A la felicidad por la electrónica (I)

Introducción

Madrid, en algún momento indefinido del último tercio del siglo XX. Los amigos Valerian y Laureline (por si no los conocen, búsquenlos en el Google) nos han prestado por unas horas su platillo volante del espacio y del tiempo, y en un decir Jesús aparecemos de golpe en el aeropuerto de Barajas, todavía con su triunfalística denominación de "transoceánico" con el que los jerarcas de los 50 debían de querer decir que ya teníamos una especie de puerto de mar en medio de la Celtiberia. Los antiguos edificios y hangares de los años de la República hacía mucho que dejaron definitivamente lugar a las nuevas edificaciones, cuyo esqueleto en los años de su larga construcción había servido de escenario para el rodaje de alguna persecución del malhechor de turno en la película "091, Policía al habla". Tras los gángsters de ficción llegaron los aviones de verdad, concretamente con motores a reacción que han ganado totalmente la batalla a la hélice en lo referente a la aviación militar, aunque en las líneas comerciales siguieron dominando hasta los 60 aparatos de esta última clase, como el Douglas DC-7 o el majestuoso Constellation. El viaje directo entre Madrid y Nueva York, por poner un ejemplo, muchas veces todavía no era posible, y se tenían que hacer escalas intermedias en las islas Azores o en Terranova.

La siguiente generación de aviones de pasajeros de la Douglas, el DC-8, ya va dotada de motores de reacción, concretamente de 4. El DC-8 es la competencia directa de un avión de la Boeing, el famoso modelo 707, y entre ambos aparatos cambiarán para siempre el concepto de aviación comercial. Los británicos ya tenían su De Havilland Comet, surgido de la misma familia que dio apellido a la actriz de cine de nombre Olivia, y otros países habían hecho sus pinitos con otros modelos, pero los DC-8 y 707 son los aviones que hicieron posible el acortamiento de los vuelos de larga distancia y la posibilidad de enlaces transatlánticos sin escalas, volando a velocidades del orden de los 800-900 kilómetros por hora y a altitudes de 9000 metros. Desde 1958 puede decirse que estos pájaros plateados van dejando a los barcos de pasajeros cada vez más condenados a trayectos cortos, como los enlaces del estrecho de Gibraltar o el paso a las islas Baleares, pero el cruce del "charco" se puede hacer desde Madrid sin tener que ir a La Coruña a comprar el billete para el transatlántico y soportar una travesía de varias jornadas. Hasta finales de la década de 1970 quedarán algunas líneas de barcos de ruta regular a América, pero con carácter casi testimonial. El barco, desde entonces, es mayormente para los cruceros turísticos, para los cargueros portacontenedores y para el despliegue de fuerzas militares en portaaviones y fragatas, y los pasajeros se pasan al avión. Lo que se lleva es el "jet", pues en los primeros años, al motor de reacción se le llama también "de propulsión a chorro", y de hecho, hoy en día uno de los laboratorios más prestigiosos de la NASA se denomina JPL (Jet Propulsion Laboratory) aunque sus funciones se han diversificado a campos como el de la robótica.

El salto que hace España de la boina a la cibernética entre las décadas de 1970 y 1980 puede medirse claramente en los modos y modas de la electrónica de consumo. Los aparatos de grabación de sonido existentes en los 60 habían sido voluminosos a más no poder. Los magnetófonos de postguerra fueron, en primer lugar, de alambre, pero este sistema tuvo muy poca difusión en España, y los que más se empezaron a ver eran ya de bobinas de cinta magnética. Como pasaba con las radios, la sustitución de las válvulas por los transistores fue permitiendo aligerar los equipos de grabación hasta hacerlos lo suficientemente transportables como para que el padre de familia pudiera grabar los primeros balbuceos de sus retoños o el periodista pudiera desplazarse al domicilio del escritor, futbolista o estrella de cine para entrevistarla comodamente sin necesidad de las hasta entonces omnipresentes libretas. Según fueron avanzando las décadas de los 60 y 70, los fabricantes japoneses empezaron a reemplazar a los europeos en el comercio de estos aparatos, y la miniaturización consiguiente fue reduciendo el tamaño de las bobinas, aunque la irrupción de las “cassettes” llevará a una nueva miniaturización, y las bobinas quedarán confinadas a los estudios de grabación o a los domicilios de melómanos puristas.

