los españoles de ese tiempo. No solo es que vendiera los necesarios patines, siendo el único comercio en España, sino que era el que enseñaba como usarlos y en su local se reunían los selectos y, en principio, escasos practicantes. De los testimonios de la época se desprende que fue un autentico pionero de esta materia que, entre otros encandiló a los componentes de la realeza. Así tenemos que el esposo de Isabel II, el rey Francisco, era discípulo de nuestro personaje. Como anécdota se cuenta que el rey consorte no parecía muy ducho con los patines y prefería ser llevado en trineo y, a pesar de eso, era excesivamente temeroso o precavido y una vez en que preguntó repetidas veces sobre el espesor del hielo que iban a cruzar en el estanque del Retiro y la confianza que podía ofrecer, para no disgustarle, Schropp le dio garantías de seguridad y la cosa no funcionó porque la historia acaba con el monarca empapado en las aguas heladas al hundirse el trineo por la rotura del hielo. Con Alfonso XII es cuando este deporte tuvo mayor auge por la afición del monarca al mismo y, obviamente, las reuniones para practicarlo entre los aristócratas eran muy habituales.

Los primeros sitios de patinaje donde llevaba a sus pupilos eran unas charcas cercanas a los Pozos de la Nieve [9] , posteriormente fue en el estanque del Retiro y también en la Casa de Campo. La tienda de Montera se convirtió en la sede de lo que podríamos llamar el club de los patinadores sobre hielo, el lugar donde se citaban para organizar sus eventos ver las novedades que les llegaban del extranjero, etc. Schropp fue durante muchos años el alma viva de los patinadores madrileños.

El 3 de noviembre de 1883 murió y fue enterrado en la Sacramental de San Lorenzo y San José. Aquellas navidades ya no hubo el habitual reparto de juguetes a los niños pobres y en la tienda de los Alemanes a partir del año siguiente se empezó a liquidar mercancías para proceder a su renovación. No obstante y durante mucho tiempo existió el recuerdo de la juguetería, sobre todo entre los pudientes, que en momentos de nostalgia, recordaban lo que les había alegrado la niñez. Para los otros quedó la magia de sus escaparates.

FOTOGRAFÍAS:

  • Montera1859.- Foto del foro de Urbanity.
  • Exposición pedagógica. La Ilustración Española y Americana 08/09/1882.
  • Anuncio de patines de Schropp. La Época 20/12/1883

 

BIBLIOGRAFÍA:

Prensa general de la época de Madrid, principalmente:

  • Schropp. Escenas Contemporáneas nº 3 1883.
  • La Correspondencia de España. Diversos artículos
  • El Comercio de Madrid. El Heraldo de Madrid 21/06/1900
  • Diario Oficial de de Avisos de Madrid. Diversos artículos y anuncios
  • Boletín de Medicina, Cirugía y Farmacia. 28/09/1837
  • La Época. Diversos artículos
  • La Iberia. 22/04/1863
  • El Contemporáneo. Diversos artículos
  • El Solfeo. 22/12/1875
  • El Globo. Diversos anuncios y artículos
  • El Liberal. 16/01/1882
  • La Madre y el niño. Año I. Diciembre 1883
  • El Imparcial. Diversos anuncios.
  • El Liberal. 05/11/01883
  • El Día. 18/12/1887 y 23/12/1890
  • El Manguito. Blanco y Negro 08/01/1898
  • El teatro de los niños. Blanco y Negro 17/071909

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Autor del artículo

Alfonso Martínez

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