Paseos por madrid. Segundo recorrido: Retiro-Argüelles

Para ello partiremos de El Retiro, el Parque –con mayúsculas- por antonomasia de Madrid. Posesión real en sus orígenes, es en 1630 cuando se decide levantar un lugar de recreo para el Rey en este lugar. Se trata de uno de los parques más típicos de Madrid en el que puedes ir a pasear o montar en bici, leer, escuchar un concierto de música o incluso descubrir secretos artísticos bastante desconocidos por los madrileños. En junio tiene aquí lugar la Feria del Libro, la mayor de España y en la que miles de madrileños y visitantes se dan cita para comprar la última publicación del novelista o ensayista preferido o, simplemente, para descubrir el fabuloso panorama editorial español.

Pero el Retiro no es solo la Feria del Libro, aunque ésta nos sirva de excusa para conocerlo. El Palacio de Velázquez (cuyo nombre no proviene del afamado pintor sino del arquitecto que diseñó el palacio ya en las postrimerías del siglo XIX), la Casa de Vacas, el Palacio de Cristal, la Rosaleda o el Monumento a Alfonso XII, hacen de El Retiro no solo un marco idóneo para dar un agradable paseo, sino también un lugar en el que descubrir un pedacito del arte de Madrid.

Personalmente, me encanta poder sentarme en las escalinatas del Monumento a Alfonso XII, frente al lago artificial, y descubrir un oasis de paz en medio del bullicio de la gran ciudad. El Monumento, en sí mismo, es una obra de arte que requiere una contemplación detallada y varias fotos con las que deleitarnos luego en casa. La estatua ecuestre del rey fue realizada por Mariano Benlliure (que realizó varias esculturas más en Madrid, lo que será objeto de un próximo artículo), pero fueron muchos otros los que contribuyeron en el marco iconográfico del Monumento, tales como Ricardo Bellver o Mateo Inurria con esculturas tan interesantes como la alegoría de la Paz (simbolizada por el abrazo entre un soldado carlista y otro isabelino) que, junto con el Progreso y la Libertad, hace referencia a las virtudes de la Restauración borbónica personificadas en Alfonso XII.

Alrededor de este lago y Monumento, las tardes del domingo se convierten en el lugar ideal para que vendedores de todo tipo se mezclen con echadores de cartas, niños con globos, parejas acarameladas o simples paseantes disfrutando de esta tarde dominical.

La época mejor para sumergirse en este mundo es la primavera y quizá la tardes de verano. Pero el otoño también nos ofrece otra cara: la de un Retiro en el que la calma de las frescas tardes otoñales descubren paseos semiocultos de hojas caídas de los árboles vecinos, con un cromatismo fabuloso de colores. Un Retiro en el que los últimos rezagados siguen tumbados en el césped, o leen un libro sosegadamente, tontean con su pareja o, simplemente como yo, ven pasar la vida en unos pocos minutos.

Pero llega la hora de marcharse y, para ello, podemos salir por cualquiera de las numerosas Puertas del parque, aunque yo recomiendo una de estas dos: bien la Puerta de Felipe IV, por la que saldremos a la calle Alfonso XII justo enfrente de el Casón del Buen Retiro o por la Puerta de Madrid, que supone uno de los extremos del llamado Paseo de Coches.

Lo haremos por esta última, pues así, además de admirar la bella factura de sus verjas, nos toparemos con las llamadas Escuelas Aguirre, un bonito edificio neomudéjar de finales del siglo XIX, hoy ocupado por el Instituto Hispano-Árabe de Cultura y que, como su propio nombre indica, en su momento fue un centro dedicado a la enseñanza.

Si bajamos por el lado izquierdo de la calle Alcalá, a la altura de la Puerta de Hernani (otra de las de El Retiro) podremos contemplar a nuestra derecha la impresionante Iglesia de los Santos San Manuel  y San Benito, una iglesia que nos recuerda el estilo bizantino con su cúpula de color rojizo y su esbelto campanario alzándose junto a aquella. Una iglesia de reducidas dimensiones, “encajada” en mitad de edificios de primeros del siglo XX, pero que precisamente por ello destaca aún más. Una iglesia, en definitiva, que conviene ver tanto por fuera como por dentro.