Las otras radios: radioaficionados, escuchas, cebeístas y otras faunas del éter.

Los aparatos de consumo masivo son los tocadiscos y reproductores de cassettes para el bailoteo guatequeril, aunque hay algunos comportamientos sociales, basados en usos más minoritarios de la radiodifusión, que vaticinan los que a su vez traerá el Internet del futuro, ya para audiencias mucho más amplias. Los radioescuchas pueden ser, como los cebeístas, de los que enseguida hablaremos, una cantera de futuros radioaficionados, o bien ser antiguos radioaficionados a los que los continuos problemas con sus vecinos por el tema de las antenas han relegado a usar sus aparatos tan solo en el modo de recepción, con antenas más discretas y menos identificables como tales, que se puedan camuflar facilmente entre los balcones o los tendederos de las casas.

Muchos radioescuchas han empezado su actividad cuando han descubierto, a los quince o diecisiete años de edad, que su radiocasette o equipo de música, además de las bandas habituales de radiodifusión de AM y de FM, dispone de una o dos bandas de Onda Corta. En la mayoría de aparatos domésticos, esta Onda Corta suele venir en dos cortes, el numerado como SW1 (de 2 a 7 megahertzios) y el numerado como SW2 (de 7 a 18 ó 22 megahertzios). Incluso en la década del 2010, ya con el Internet popularizado a gran escala, la cara de sorpresa de un chaval cuando al girar el dial en estas bandas sintoniza voces procedentes de lejanos países es todo un espectáculo, más cuando comprende el mérito de que esa voz le está llegando sin necesidad de cable de cobre o fibra óptica alguna, como tienen que hacerlo los e-mails o el Skype. Los típicos radiocasettes de los años 70 y 80 eran a menudo objeto de burla por los radioaficionados convencionales, que los calificaban con el despectivo nombre de “musiqueros”, pero hay que considerar que aunque no tenían las prestaciones de los equipos receptores de alta gama, estaban construidos en Europa o Japón con una calidad constructiva muy sólida, que no solo cuidaba los aspectos de la reproducción de música de los casettes, sino que se esmeraba en lo que a la parte de Radio correspondía, muy por encima desde luego de las cutre-imitaciones procedentes de China que han ido llegando en las décadas del 90 y del 2000.

El “musiquero”, con el que muchos niños y no tan niños descubrieron la escucha de emisoras lejanas, pronto era objeto de las primeras modificaciones caseras, y a la antena telescópica (el “whip”, que dirían los ingleses) que traía incorporada se le acoplaba enseguida algún alambre o cable que sobrara del cajón de las herramientas de los padres o hermanos mayores, y convenientemente colocado junto a la ventana, permitía perfectamente sintonizar desde Cuatro Caminos o desde el Puente de Vallecas a los locutores de La Voz de Los Andes o de la Radiodifusión Argentina al Exterior. Insistimos: no había Internet, las cadenas de TV eran solo dos hasta 1989, España estaba recién estrenada como miembro del mundo democrático y la incorporación a aquella CEE, antecedente inmediato de la ahora Unión Europea, no llegaría hasta 1986, tampoco se había producido el boom inmigratorio... circunstancias todas ellas por las cuales casi ningún madrileñito había visto en su vida a un “extranjero” de verdad.

