José de Hermosilla y el Paseo del Prado.

Es muy probable que los deseos de embellecimiento del límite oriental de la capital tuvieran como punto de arranque las transformaciones operadas en dicho sector con motivo de la entrada en la ciudad del rey Carlos III [1] .

El Prado Viejo comprendía tres paseos claramente diferenciados y articulados en torno a tres espacios religiosos. El primero de ellos, el Prado de Atocha, tenía en sus proximidades el convento de dominicos de Atocha; a continuación se extendía el Prado de San Jerónimo, así denominado por encontrarse en sus inmediaciones el antiguo monasterio gótico fundado en el siglo XV y, por último, el Prado de Recoletos, donde se hallaba el convento de Agustinos Recoletos. El espacio protagonista de este eje lo constituía el Prado de San Jerónimo, utilizado ya desde el siglo XVI como lugar de esparcimiento de los madrileños, a pesar de encontrarse en aquellos años en condiciones poco adecuadas para el paseo. Precisamente el Prado de San Jerónimo se convirtió, a lo largo del siglo XVIII, en el  espacio periférico de la ciudad sobre el que se volcaron los más importantes esfuerzos urbanísticos. Desde el siglo XVI había sido escenario de la recepción triunfal de la monarquía. Concretamente, en 1572, con motivo de la entrada en la capital de la reina Ana de Austria, cuarta esposa de Felipe II, se acometieron trabajos de allanamiento de los terrenos y embellecimiento en este espacio de la ciudad.

A lo largo del siglo XVII también se llevaron a cabo intervenciones en el Prado de San Jerónimo dirigidas, principalmente, a mejorar las condiciones de acceso, intentando salvar los desniveles del terreno y construyéndose algunos puentes sobre el arroyo Bajo Abroñigal. Así lo demuestra, por ejemplo, el «proyecto para un Puente sobre el arroyo del Prado» diseñado en 1631 por Cristóbal de Aguilera. Aunque la propuesta no llegó a materializarse, la construcción de un puente para salvar el arroyo del Prado advierte el interés que esta zona tenía ya desde el siglo XVII como lugar de recreo para los madrileños. Además, el hecho de que se proyectara de piedra revela el deseo de perdurabilidad con el que fue concebido [2] .

El 11 de abril de 1766, tras los disturbios ocasionados por el motín de Esquilache, se produjo el nombramiento del conde de Aranda como gobernador del Consejo de Castilla. A partir de este nombramiento, Aranda se convierte en el verdadero promotor de las obras de reforma del Prado Viejo, tal vez en un intento por agradar al pueblo madrileño [3] . Las obras se iniciaron para conceder a los ciudadanos un espacio de paseo y recreo a las afueras del caserío, una medida totalmente ilustrada y acorde con las propuestas urbanísticas adoptadas en Europa durante el siglo XVIII. La primera iniciativa del conde de Aranda fue abrir los jardines del Buen Retiro para disfrute de los ciudadanos, una vez que la Corte se trasladó a la residencia del Palacio Real.

Siendo el conde de Aranda el promotor de la empresa no es de extrañar que fuera José de Hermosilla el arquitecto elegido para llevar a cabo las obras de nivelación y acomodación de los terrenos que dividían la ciudad y los jardines de palacio. La relación entre ambos se había establecido años atrás, especialmente desde 1756, año en el que José de Hermosilla ingresó en el Cuerpo de Ingenieros gracias a la mediación del conde de Aranda. Por otro lado, después de los acontecimientos del Motín de Esquilache, era lógico que el proyecto se encargara a un arquitecto de origen español. Gracias al informe que Aranda remite al Ayuntamiento el 26 de mayo de 1767 sabemos, en efecto, que el plan de reforma fue elaborado por José de Hermosilla y aprobado por el Rey.

Las obras comenzaron en junio de 1767 [4] , tras efectuarse la compra de los terrenos inmediatos. El día 6 de julio los planes de Hermosilla se remitieron al Ayuntamiento para que fuesen aprobados [5] . Pocos días después, el 22 de julio, Hermosilla envió al Corregidor de la Villa una memoria informativa sobre el personal y materiales que precisaba para emprender la demarcación del nuevo paseo [6] .

