Cajal y su cigarral de Amaniel.

“Cajal pasó la mitad de su vida en Madrid, donde se estableció con 42 años al ganar su cátedra de San Carlos en 1892. […] al poco de llegar a Madrid Cajal quiso de nuevo disfrutar de la naturaleza como había hecho siempre, y empezó a dar paseos por los alrededores de la ciudad. Estos paseos y sus tertulias de café fueron sus distracciones favoritas en Madrid. Según nos cuenta él mismo, a Cajal le gustaban mucho los alrededores de Madrid. El Retiro, la Moncloa, la Casa de Campo, Amaniel, la Dehesa de la Villa y el Pardo, son de lo más pintoresco que poseemos en España, nos dice Cajal. En estos paseos por las afueras de Madrid, debió Cajal empezar a ilusionarse con tener una pequeña casa en algún lugar apartado con vistas a la sierra. Y la ocasión se le presentó al volver del viaje que hizo a los Estados Unidos, en el verano de 1899, invitado por la Universidad Clark de Massachussets, cuando ya era una autoridad destacada en el mundo de la ciencia. […] Cómo no sería este viaje para Cajal, que al poco de regresar, durante el otoño y el invierno de aquel año, su corazón se resintió, y Cajal se quedó asténico y con el ánimo abatido. Al encontrarse de esta manera, le entraron muchas ganas de irse al campo y hacerse de una vez su casita en las afueras de Madrid. Una casa donde pudiera ver la sierra de Guadarrama desde sus ventanas y mirar a sus anchas el cielo y las estrellas por la noche y recuperarse con calma, tranquilamente, con la ayuda de la naturaleza. De los sitios que había conocido en los alrededores, supo elegir con acierto uno de los cerros junto al puente de Amaniel, en un apacible lugar abierto a la sierra y a la Moncloa, que era casi todo campo, con algunas casas y huertas aisladas, aún sin urbanizar y cerca de las entonces barriadas obreras de Bellas Vistas y Cuatro Caminos.”

“Aquí y con todos sus ahorros compró una pequeña huerta y mandó hacerse su modesta casa.”

La casa se edificó en muy breve plazo de tiempo, pues según cuenta el propio Cajal, la concesión del Premio de Moscú le sorprendió en su recién estrenada casa de Amaniel; y como se muestra a continuación, la concesión tuvo lugar durante el Congreso Internacional de Medicina de París en agosto de 1900.
 

“La fachada con vistas a la sierra, a la que luego sería la Calle Almansa, tenía dos plantas y sótano, y era la entrada principal; y en la fachada a mediodía el sótano hacía de planta baja, pues la parcela estaba en declive. En este lado, que lindaba con el canalillo, se hizo escalonado la mayor parte del jardín, así como un emparrado y un pequeño invernadero. El canalillo era como llamaban a la acequia que se había hecho para aprovechar el agua sobrante del Canal de Isabel II; canalillo que pasaba junto a la casa de Cajal, serpenteando las lomas de Amaniel y de la Dehesa de la Villa, para regar las huertas del lugar y parte de la rica arboleda que pocos años antes se había plantado por allí.”

“Toda esta zona estaba entonces en el extrarradio y algo retirada, pues el ensanche de Madrid que ya avanzaba en otras partes, apenas había empezado por el norte de la ciudad, pues lo impedían, entre otras barreras, varios cementerios. Pero con todo, los domingos y días de fiesta, y cuando el tiempo acompañaba, venía mucha gente de Madrid a disfrutar en la Dehesa y en los populares merenderos de Amaniel, y en el canalillo y la arbolada, y de las huertas y las bellas vistas.”

“Y en este ambiente campestre y tranquilo disfrutaba Cajal, combinando, como él nos dice, su ansiada ración de infinito con la bulliciosa alegría festiva del gentío. Aquí en esta casita, a la que también llamaba su cigarral de Amaniel, se instaló Cajal con su familia para recibir el siglo XX. En ella vivió entonces dos años, durante los que no dejó sus clases de San Carlos, a donde iba en esa época en coche de caballos, en un simón.”