El hecho de que con una caja con pilas y cinco metros de cable se pudieran recibir voces de nuestras antiguas colonias era sencillamente “magia”, magia cuyos poderes parecían mayores cuando en plena noche aparecía una voz que, en perfecto castellano, anunciaba “les habla Radio Moscú Internacional” y ya nos imaginábamos como protagonistas de una de esas novelas de espías donde los países del bloque soviético eran siempre un escenario recurrente. Para dar más emoción a la cosa, de vez en cuando aparecían los mensajes dirigidos a los espías de verdad, las llamadas “emisoras de números” (letanías interminables), y así, entre pitos y flautas, daban las tres de la madrugada y a la mañana siguiente los futuros radioaficionados acudían al colegio medio dormidos, aunque con una lección de geografía en la cabeza mucho más emocionante -y a veces hasta más útil- que aquellas simplonas memorizaciones de capitales de nación que nunca se esperaba visitar en la vida.

Entre pitidos y desvanecimientos iban llegando noticias que auguraban tiempos nuevos. Cuando el joven alemán Mathias Rust hizo aterrizar su avioneta frente al Kremlin de Moscú, burlando a la mayor maquinaria militar del mundo, quedó claro que la Unión Soviética padecía de disfunciones glandulares graves y estaba dejando de ser la fortaleza inexpugnable que fuera en otro tiempo. El propio tiempo confirmó lo sugerido por Rust, y en 1991 el mundo soviético pasó al baúl de los recuerdos.

Del otro extremo político del mundo de entonces vinieron los “cebeístas”, personas que tomaron el nombre de las letras CB, iniciales inglesas de la Banda Ciudadana, asentada en América en los años 60 y en Celtiberia un poco más tarde. La Banda Ciudadana es uno de los segmentos de la radio que más folklore popular ha creado en su país de origen, los Estados Unidos. La creó el inventor Al Gross, al que debemos también la aparición del “walkie-talkie” o aparato transmisor y receptor de radio portátil, y al que por tanto podemos considerar a su vez el precedente remoto de la actual telefonía móvil. Un teléfono móvil, al fin y al cabo, no es otra cosa que un “walkie-talkie” dotado de capacidad “dúplex” (hablar y escuchar simultáneamente, en vez de los típicos “corto y cambio” de las películas), y en el que en vez de actuar libremente por las ondas, se nos cobra una determinada cantidad de dinero por usar unos repetidores perfeccionados, que es lo que son las polémicas antenas de telefonía móvil. Al Gross fue un pionero en el acceso del ciudadano de a pie a los medios tecnológicos, y concibió un segmento de banda, en la banda de 11 metros de longitud de onda (alrededor de los 27 megahertzios) donde se pudiera transmitir sin necesidad de poseer una emisora de radiodifusión o una licencia de radioaficionado, simplemente teniendo una licencia de menor categoría administrativa (como la necesaria para la práctica de la pesca en los ríos) y sin necesidad de superar exámenes o tests de aptitud. El invento pronto adquirió gran popularidad, siendo denominado como la CB (Citizens´Band). Se autorizaron 23 canales en la mayoría de los países, que muy pronto quedaron estandarizados en los 40 actuales, y la coincidencia de la aparición del invento con la de los transistores posibilitó la miniaturización de las emisoras hasta hacerlas instalables a bordo de automóviles. En los Estados Unidos, donde hay enormes extensiones de terreno completamente desérticas, y las distancias entre poblaciones pueden ser de cinco a ocho veces superiores al promedio de España, la emisora de CB fue adoptada por los camioneros como un objeto de uso tan cotidiano como la caja de herramientas o el propio volante. Tanto para comunicarse entre sí los diversos camiones de un convoy, como para hablar con gasolineras o puestos de socorro en caso de averías, como para eludir la acción del Sheriff de turno en caso de llevar contrabando, las radios de 27 Mhz dieron lugar a verdaderos argots o jergas, como el “código 10”. También se adoptó como propio el “código Q” de los marinos, los telegrafistas y los radioaficionados, aunque con algunas variantes más o menos humorísticas. La película Smokey and The Bandit, que aquí se tradujo como “Los Caraduras”, refleja perfectamente ese ambiente de verdaderos “chats” de voz por las larguísimas carreteras de los EE.UU.