Desde allí bajaremos la calle Alcalá en dirección a la Puerta del mismo nombre, uno de los puntos clave de Madrid y referencia, junto a la Cibeles y la Puerta del Sol, de nuestro querido Madrid. ¿Qué es lo que tiene la Puerta de Alcalá para ser tan especial? Nada y todo. Los madrileños, mientras vivimos en Madrid, pasamos ante ella obviándola, como si su sola presencia en la Plaza de la Independencia supusiese más un estorbo para el tráfico rodado que un elemento embellecedor de la ciudad. Y olvidamos que fue el mismo Carlos III, “el mejor alcalde de Madrid” el que la hizo construir. Y no solo eso, sino que cuando los madrileños salimos de nuestro Madrid del alma durante una larga temporada, es la Puerta de Alcalá nuestro mejor recuerdo, nuestro referente, nuestro norte a seguir si queremos volver a la capital.

Llegados a este punto, nos podemos plantear hacer un breve recorrido por la renovada calle Serrano o quizá por la de Alfonso XII bordeando el Retiro. Si fuésemos por la primera, podríamos situarnos en una de las calles comerciales más exclusivas de España y en la que se asientan importantes firmas de moda o joyería; si fuésemos por la segunda admiraríamos los edificios de finales del siglo XIX y que configuran una de las zonas residenciales más bellas de Madrid. Pero no vamos de compras ni a tomar el té a casa de ningún conocido, así que seguiremos Alcalá abajo a fin de encontrar los orígenes de esta calle, el kilómetro cero.

Para ello, nuevamente pasamos por la plaza de Cibeles. Dejamos atrás Ayuntamiento, Banco de España y a la propia diosa, y tomamos Alcalá en su último o, mejor dicho, primer tramo (dado que es el más cercano al kilómetro cero, origen de la numeración de todas las calles).

Si levantamos la mirada, nos encontraremos al frente un edificio singular, otro de aquellos edificios que dicen todo de Madrid: me refiero el edificio Metrópolis. Es un edificio de “tipo Imperio” francés, que en su primer momento estuvo destinado a ser la sede de la aseguradora “La Unión y el Fénix” y, a tal efecto, su cúpula estaba coronada por una estatua con este último motivo. Hoy, la estatua se encuentra en pleno Paseo de la Castellana, y su antiguo emplazamiento lo ocupa una victoria broncínea. El contraste entre esta dorada figura alada y la oscura cúpula del edificio conforman un vista fantástica, tanto de día como de noche. Se trata de un lugar mágico, un lugar con cuyo solo recuerdo consigo situarme emocionalmente en Madrid. Un lugar, en definitiva, para contemplar.

Pero antes de acercarnos demasiado a su emplazamiento, dejaremos atrás el actual Instituto Cervantes (con sus impresionantes cariátides en el acceso al mismo) y pasaremos junto al Círculo de Bellas Artes, otra de las obras de Antonio Palacios. El interior del edificio es realmente impresionante: su escalinata central, su Salón de Columnas, la cúpula del salón principal,… Pero si algo me gusta de este edificio es su cafetería: una cafetería siempre animada (incluso en los duros inviernos madrileños) y en la que en verano podemos sentarnos a tomar un café mientras nos enfrascamos en la lectura de un libro o diario. Y, desde las alturas del círculo, la diosa Minerva vigila que nada malo pueda sucederle a nuestra gran ciudad…así que nada mejor que subir a la terraza del Círculo a hacerle compañía y observar los tejados de Madrid, los grandes edificios que se levantan al norte de nuestra ciudad y el fabuloso cielo azul que todo lo cubre.

