Estufas populares. Calor para los pobres

Fue Alberto Aguilera, buen alcalde y mejor persona, el responsable directo de la innovación que supuso el tema de este artículo. En las Navidades del año 1901, siendo aquel un invierno especialmente duro y siguiendo el ejemplo de otros países europeos donde el frío es mucho más intenso que en el nuestro, impulsó la colocación en las vías públicas de las llamadas estufas populares para aliviar de los fríos nocturnos a los que pernoctan, total o parcialmente, a la intemperie. Eran estos individuos principalmente mendigos, golfos, que en auténtica pléyade llenaban la ciudad junto con otras diversas tipologías de desvalidos y miserables que recorrían y vivían habitualmente en las calles de Madrid. No obstante no serían solo beneficiarios de esta medida los muy desfavorecidos, ya que desde los vendedores de periódicos hasta los señoritingos juerguistas que salían de los espectáculos, fueron muchos los que se acabaron llegando hasta el fuego de las brasas de estas estufas para poder soportar las heladas y las nevadas.

Un día tan señalado como la Nochebuena en ese 1901 fue el primero en que se dispuso el comienzo de este servicio municipal que había sido aprobado por el Consistorio en ese mismo mes de diciembre. A los ojos de hoy en día la elección de la fecha será vista de una forma totalmente diferente a la de la época. Era, sin lugar a dudas, una medida de un marcado carácter paternalista muy en boga en política en determinados momentos. No obstante fue muy bienvenida hasta por parte de los detractores, que fiaban poco del sistema e incluso habían dudado de que llegase a ponerse en práctica a pesar de haber sido aprobado por los munícipes. Así El País de 25 de diciembre dice “me parecía tan difícil la realización del acuerdo municipal como la regeneración económica”, pasando después a aplaudir al Ayuntamiento y rematando el autor con la advertencia de que como inicio está bien, pero que necesita ampliarse la prestación en calidad y cantidad, para lo cual el periodista permanecerá vigilante y dispuesto a solicitar desde su columna los debidos cumplimientos y mejoras.

Ciertamente el número de estos braseros públicos no era gran cosa, sólo ocho para toda la ciudad. Los lugares donde se ubicaron fueron: Antón Martín, Plaza de la Caza [1], Arlabán, Alonso Martínez, Glorieta de Bilbao, Plaza de la Cebada, Cerrillo del Rastro y Plaza de Lavapies. En otros periódicos figuran pequeñas alteraciones, como la Plaza de Herradores por la de la Caza o la de Puerta de Moros por la de la Cebada. En años sucesivos los sitos fueron similares, pero siempre cambiando alguno, de este modo hubo estufas en Olavide, Glorieta de La Florida, Plaza del Progreso [2], San Gregorio, Santa Cruz, Red de San Luis, Santo Domingo, Calle de Toledo frente a San Isidro, etc. pero nunca en cantidad superior a diez al mismo tiempo.

El horario también tenía sus limitaciones ya que sólo estaban encendidos entre las ocho y media de la noche y la una de la madrugada, y entre las seis y las nueve de la mañana. Este sistema de funcionamiento, como veremos, no estuvo exento de críticas.

El Ayuntamiento, realmente, sólo corría con el gasto del combustible y el mantenimiento porque los aparatos habían sido donados por la Compañía del Gas, cuyo director a la sazón era Mr. Barle. Lo que parecería un gran gesto de magnificencia por la parte de la empresa suministradora queda empañado cuando se sabe que los hornillos eran de segunda mano, es decir, eran los que habían tenido como uso primero el derretir la brea usada para el entarugado de las calles [3]. El carbón de coque consumido por día y hornillo era de unas dos arrobas en días normales ya que si había viento la cantidad aumentaba [4]