Al contrario que la radioafición, que siempre ha estado reglamentada, y en España disponía hasta hace poco de 3 tipos de licencias, la EA, la EB y la EC, en nuestras tierras, la CB no fue legalizada hasta la década de 1980, aunque ya desde los años 70 había funcionando en Madrid y otras capitales varias estaciones de manera clandestina. A pesar de cubrir un margen de frecuencias inferior a lo que permiten las licencias superiores de los radioaficionados “serios”, que pueden elegir entre HF, UHF y VHF, la CB no solamente fue vista como una amenaza por parte de los EA, que la consideraban un “sucedáneo de radioafición”, sino que la administración de la dictadura ¡y de los primeros años de la democracia!, con una mentalidad no exenta de clasismo, tenía miedo de que el ciudadano de a pie pudiera acceder a un medio de comunicación relativamente barato y con una alta dosis de participación de los individuos al ser los equipos transmisores y receptores a la vez. Si se cambian yugos y flechas por hoces y martillos, Madrid por Beijing, y 1970 por 2010, nos encontramos con que la situación era prácticamente la misma que se vive hoy en día en la República Popular China con la gran censura que allí se ejerce sobre Internet. Es más: al haberse desplazado hace muchos años el autor de este artículo a casa de un amigo para instalarle una estación de CB, allá por Peña Grande, el padre de este chaval puso especial interés en que pudiera instalarse algún tipo de interruptor en medio del cable coaxial de la antena, para cortar la comunicación al hijo “en caso de urgencia” ¿Qué diabólicos mensajes creía este hombre que podrían salir por el altavoz?. Pues sencillamente los mismos que ahora los agoreros de turno creen que salen sistemáticamente “del Internet”, saco donde meten lo mismo al Carmageddon y al GTA 4.0. que a la web de Rodolfo Chikilicuatre, que al Foro del Viejo Madrid.

Al igual que los chinos desarrollan trucos de “hacker” para burlar los anacronismos de su gobierno, algunos aparatos de radio para la CB llegaban de contrabando a Madrid desde Ceuta, Canarias o Gibraltar. Otros eran modificaciones de equipos profesionales de otras frecuencias. Otros, como el Carkit, se adquirían por piezas y se montaban en casa a base de estaño, soldador, polímetro y un poco de paciencia. La época de la prohibición llevó a que, en vez de indicativos de llamada, se emplearan apodos o motes, tomados de las películas de camioneros que exaltaban el ambiente de la CB americana, como la antedicha de “Los Caraduras” y empezaron a oirse por las ondas las voces del “Bandido” de Hortaleza, o el “Pájaro Loco” de Carabanchel. Esta costumbre ha pervivido hasta hoy, y a pesar de que una estación de 27 MHz tenga el indicativo ECB-4-I-112616, por poner un ejemplo, casi nunca lo usará en público, como haría un EA3GCY, salvo que sea demasiado friki o demasiado perfeccionista. En CB lo que importa es el apodo.

Los Carkits se montaron en los coches para avisar de dónde se hallaban los controles de velocidad de la Guardia Civil, pero también empezaron a ser una útil compañía para los profesionales del camión. Aparte de esta aplicación “móvil” de la CB, pronto surgieron muchas personas que montaron los aparatos “en base”, en sus propias casas, para charlar con otros “cebeístas” de los barrios cercanos en una especie de rueda de corresponsales. Los apodos o motes pueden considerarse un antecedente de los actuales “nicks” de Internet, y estas ruedas, o QSO de múltiples personas, eran auténticos chats de voz analógica sin necesidad de la mediación de ordenador alguno.

Los primeros aparatos que llegaron a Madrid solían permitir la recepción de la banda de 11 metros por medio de un dial de ruedecilla similar al de una radio doméstica, mientras que la transmisión se tenía que seleccionar entre unos pocos puntos fijos sintonizados a base de cristales de cuarzo. Los walkie-talkies portátiles también tenían esta sintonía de cuarzos, pero como habría sido muy engorrosa la construcción de un aparato con zócalos para alojar los 23, o los 40 cristales de cuarzo, fueron surgiendo emisoras en la que la sintonía de los 40 canales se hacía mediante sintetizadores de frecuencia del tipo PLL. En España, y en la mayoría de los países de la Europa continental, las frecuencias autorizadas para la CB estaban -y están- comprendidas entre los 26965 y 27405 kilohercios, aunque dentro del ambiente cebeísta ha permanecido desde los años 70 cierta subcultura de la clandestinidad, antecesora directa del “hacking” informático. Con pocas modificaciones, muchos equipos de CB podían ser modificados para añadir canales extra hacia abajo y hacia arriba, en el intervalo de 26 a 28 megahercios, y era muy corriente que cuando los canales habituales se hallaban saturados de gente, alguien dijera:

“Nos vamos al 18 de los altos”

Lo cual no significaba otra cosa que aquellos espabilados que tuvieran sus equipos trucados, podían continuar la conversación con menos interferencias en “otro” canal 18 situado muchos kilohercios por encima del canal 18 “de verdad”. Poco después de donde se hallaba el canal 40 “normal”, se hallaba el canal 1 “alto”. A su vez, un poco por debajo del canal 1 “normal”, se hallaba el canal 40 “de los bajos”, y así hasta lograr canales “submarinos”, “superbajos”, “bajos”, “normales”, “altos” y “superaltos”. Cuando los canales superaltos interferían con los de los radioaficionados de 28 MHz, de vez en cuando la Dirección de Telecomunicaciones se imponía desde su sede en la calle del Conde de Peñalver, y hacía caer alguna multa que otra, pero lo general es que el segmento comprendido entre los 27405 y los 27999 kilohercios fuese siempre una “tierra de nadie” radioeléctrica, y de hecho hay una especie de ley no escrita en algunos países, sobre todo en Italia, por la que los contactos a larga distancia, o DX, entre cebeístas, se hacen alegalmente en esas frecuencias para no molestar a las tertulias locales de los 40 canales estándar.

Algo parecido pasaba con los modos de transmisión autorizados para CB: En principio solo se autorizaba la FM, pero como la España oficial siempre suele ir algunos pasos por detrás de la España real, -y no digamos del extranjero real- los aparatos extranjeros, que venían con FM, pero también con AM, y a veces incluso con USB y LSB, tenían que ser modificados por sus propios importadores para inutilizar los modos que no fueran FM. La modificación era a veces tan burda que a uno de los conmutadores de la emisora se le solía notar descaradamente que sus inscripciones de “TONO ALTO” o “TONO BAJO” habían sido sobreimpresas con una tipografía distinta a la del resto de botones. Raspando un poco con un bolígrafo se podía descascarillar la pintura y ¡Voilá!, ahí aparecían las inscripciones “AM” y “FM”. Los comercios que importaban las emisoras cortaban un cable por aquí, metían un empalme por allá, y le daban al conmutador una nueva función completamente distinta -e inocua-, para que la Dirección de “Telecos” les pusiera la chapita de homologación a los equipos. Era un juego del gato y el ratón, porque enseguida, por las tertulias del canal 26 (de los más activos del Madrid de los años 80) salían “gurús” y expertos que empezaban a aconsejar al personal.

“Le quitas el cable rojo al potenciómetro de la derecha y se lo sueldas al condensador de abajo”

Y con eso y un bizcocho, a las ocho de la tarde ya tenía uno modificada su radio para emitir en AM. A la larga, la España oficial acabó alcanzando a la real, y se autorizó la AM y la SSB. De todas maneras, pasa como con todo, hay gente que en la actualidad se gasta dos mil euros en un ordenador de última generación para luego no utilizarlo en otra cosa que no sea el exterminio de orcos y el chateo, y con la radio, -de CB o de la frecuencia que sea- ocurre lo mismo: personas dotadas de un equipo antiguo de cristales de cuarzo, con unos pocos canales en FM, podían hablar con gente a decenas de kilómetros de distancia e incluso iniciarse en el arte del DX, porque realmente sabían de electrónica, de cables, de ubicación de las antenas, etc... mientras que otros inexpertos creían que por disponer de una SuperStar 3900 (una de las emisoras legendarias de la CB) ya tenían todo el trabajo hecho.