En la Biblioteca Nacional de Madrid se conserva el primer proyecto concebido por José de Hermosilla para remodelar el denominado Prado Viejo [7] . A través de dicho plano deducimos que el plan de reformas tenía un carácter global, es decir, abarcaba desde la puerta de Recoletos hasta la puerta de Atocha, constituyéndose así el eje norte-sur de la capital. Con la construcción del Gabinete de Historia Natural, el Observatorio Astronómico y el Jardín Botánico este lugar de la ciudad se convirtió, como afirma Hernández Perera, en un espacio de estudio científico y contemplación deleitosa.

Hermosilla ideó el desagüe del arroyo Bajo Abroñigal mediante un cauce abierto. En concreto, determinó la construcción de un badén, desde la puerta de Recoletos a la de Atocha e incluso concibió la posibilidad de crear una alcantarilla general estimando el coste en 468.256 reales [8] . El antecedente más importante para la canalización de las aguas del arroyo y la construcción de un alcantarillado fue el proyecto diseñado en 1744 por el arquitecto real Marcos Corona y el de la Villa Manuel Guiz. Dicho proyecto no sería finalmente ejecutado quedando la iniciativa de canalizar y cubrir el arroyo Bajo Abroñigal materializada con la construcción de la gran alcantarilla, o Cloaca Máxima, diseñada por Ventura Rodríguez años después.

Como elementos ornamentales Hermosilla diseñó dos fuentes  en la confluencia del Prado de San Jerónimo con la calle de Alcalá y la Carrera de San Jerónimo. Para marcar el eje de simetría del Prado Viejo el arquitecto ideó una escultura ecuestre del monarca Carlos III.

Las obras en el Prado de Atocha comenzaron también en verano de 1767 con la expropiación de los terrenos necesarios para llevarse a cabo el ensanche, nivelación y explanación de tierras.

Hasta este punto hemos analizado los principales aspectos del proyecto originario de José de Hermosilla, sin embargo, el definitivo distó considerablemente del primero. Es decir, sobre la marcha de los acontecimientos el arquitecto decidió introducir una serie de reformas respecto al primer proyecto que modificaron sustancialmente la idea rectora inicial. Dichas transformaciones quedaron perfectamente reflejadas en el plano de la ciudad que Espinosa de los Monteros delineara en 1769. Concepción Lopezosa establece tres puntos principales sobre los que se intervino para transformar el primer diseño:

«1. Mayor ensanche que se dio al Prado de Atocha como resultado de la proyección de la calle de Trajineros entre la puerta de Atocha y la calle de Alcalá.

2.(...) Cubrición del arroyo que bajaba por la calle de Alcalá y discurría frente al principal en el que desaguaba, de ahí que eliminó los tramos de badén concebidos a modo de estanques del proyecto inicial.

3. Integración del camino y puerta de Alcalá en el plan de reforma del Prado (...)» [9].

La novedad más importante la encontramos en el propio diseño adoptado por José de Hermosilla. En él apreciamos un paseo en forma circoagonal, rematado en los laterales por dos exedras. El esquema circoagonal, a la manera de Salón europeo, ya había sido  plasmado por José de Hermosilla en su ciudad ideal, descrita y dibujada en su Tratado de Architectura Civil (1750). Tal vez la inspiración directa la hallara Hermosilla en la contemplación de la Plaza Navona diseñada por Bernini y que, en última instancia, reproducía el esquema ovalado de las plantas de los circos romanos de la Antigüedad. Thomas Reese apunta otras dos posibles influencias. De un lado, la Alameda de Hércules en Sevilla, del siglo XVI y renovada en 1765, y de otro, el Casino Real de Carlos III en Carditello, mandado construir en 1753.

La importancia otorgada a la puerta de Alcalá como referencia visual desde el Prado hizo que el arquitecto reordenara la disposición de las fuentes ornamentales desplazándolas hacia el interior del Paseo, de esta manera no interrumpían la visión del camino de Alcalá y se convertían en hitos demarcadores de los límites del Salón.

En julio de 1769 Hermosilla emitió las condiciones para los desmontes del Cerro de las caballerizas y subida al Retiro.  En realidad, la sustitución de gran parte de las tapias del Buen Retiro por una verja de hierro, debido a la participación en el camino de Alcalá,  había propiciado una gran conexión entre el Real Sitio y el Prado. Asimismo, también se había procedido a derribar las fábricas del Buen Retiro emplazadas frente al Prado [10] .