Las estufas en cuestión consistían en unos braseros de hierro con forma de cesta, elevados del suelo por tres patas. El procedimiento utilizado para poner diariamente la calefacción a punto era el siguiente: Un poco antes de la hora oficial en que estaba previsto que funcionase aparecía en el lugar en cuestión un guardia y un obrero municipal que acarreaba el artilugio y un saco de carbón. El trabajador preparaba el fuego y se marchaba dejando al guardia vigilando y no volvía hasta la hora en que había que encenderlo nuevamente por la mañana retornando a hacer acto de presencia a la nueve ya para retirarlo hasta la noche. El guardia estaba controlando el hornillo, aparte de para que no lo robasen o deteriorasen, para establecer el orden de calentarse, ya que como eran una buena cantidad los que acudían, era necesario establecer turnos, y de esta manera lo normal era que se les dejase estar a la vera del brasero unos quince minutos por grupo, obligándoseles  a retirarse para dar paso a uno nuevo y volver a guardar la cola. Obviamente esto no se llevaba a cabo cuando la gente era suficiente para poder compartir todos en buena armonía la hoguera.

Ni que decir tiene que eran habituales las broncas y discrepancias, tanto los golfos y resto de usuarios entre si como con la autoridad. A pesar de todo ello en los “Fornos callejeros” como se les llamó no llegaron a faltar grupos de gentes bien que acudían con un doble propósito: el lógico de calentarse y el pasar el rato observando a los clientes naturales y sus conversaciones que estaban cargadas de elementos espesos de chispa y gracia.

Puede parecer mentira, pero entre la tipología de los asiduos a estos hornillos nos encontramos con diferencias porque dentro del escalafón de la miseria no eran iguales los de unos barrios que los de otros, siendo los que estaban en peor situación los que acudían a las del Rastro, Puerta de Moros y Lavapiés.

Ya se ha dicho que los principales beneficiarios, junto a los mendigos, eran los golfos, pero hay que puntualizar que bajo este calificativo lo que nos encontramos en aquel entonces es una inmensa cantidad de niños y adolescentes descalzos, desnutridos, harapientos y, normalmente, sin tener donde vivir. Este hecho hace que cualquier avance que dulcificase su existencia, entre ellos el que nos ocupa, encontrase vivos defensores pero también topamos con feroces y mordaces atacantes, sin contar, además, con las quejas que surgen pidiendo mejoras entre los partidarios. La más común de estas protestas es la relativa a la poca cantidad de estufas y la segunda es la que concierne a las horas, que también parecen insuficientes. El País de 30 de diciembre de ese año hace una curiosa interpretación del porqué hay porcentualmente tan pocos desventurados alrededor del fuego (veinticinco por brasero) [5] siendo una muchedumbre de ellos los que pululan habitualmente por las calles, cifrando la clave del enigma en lo poco atinado de los horarios: “De ocho a una de la noche, los teatros, las tabernas, los cafés están abiertos. Es la hora de la venta de los periódicos de la noche, llegan además varios trenes y los pobres que viven de pedir limosna, de vender periódicos o de subir bultos de la estación no tienen tiempo de acudir a las tertulias de las estufas, porque otra necesidad más apremiante, la de ganar algunas perras para la cena y el almuerzo, requieren las primicias de su atención.” Pasada esa hora se ven forzados a buscar cobijo para dormir en portales o donde buenamente puedan. Se pedía, por tanto, que se aumentase la dotación de carbón y se mantuviesen encendidas toda la noche [6]. En el polo opuesto tenemos a El Globo, que ocho años mas tarde, bajo la alcaldía del Conde de Peñalver, se quejaba del coste que representa el carbón para las arcas municipales: “¡El carbón que se empleará en ese servicio municipal!” [7]

Encontramos críticas sarcásticas junto con humor sano, y todo eloo impregnado de política. Nuevo Mundo en un artículo de A.R. Bonnat ironizaba diciendo, entre otras cosas, que se acabarán instalando mesas camillas en cada plaza y que en ellas se sentarán “los ediles que darán lecturas públicas del Heraldo y del Juanito, alternando estos ratos de instrucción literaria con la resolución de fáciles charadas y la confección de gorritos de crochet hechos por el bello sexo” [8]

Mundo Cómico  compara la escasez de estufas con la decisión de la Prefectura de París de crear un cuerpo de perros policías para la custodia de las aguas del Sena, dotada con dos canes para cubrir todo el río [9].