“Gástate los duros en la antena, y las pesetas en la emisora”

Este refrán del canal 26 tiene más razón que un santo: una estación de radio vale lo que vale su antena, y si la señal no es captada por esta, ya podemos tener abajo la “creme de la creme” de los receptores, que no conseguiremos escuchar nada. Además, con el auge de los walkie-talkies de UHF sin licencia, o de los teléfonos móviles, mucha gente ha abandonado la CB, por lo que la saturación de canales de hace quince o veinte años ya no es tal, y con 40 canales y uno o dos modos de emisión nos bastará y nos sobrará.

Algunas estaciones “históricas” de la CB madrileña, listadas por nombre de pila, “nick” y barrio desde el que emitían:


José - Papá Pitufo - Peña Grande

Israel - The Hobbit - Barrio del Pilar

Moisés - Alex - Barrio del Pilar

Julia - Radio Ovillo - Barrio del Pilar

Roberto - Arianamania - Tetuán

Rosa - Café - Fuencarral

Sergio - Vony - Tetuán

Mariola - Amazona - Tetuán

Pablo - Batman - Orcasitas

Valentín - Trantor - Las Rozas

Agustín - Turín - Vallehermoso

Arturo - Mortadelo - Carabanchel Alto

Carlos - Lupus - Barrio del Pilar

Calypso - Germán - Valdezarza

En CB el nombre de pila era el QRA, el apodo era el QRZ, y el lugar geográfico era el QTH, si bien estas expresiones son adaptaciones un poco libres del código Q original de los radiotelegrafistas de los barcos. Los nicks o QRAs son en sí mismos una escuela de microsociología, y en ellos se pueden encontrar desde personajes de cómic o de novelas de Tolkien hasta aviones rusos. Como repetimos machaconamente en todo este hipertexto, los roles y comportamientos que se dan ahora en cualquier chat o foro de Internet tenían ya gran parte de sus “planos” dibujados muchos años antes en las tertulias radiofónicas de los 27 megahercios, con la emoción añadida de que no todos oían a todos y de que algunas estaciones hacían de “puente” para pasarse comunicados unas a otras. Además está el componente de la voz, que da muchos más datos de una persona de los que pueda dar un simple avatar o fotografía de chat.

El Lupus que aparece al final de nuestra lista protagonizó una anécdota que todavía da que hablar entre los veteranos de la radioafición matritense: Un programa de televisión invitó una tarde a dos radioaficionados a su plató, pues esa franja horaria todavía no había sido secuestrada a sangre fría por los “culebrones” de ultramar, y un poco con un tono de “vamos a ver cómo nos reímos un poco con los chiflados estos” se propuso mostrar a los telespectadores las virtudes del hobby del éter.

Uno de los radioaficionados lo era de la CB, con licencia para 27 MHz, y apareció con un equipo como los que solía llevar cualquier taxista o camionero de la época. El otro radioaficionado era de los “radioaficionados serios”, con licencia EA, y apareció con una voluminosa emisora, de las que solían costar medio millón de pesetas y cubren desde 1600 a 29999 kHz. Tras algunas charlas con los tópicos de rigor, la presentadora animó al EA, directivo para más inri de una asociación de radioaficionados de rancio abolengo, a que escrutara el éter en busca de DX con algún remoto lugar, pero se dio el caso que del altavoz solo salieron ruidos y más ruidos. El segundo operador, el “modesto”, fue requerido por la presentadora para que buscara otro contacto, y tras lanzar su llamada al éter, fue de inmediato respondido por Lupus, cuya voz, con Prado del Rey actuando de repetidor, llegó ese día a millones de oídos en todo el país. Por supuesto, en el canal 26 no se habló de otra cosa durante días, y el CORREO CB, periódico de los cebeístas, que haberlo lo hubo, dedicó algún editorial al asunto, poniendo en evidencia a una vieja escuela de operadores que creían tener más razón por haber obtenido una licencia de mayor rango que los de 27 MHz. Cierto es que la CB, por su pasado ilegal, arrastraba por inercia algunas prácticas de picaresca, y cierto es también que el acceso a las licencias superiores EC, EB y EA (o como las llamen ahora con las últimas reformas) exige pasar un test con preguntas similares a las del carnet para conducir un automóvil, pero eso tampoco le convierte a uno automáticamente en un ingeniero industrial, ni mucho menos le hace a uno adquirir habilidades de convivencia cívica para dialogar por la radio con otras personas. Esto se comprueba todos los días, por ejemplo, en las bandas de HF de 40 metros (7 megahercios) y de VHF de 2 metros (144 megahercios) donde a menudo aparecen energúmenos propios de una película de Torrente, o directamente gentes que utilizan las bandas de radioafición para fines puramente personales o mercantiles, como furgonetas de reparto, vigilantes de seguridad, o simplemente como sustitutivo puro y duro del teléfono. Para estas actividades ya hay otras bandas reglamentadas a tal fin.