Ahora bajo el edificio Metrópolis, se nos plantea una nueva alternativa en nuestra ruta: bien seguir calle Alcalá en dirección a la Puerta del Sol o bien tomar nuestro camino a la derecha para ir al encuentro de la ciudad universitaria. Por ahora optaremos por este segundo camino.

Para ello debemos tomar una calle emblemática, una calle de la que se ha hablado mucho y se seguirá hablando: la Gran Vía. Y es que el inicio de su construcción allá por el año 1910 marcó un nuevo punto de inflexión en la fisonomía de la ciudad, un proyecto que costó sacar adelante y que incluso fue precedido por una famosa zarzuela - revista -  homónima de F. Chueca en la que la nueva calle aún en proyecto no salía muy bien parada.

Y si los comienzos fueron lentos, su construcción se demoró bastante más, pues abarcó una buena parte del siglo XX, configurando por ello una variedad estilística sorprendente. Y también quizá por ello, el nombre de la calle ha sufrido tantos cambios. Primero ostentó los de “Conde de Peñalver”, “Pi i Margall” y “Eduardo Dato” en sus diferentes tramos; avanzada la República y en plena Guerra Civil acogió los de “Avenida de Rusia” y luego el de “Avenida de la Unión Soviética” (este último más acorde con el espíritu revolucionario de los dirigentes de entonces); y, en época franquista, pasó a denominarse “Avenida de José Antonio”. Sin embargo, fue ya con la llegada de la democracia cuando adquiere como oficial el actual nombre por el que la han conocido siempre madrileños y foráneos.

La Gran Vía tenía una misión fundamental: conectar de forma rápida y en unos momentos de cada vez mayor motorización de los transportes, el este y el oeste de la ciudad, es decir, el Barrio de Salamanca con los nuevos de Argüelles y Moncloa (y es que por entonces una vía de circunvalación como la M-30 era algo impensable). Para ello, se debieron derribar varias viviendas, iglesias, conventos… Los afectados fueron muchísimos y el descontento popular debió ser más que considerable, pero los nuevos tiempos requieren obras en ocasiones impopulares pero imprescindibles.

En fin, la Gran Vía fue creciendo poco a poco, si bien su inicio lo marca la Iglesia de San José, una iglesia bastante desconocida posiblemente por su ubicación y cuya “Casa del cura” fue la primera en ser objetivo de la piqueta para construir la nueva calle.

Subimos Gran Vía. En este primer tramo que va hasta la Red de San Luis, y con una anchura inferior a la de los otros dos, nos encontramos con bellos edificios que no son apreciados en su justa medida debido precisamente a la intensidad del tráfico y a la cercanía entre ambos lados de la calle. Así, uno pasará sin darse cuenta delante del afamado Bar Chicote o del Casino Militar (edificio cuyo interior merece la pena ser visitado). Sin embargo, nos detenemos ante uno bastante curioso que se oculta tras una moderna fachada: se trata del Oratorio de Caballero de Gracia, dedicado a dicho personaje que se dedicó durante buena parte de su vida a seducir a cuentas mujeres pudo y quiso pero que al final de sus días llevó una vida recogida y religiosa. El acceso al Oratorio es extraño, pues se produce por una escalerita más bien angosta que nos conduce a un piso alto. Tras la puerta de entrada pensamos que encontraremos un pequeño oratorio no mayor que cualquier casa particular, pero no: se trata de una iglesia amplia y acogedora, bellísimamente decorada y en la que el recogimiento solo se ve perturbado por el constante chirriar y posterior portazo de la puerta de acceso.

Salimos de la iglesia y seguimos nuestro camino unos metros para encontrarnos un edificio realmente impresionante: el de Telefónica. Un alto edificio al estilo norteamericano construido hacia mediados de los años 20 del siglo pasado como símbolo de la nueva era tecnológica que se acercaba a pasos agigantados. Y es que si bien el uso del móvil y de Internet es hoy universal, en aquellos años el teléfono fijo era la vanguardia de la tecnología, un símbolo de estatus.