Antonio Casero en La Correspondencia de España escribe un poema en el que en una conversación entre dos golfos (uno de ellos llamado “Rochil” por el multimillonario Rothschild) se alude a las diferencias entre el socialismo y la política del alcalde Aguilera: “… entre el compañero Iglesias / y el compañero Orcasitas, / te han puesto la calabaza / como una pecera; mira, / déjate tu de problemas / y déjate de políticas, / y ande un servidor caliente / y ríete de pamplinas; / el alcalde te da lumbre / que es lo que tu necesitas / y esos te dan solamente / recuerdos pa la familia; / podrán decir del alcalde / lo que del alcalde digan, / pero no me negarás / que es un alcalde que abriga…” [10]

Hasta Ángel Urzáiz, Ministro de Hacienda de Sagasta, salió retratado en un chiste político de La Correspondencia Militar calentándose en las estufas callejeras [11].

El “invento” de Aguilera no tuvo la continuación lógica debida, es decir, no quedó el asunto institucionalizado en la Corporación Municipal y nos encontramos que el tema dependería de la voluntad del alcalde de turno y hay que tener presente que en el sistema político de principios del siglo XX la sustitución del regidor era una cosa mucho más que habitual, contándose veinticinco cambios entre 1901 y 1920. No obstante sí quedó poso de la idea en determinada prensa que acabará siendo ocasionalmente la que ejerza la presión suficiente ante la Casa de la Villa para que sacasen en determinados inviernos las estufas ansiadas por los pobres. De este modo nos encontramos que sólo un año después del estreno de estas calefacciones Fernando de Urquijo, desde La Correspondencia Militar y desde el Diario Oficial de Avisos de Madrid clama: “Y las estufas callejeras que tan buen resultado dieron el pasado invierno ¿Cuándo las pondrán?” Y Carlos Miranda en El Liberal en 1915 escribe un poema satírico del que copio algunas estrofas: “¿Será el pedir estufas / al alcalde mayor / como el buscar cotufas / en el golfo Señor?” “¡Oh manes de Aguilera! / ¿Quién apagó –decid- / la estufa callejera / que caldeó Madrid” “¿Acaso es un derroche comprar aquel carbón / que al golfo por la noche, / daba calefacción?”.

Como es normal no era uniforme la opinión y aparte de los detractores, estaban los que entendían que esto no era más que un parche y que era mucho más lógico dar techo y cobijo que no braseros en medio de la calle, llegándose a pedir impuestos determinados para allegar los fondos necesarios en caso de que no hubiese suficiente dinero en el Ayuntamiento.

El caso es que se siguieron poniendo hasta por lo menos 1922, aunque hubo inviernos en que parece ser que no fue posible ablandar el corazón del alcalde de turno o el rigor invernal no fue suficiente como para justificar su uso.

Hubo veces en que se sacaron a relucir por casos de fuerza mayor, como cuando se prohibió en 1909 dormir a los mendigos en el asilo Tovar para evitar infecciones. También se disponían con motivo de otro momento bastante menos dramático: El sorteo de Navidad. La noche del 21 al 22 de diciembre era habitual que los golfos guardasen cola para vender su puesto a los que querían por la mañana ver el sorteo. Está costumbre vivía entre la ilegalidad y la permisión y, aunque no se pudiese ejercer este comercio, las autoridades acababan haciendo la vista gorda. Eran bastantes veces los comerciantes los que corrían con los gastos de leña, carbón y cafés para los que pernoctaban a la espera de que diesen las ocho de la mañana para que se abriese el salón del sorteo y ceder el sitio al espectador de turno, e incluso en 1915 las estufas (generalmente eran dos) las proporcionó un fumista de la calle Claudio Coello [12]. El año anterior el que se dio una vuelta por la cola fue el mismísimo Eduardo Dato, que acabó repartiendo cigarrillos y dinero a los setenta individuos que se encontraban allí.