Casi en esas mismas fechas Hermosilla proyectó la construcción de una red de alcantarillado para recoger los fluidos vertidos al río. Simultáneamente  se obligó a los vecinos a construir en sus casas albañales para canalizar la salida tanto de aguas limpias como de inmundicias.

El plantío de las arboledas comenzó en noviembre de 1769. Hermosilla dio las trazas para la construcción de varios estanques para abastecer el riego de los árboles y el suministro de agua para las fuentes. En concreto, dos albercas, una situada en las inmediaciones de las caballerizas del Buen Retiro y otra junto a la puerta de Recoletos, garantizarían el riego en el Paseo del Prado según el diseño del arquitecto.

Una de las principales novedades del nuevo proyecto concebido por José de Hermosilla fue la inclusión del camino de Atocha dentro del plan de reformas global. Dicho camino transcurría desde la puerta de Atocha hasta el convento. La propuesta queda perfectamente reflejada en el plano de Espinosa de los Monteros, donde el camino de Atocha se entiende como una prolongación del Salón. La iniciativa se debió al conde de Aranda, según queda expresado en la documentación conservada al respecto [11] .

El plan de ampliación fue redactado por José de Hermosilla en junio de 1773 con el título de “Plan del nuevo Camino de Atocha” [12]. Según explica Hernández Perera, Hermosilla pretendía realizar el desmonte del Cerro de Atocha con objeto de abrir el camino hacia el convento dominico, sobre una alcantarilla bajo la Puerta de Atocha, allanando el suelo inmediato. Este proyecto se encuentra unido a una documentación que informa tanto de la obra que se propone como del coste que supondría llevarla a cabo [13] .

En carta del 23 de abril de 1763, José de Hermosilla ya había informado de la necesidad del desmonte del cerro de Atocha haciendo uso de la mano de obra de los presidiarios. El 9 de noviembre José de Hermosilla emitió las condiciones para emprender las reformas del camino de Atocha. Pocos días después el Consejo aprobaba el proyecto.

En 1774 comenzaron los problemas de financiación de las obras siendo el principal motivo la superación de los fondos del  presupuesto establecido en un principio. Así, en febrero de 1774 la Junta de Arbitrios y Propios solicitó a Hermosilla un informe en el que detallara los gastos necesarios hasta la finalización del proyecto. En el informe emitido, José de Hermosilla analizó pormenorizadamente el estado de las obras. Uno de los aspectos más destacados de dicho informe es el referido a las fuentes dispuestas a lo largo del Salón. Hermosilla amplió el número de fuentes en relación al primer proyecto. Sumado al interés ornamental había un interés práctico «para así mejorar y reforzar el sistema de riego» [14] . No conservamos los diseños de las fuentes que debían acompañar, seguramente, el informe presentado en febrero de 1774. Sin embargo, Concepción Lopezosa considera que el dibujo de fuente, anónimo, conservado en el Archivo de la Villa, se corresponde con los diseños que Hermosilla presentó para las “Fuentes grandes” situadas en los extremos del Salón. Dicha suposición es establecida por la autora en base a las notas manuscritas que acompañan el dibujo donde se puede leer: “Las dos fuentes grandes” [15] .  La base rocosa de la taza y el obelisco sugieren una conexión directa con las fuentes diseñadas por Bernini para la plaza Navona de Roma.

Con estos datos podemos afirmar que en 1774 se emprendió una segunda campaña de obras [16] . Sin embargo, dos circunstancias repercutieron negativamente en el desarrollo del proyecto. De un lado, la Junta de Propios determinó que el informe presentado por José de Hermosilla en 1774 fuera revisado por Ventura Rodríguez, posiblemente ante el temor de que José de Hermosilla no hubiese definido oportunamente el coste de las obras. En efecto, tal y como se esperaba, Ventura Rodríguez «halló irregularidades en las valoraciones elaboradas por el ingeniero, referidas a las fuentes y a la adquisición de suelos para la demarcación de la calle de Trajineros» [17] . De otro lado, en 1773 el conde de Aranda abandonaba su cargo como Presidente del Consejo de Castilla. Aprovechando la ausencia del conde de Aranda, que durante tantos años había sido el gran mecenas de José de Hermosilla, Ventura Rodríguez presentó un nuevo proyecto del Prado al Ayuntamiento de Madrid, fechado el 1 de julio de 1775 y dirigido a finalizar las obras del Prado de San Jerónimo, en un claro intento por competir con el arquitecto extremeño [18] .  La financiación de las obras a partir de ese momento se negoció con los diputados de los Cinco Gremios Mayores y se aplicó el producto de la sisa del cacao y los despojos de abastos y carnes [19] .