El edificio de Telefónica supone el acceso al segundo tramo de la Gran Vía hasta Callao. A ambos lados de la calle se levantan bellos y racionalistas edificios, algunos de ellos retocados respecto de su modelo original (por ejemplo, los antiguos Almacenes Madrid-París que perdieron sus torres esquineras) pero todos ellos luciendo un aspecto inmejorable. En este tramo es obligado el paso a La Casa del Libro, una de las mayores librerías (si no la mayor) de España y destinada a ser el epicentro cultural en lo que se refiere a la venta de libros.

Nos acercamos a Callao, una de los lugares más concurridos de Madrid. A su alrededor nos encontramos con el Edificio Carrión (el primero que tuvo aire acondicionado en Madrid) en cuyo alto se encuentra el anuncio de una conocida marca de refrescos, el Cine Callao (referente de los cines en la capital)  y el Palacio de la Prensa (bellísimo edificio de ladrillo levantado por Pedro Muguruza, referente de la arquitectura madrileña de los años 20-30 del siglo pasado y que estaba destinado a albergar la Asociación de la Prensa de Madrid, cuya finalidad era promocionar el bienestar de este grupo de periodistas).

Comenzamos el tercer y último tramo de la Gran Vía, el tramo que nos llevará hasta la Plaza de España. Ahora el paisaje arquitectónico cambia radicalmente y los edificios son mucho más austeros y serios, si bien se encuentran coronados en algunos casos por bellos templetes que parecen estar destinados a convertirse en espectaculares miradores desde los que apreciar la grandeza de esta peculiar calle. Sin embargo, dicha austeridad en las fachadas contrasta con los múltiples espectáculos teatrales que le han dado el sobrenombre de “el Broadway madrileño”.

Así, admirados por tanto bullicio que se mantiene hasta bien pasada la medianoche, llegamos poco a poco a la Plaza de España, un oasis de paz en esta ajetreada Gran Vía que aquí termina. Un oasis, por otra parte, muy claramente delimitado por los altos Edificios España y Madrid; ambos fueron los más altos de nuestro país durante varios años. Mención especial merece el Edificio España, construido siguiendo el modelo de rascacielos norteamericano (años después de la construcción del edificio de Telefónica, Madrid seguía mirando a Estados Unidos) e intentando convertirse en una ciudad dentro de la ciudad, dado que contemplaba tanto apartamentos para viviendas particulares, como oficinas, centros comerciales e, incluso, dependencias sanitarias. ¡Todo un avance en plenos años 40!

Mientras tanto, en el centro de la Plaza, se alzan impertérritas las estatuas de El Quijote y Sancho Panza en un monumento creado para mayor gloria de nuestro escritor por antonomasia: Cervantes. El lugar se convierte en verano en un remanso de paz donde los niños juegan y corren tranquilamente, mientras que en invierno y coincidiendo con la Navidad, se celebra allí la Feria de Arte de la Comunidad de Madrid en la que podremos encontrar todo tipo de artesanía realizada en la Comunidad.

La Plaza de España es el punto de inflexión en el que acaba la Gran Vía y comienza la calle Princesa, una calle que nos llevará en un paseo ligero hasta el distrito de Moncloa. Cuatro lugares destacan en esta última parte de este paseo: el Palacio de Liria, el Cuartel de Conde-Duque, el Ministerio del Aire y el Faro de Moncloa junto al Museo de América.

En cuanto al Palacio de Liria, se trata de la residencia de la Casa de Alba en Madrid, y fue construido en el siglo XVIII. Es un edificio majestuoso por las dimensiones y por sus jardines (que son los únicos privados que aparecen señalados de color verde en el plano de Madrid), si bien ambos solo se pueden vislumbrar entre el enrejado que separa el Palacio de la calle.