Al igual que en el caso anterior de la cola del sorteo de Navidad, no siempre el combustible salía de las arcas de la Villa, sino que había benefactores que, por diversos motivos, lo aportaban, así como las mismas estufas. Destaca Gabriel Montero que pone el carbón y también los aparatos, cosa que al parecer levantó sospechas en algunos sectores (en concreto en El País se le criticó aduciendo que se estaba realizando publicidad gratuita). El Señor Montero lo que hizo fue traer unas estufas nuevas de Suecia, que, a su entender eran mejores que las tradicionales para evitar las intoxicaciones por emanaciones tóxicas, pero la cosa no acabó bien del todo, ya que al poco de estar puestas fueron destrozadas por vándalos [13]

Las estufas de Alberto Aguilera pasaron a la historia de la mano de su innovador, ya que hasta en sus panegíricos aparecieron como un gran bien realizado a los desfavorecidos madrileños y tanto caló la cosa que en 1931 podemos leer en el número de Mundo Gráfico de 17 de junio lo siguiente en un pie de foto: “Hornillos colocados en las calles de París para que los obreros sin trabajo pudieran calentar sus miembros entumecidos, como hace años hizo en Madrid el popular alcalde, de inolvidable memoria, don Alberto Aguilera”

Notas y Referencias

  1. Es la actual Comandante de Las Morenas
  2. Tirso de Molina.
  3. El País (30/12/1901)
  4. El Heraldo de Madrid (29/12/1901)
  5. Madrid Cómico (28/12/1901) estima que no caben más de treinta y seis personas alrededor de las estufas
  6. El País (30/12/1901)
  7. El Globo (23/01/1909)
  8. Nuevo Mundo (15/02/1902)
  9. Mundo Cómico (28/12/1901)
  10. “Los braseros de Aguilera” en La Correspondenciade España (02/02/1902)
  11. La Correspondencia Militar (30/12/1901)
  12. La Correspondenciade España (20/12/1915)
  13. El País (04/12/1903)

Fuentes Consultadas

  • El Imparcial (fechas: 24/12/1901, 10/02/1909, 27/12/1913, 03/01/1914, 06/01/1914, 25/01/1915, 01/12/1916, 27/12/1919)
  • El País (fechas: 25/12/1901, 30/12/1901, 04/12/1903, 06/12/1903, 02/12/1904, 14/01/1914, 15/12/1917)
  • El Heraldo de Madrid (fechas: 27/12/1901 29/12/1901, 05/12/1914)
  • Madrid Cómico (fechas: 28/12/1901, 05/04/1902)
  • La Ilustración Española y Americana (fechas: 30/12/1901)
  • La Correspondencia Militar (fechas: 30/12/1901, 28/11/1902)
  • La Última Moda (fechas: 06/01/1902)
  • Nuevo Mundo (fechas: 15/01/1902 23/01/1902)
  • La Correspondencia de España (fechas: 02/02/1902, 01/02/1903, 05/12/1914, 22/12/1914, 20/12/1915)
  • Diario Oficial de Avisos de Madrid (fechas: 02/12/1902, 03/12/1904)
  • La Época (fechas: 19/01/1903, 25/11/1903, 28/11/1903, 01/12/1904, 02/12/1904, 23/12/1907, 27/12/1913, 23/12/1914, 19/12/1915, 18/01/1922, 28/12/1922)
  • El Globo (fechas: 03/12/1903, 23/01/1909, 10/02/1909, 01/12/1916, 17/01/1922, 29/12/1922)
  • ABC (fechas: 17/10/1906, 29/07/1912, 10/07/1914, 05/12/1914, 04/01/1923, 16/01/1931, 27/10/1931, 18/01/1973, 09/02/1994, 30/11/1994, 02/12/1995, 20/07/1996)
  • El Liberal (fechas: 26/10/1908, 26/01/1915)
  • El Día (fechas: 02/11/1909)
  • El Heraldo Militar (fechas: 19/01/1914)
  • La Acción (fechas: 10/11/1916, 29/11/1916, 02/12/1916, 18/12/1920)
  • El Norte de Madrid (fechas: 03/12/1916)
  • El Mentidero (fechas: 24/11/1917)
  • La Libertad (fechas: 28/12/1922, 03/02/1923)
  • El Sol (fechas: 29/12/1922)
  • El Siglo Futuro (fechas: 21/12/1923)
  • Mundo Gráfico (fechas: 17/06/1931)

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Autor del artículo

Alfonso Martínez

Comentarios

Carmen(hace 7 años)

Me encanta !! Que artículo más bonito.

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