El proyecto de Ventura Rodríguez fue aprobado [20] y, según informa Thomas Reese, el 4 de agosto de 1775, el Ayuntamiento negoció un préstamo de los Cinco Gremios Mayores para financiar la iniciación de las obras [21] . La vinculación de Ventura Rodríguez con un proyecto de tanta envergadura como el del Paseo del Prado no debe extrañarnos pues, en efecto, en aquellos años, y desde mucho antes, Ventura Rodríguez se había convertido en un arquitecto de enorme poder e influencia a pesar de haber sido considerablemente apartado de la órbita de la Corte por Francisco Sabatini. Ciertamente, el Ayuntamiento de Madrid y el Consejo de Castilla fueron en aquellos años los principales clientes del arquitecto madrileño. Por otro lado, el infante don Luis, hermano del monarca, se convirtió en el mecenas más importante de Ventura Rodríguez ya en la madurez de su vida. Recordando muy sucintamente la trayectoria profesional del arquitecto en los últimos años diremos que en 1764 había sido nombrado Maestro Mayor de las obras y fuentes de Madrid; en 1766 Supervisor en el Consejo de Castilla de cuantas obras se hicieran en el País. Entre 1766 y 1768 fue nombrado Director General de la Academia de Bellas Artes de San Fernando; cargo que volvería a ocupar en ese año de 1775. Por otro lado, desde 1773 su intervención era decisiva en las obras eclesiásticas de protección real.

A partir de agosto de 1775, por requerimiento de la Junta de Propios, las obras experimentaron un cambio de rumbo quedando bajo la dirección de Ventura Rodríguez. Un documento muy interesante conservado en el Archivo de la Villa revela cómo José de Hermosilla fue pretendidamente apartado de la dirección de las obras del Prado. En dicho documento Hermosilla revela cómo por requerimiento real, a través de un comunicado emitido por Sabatini, su presencia en la dirección de las obras del cuartel de guardias walonas de Leganés le impediría atender las obras del Prado [22] .

Las novedades de Ventura Rodríguez respecto al plan ideado por José de Hermosilla radican fundamentalmente en los tres puntos que expone Thomas Reese: cubrición del canal del desagüe que antes estaba abierto, ensanchamiento considerable del Paseo de Atocha y mayor separación entre el tránsito de vehículos y el de peatones. El plan definitivo no fue presentado por Ventura Rodríguez hasta marzo de 1776, momento en el que expone junto a los costes del proyecto su programa iconográfico destinado a las fuentes del Paseo, un programa de inspiración claramente clasicista con alusiones mitológicas a los elementos Tierra, Fuego y Agua.

La documentación a partir de este momento es extensa pero el propósito de estas líneas concierne únicamente a la actuación prevista por José de Hermosilla [23] . Una actuación que cumplió satisfactoriamente con los deseos del monarca ilustrado de abrir en los aledaños del caserío madrileño un espacio para el encuentro y reunión de los ciudadanos, rompiendo así con la tradición de los siglos anteriores, durante los cuales, los espacios verdes de la ciudad tenían un carácter privado y eran concebidos únicamente para deleite de la realeza o la nobleza.

Si los supuestos higienistas establecidos por Sabatini en 1761 para Madrid [24] no habían complacido a los habitantes de la Villa, la reforma urbanística llevada a cabo en el Prado Viejo gozó de gran popularidad entre los ciudadanos y, lo que es más importante, abrió una nueva vía en la ciudad concebida bajo los principios ilustrados de la monarquía y los artistas que trabajaron a su servicio. La creación de paseos arbolados en la periferia de la ciudad fue una de las principales propuestas de la política urbanística de embellecimiento llevada a cabo por Carlos III. En este sentido, se conseguía establecer una conexión íntima entre ciudad y Naturaleza, de acuerdo con el principio urbanístico roussoniano. De esta manera, no sólo los espacios verdes quedaban integrados en el perímetro urbano sino que, además, se mejoraban las condiciones de acceso en el sector oriental de la ciudad.
 

Fotografías:

Todas las fotografías son del Paseo del Prado y han sido realizadas por  David Gómez García


 

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