Desde el Palacio podremos acercarnos al muy próximo Cuartel de Conde-Duque, antiguo cuartel de las Guardias Valonas (un cuerpo de elite creado por Felipe V y cuyos miembros originariamente provenían de Flandes) y hoy día convertido en un enorme recinto cultural en el que no solo encontraremos la Biblioteca Municipal central, sino en la que en verano podremos asistir a espectáculos tan diversos como conciertos o, incluso, obras de teatro enmarcadas en los llamados “Veranos del Conde-Duque”. En todo caso, la visita merece la pena aunque solo sea por admirar la barroca entrada al edificio, así como por el acceso a la antigua iglesia en cuyo exterior encontraremos un fastuoso y brillante escudo de España de épocas ya pasadas.

Pero regresemos a la calle Princesa. Cuando la misma cruza con Alberto Aguilera descubrimos un nuevo lugar de ocio, de los muchos que posee Madrid. Tiendas y más tiendas, con escaparates de todo tipo y con enorme afluencia de compradores, se suceden en este lugar. El sábado será un buen día para acudir por aquí para ir de compras en un ambiente frenético, aunque si lo que deseas es más tranquilidad, puedes ir cualquier tarde entre semana y podrás hacer “compring” animadamente pero sin agobios.

Pero no estamos de compras, así que seguiremos calle arriba dirección a Moncloa. Según nos acercamos, lo primero que veremos será el Faro de Moncloa, aunque cuando ya estemos casi “tocándolo” nos sorprenderá la presencia del Cuartel General del Aire, un soberbio edificio construido en los años 40 del siglo pasado sobre los terrenos que ocupaba la antigua Cárcel Modelo y cuyo diseño tomó como ejemplo el Monasterio de San Lorenzo de El Escorial. Tanto que hasta los datos resultan también abrumadores: casi 154 metros de largo y 90 de ancho, más de 1.200 ventanas, cuatro torres rematadas por sendos chapiteles de estilo filipense en sus cuatro esquinas…

Junto al mismo se levantó el Arco del Triunfo, un monumento levantado hacia mediados de los años 50 del siglo XX y que al atardecer adquiere su verdadera belleza cuando es iluminado tanto por las luces de los numerosos focos que la enmarcan, como por el cielo anaranjado tras el que el sol se oculta un nuevo día.

Por encima, y vigilante, se encuentra el Faro de Moncloa, una estructura curiosamente desaprovechada hasta ahora (se ha proyectado convertirlo en mirador-cafetería) y desde el cual se adquiere una bonita visión de Madrid en su conjunto. No por menos es una de las construcciones más altas de Madrid.

Y si lo que nos interesa es terminar con una visita cultural, podremos acudir al inmediato Museo de América, en el cual descubriremos interesantes piezas de las culturas americanas preexistentes a la llegada de Colón y de la que deberíamos conocer mucho más por nuestra identidad hispana. Llegados aquí nuevamente nos ponemos a pensar, esta vez en aquella gesta de Colón que abrió Europa a América y, no lo olvidemos, América al mundo, con todos sus defectos y con todo lo positivo que ello supuso. Una aventura fruto del impulso de la Corona española que hoy tiene sus raíces en el Palacio Real, un Palacio enmarcado en un nuevo paseo del que trataremos en un próximo capítulo.

Fotografías por Alberto Martín

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Autor del artículo

Alberto Martín Quintana

Comentarios

Alberto(hace 7 años)

Muchas gracias Javier. Hace años no me gustaba en absoluto hacer fotos, pero mi novia me hizo ver lo agradable de hacer fotos y desde entonces no he parado. En todo caso la verdad es que fotografiar Madrid es una delicia y para mi es tan gratificante que siempre llevo la cámara encima, más ahora que llevo un tiempo que vivo en Barcelona y que ir a Madrid es algo fantástico, descubriendo cada vez cosas nuevas y que me hacen enamorarme cada vez más de mi ciudad.

JAVIER ESQUIVEL(hace 7 años)

ENORME PROFESIONAL QUE ERES , ALBERTO , UN GENIO DE LA CÁMARA ... RECIBE MI ADMIRACIÓN Y APRECIO .

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