“En su cigarral de Amaniel y en plena naturaleza, pronto comenzó Cajal a entonarse, respirando el aire tan sano del lugar y los aromas silvestres, de manera que su salud mejoró notablemente. Una vez restablecido y durante el resto de su vida, Cajal siempre que pudo se retiraba a su casita de Cuatro Caminos para disfrutar de la naturaleza, pasear por el campo, y dedicarse a las diversas aficiones que tenía, como observar el firmamento por la noche con su telescopio, hacer fotografías, o cuidar el jardín y la huerta. Cultivando judías, por ejemplo, de lo que nos da consejos, como sembrarlas cada 12 ó 15 días, para tener siempre tiernas; hacerlo cuando pasan los fríos, después de marzo; desmenuzar la tierra una vez nacida la planta; calzar sus pies con tutores, etc. Otra de las aficiones a las que se dedicó Cajal en su cigarral fue a investigar sobre la psicología de las hormigas. […] En su cigarral de Amaniel, dedicó Cajal muchos ratos a la observación de la conducta de las diversas variedades de hormigas que había por allí, llevando a cabo varios experimentos con el ánimo de precisar la relevancia de sus diferentes órganos sensoriales. Ocupado en estas labores mirmecológicas, pudieron verle con deleite sus familiares, ya pintando de colores a las hormigas con un pincelito para distinguirlas, o tapándoles los ojos para ver cómo se las apañaban, o poniéndoles palitos o rejillas en su camino, o siguiéndolas a oscuras o con ésta o aquella luz, en fin, modificando las condiciones experimentales para valorar los distintos efectos de tales cambios ambientales y perceptivos en las hormigas. Debió disfrutar mucho allí Cajal. […]” Nota de los autores del blog: para los interesados en los estudios de Cajal sobre las hormigas, recomendamos la lectura del artículo "El cartapacio de Cajal sobre las hormigas" en la Asociación Ibérica de Mirmecología, en el que se recogen anotaciones de Cajal sobre sus observaciones de nidos de hormigas en el Canalillo. “Al poco de acabar la guerra civil, Cajal ya había muerto antes (1934), su hijo menor, Luis, y su familia, fueron a ver como había quedado la casita del abuelo en Cuatro Caminos. Se lo encontraron todo asolado: la casa, el jardín, el invernadero; hierros retorcidos, cristales rotos, muros reventados, paredes ahumadas. Y lloraron juntos de pena, recordando los muy buenos ratos que habían pasado allí en familia. Lo que quedó de la casa tuvo que ser vendido en esos años difíciles y ahora el lugar es un pujante barrio residencial, junto a la Universidad Complutense.”

Y antes de acabar, permítanme expresar mi gratitud a todos los que me han ayudado con esta ponencia: a Angelines Ramón y Cajal, por facilitarme valiosos datos inéditos de su abuelo y por autorizarme las citas; a Adolfo Ferrero de la Asociación Cultural Amigos de la Dehesa de la Villa, por su aliento y por su labor en el Registro de la Propiedad, gracias a la cual sabemos ahora que el Cigarral de Cajal estuvo en el actual número 73 de la Calle Almansa, haciendo esquina con la Avenida de Pablo Iglesias; a María Ángeles Langa, bibliotecaria del Instituto Cajal del CSIC por su estímulo y por su ayuda; y por último a Santiago Arenas, un viejo vecino de Cajal en la calle Almansa, que aunque no llegó a conocerle si recordaba una foto suya que vio en su escuela de Cuatro Caminos, cuando era niño, en la que Don Santiago había escrito una máxima, de la que sólo recordaba el final, pero que siempre fue, me aseguraba emocionado, toda la ciencia que él supo, y es que en España igual que los ríos se pierden en el mar, los talentos se pierden en la ignorancia.” PD de los autores del blog: salvo, como hemos visto, en la memoria de algún antiguo vecino, nada, ni siquiera una placa conmemorativa, queda en el lugar que recuerde la presencia de Santiago Ramón y Cajal en Amaniel, en la calle Almansa.

La recopilación de las fotografías son de Amigos de la Dehesa de la Villa
Colaboradores de La Gatera de la Villa

Nota: Agradecemos a los amigos de la Asociación Cultural Amigos de la Dehesa de la Villa por su ayuda y la colaboración prestada. Desde aquí recomendamos su blog "Dehesa de la Villa, Naturaleza viva.  De la Dehesa de Amaniel a la Dehesa de la Villa: actualidad, historia, curiosidades y anécdotas de la Dehesa y barrios de alrededor".

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Autor del artículo

Antonio Fernández de Molina

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