En la época de mayor uso de la CB, segunda mitad de los años 80 hasta 1992, los barrios de que más “sonaban” en el dial eran, por un lado, Carabanchel, y por otro, los del núcleo Barrio del Pilar-Tetuán-Fuencarral, con su tertulia del canal 16 que luego pasó a ser la del 26. Esta situación era debida, en gran parte, a la gran elevación geográfica del terreno con respecto a otros barrios (en Tetuán), a la presencia de edificios con 10 o más plantas (en el Pilar), y al hecho de que su población estaba menos envejecida que la de los distritos más céntricos, con lo que las comunidades de vecinos estaban más familiarizadas con la técnica y eran menos refractarias a la instalación de antenas en las azoteas, que en otros lugares como Cuatro Caminos se veían como una fuente de potenciales peligros, cuando se ha comprobado que las bandas de 1800 MHz en las que operan los actuales teléfonos móviles pueden ser bastante más comprometedoras para la salud de lo que puedan serlo la gran mayoría de los equipos de aficionados o de CB. En el Barrio del Pilar se dio el hecho contrario, pues las diversas ramas de la radioafición heredaron parte del espíritu del movimiento vecinal de los años 70. Se creó la ACRAMN (Asociación Cultural de Radioaficionados Madrid Norte) que celebraba asambleas en el bar La Cabaña o en el Julyn´s. Otra actividad de confraternización de aquellos años eran las “marathones de contactos”, mezcla veintisietera de los “concursos” y de las “expediciones DX” de los EA. En las “marathones” un grupo de entusiastas buscaba un emplezamiento en la montaña (que casi siempre acababa siendo el Alto del León, en la antigua Nacional VI) y se lanzaba durante uno o dos días a buscar contactos con toda España, llegándose a veces a alcanzar estaciones de Stuttgart, en Alemania.

La “caza del zorro”, siguiente modalidad de deporte radioeléctrico, consistía en dejar abandonada en un parque o descampado una radiobaliza, similar a las usadas por los pescadores del Cantábrico para localizar sus redes, que los concursantes debían encontrar por medio de receptores y antenas direccionales. El que cazaba el “zorro”, se llevaba ipso facto un premio. Salir a la Dehesa de la Villa o al Parque Norte en 2010 exhibiendo una antena y un aparato del que salen los “bip-bips” procedentes del “zorro” puede costarle hoy un disgusto al entusiasta de las ondas, pues años y años de telefilmes de serie B (y de ciertos telediarios de estética y contenido no muy diferentes a los de los telefilmes) harán que inmediatamente los propios viandantes le confundan con un “terrorista”, un “espía” o cosas por el estilo. En los años 80, paradójicamente cuando los espías eran espías de verdad, y Madrid era golpeado por el terrorismo con mucha más intensidad, este tipo de diversiones estaban mucho menos perseguidas, pero hay que tener en cuenta que el subidón económico de la década siguiente todavía no había traído la consecuente llegada de la mentalidad de nuevos ricos, y las dos o tres cadenas de televisión que había, aunque hubiesen querido, eran muy pocas para suministrar entre todas tales dosis de paranoia a la ciudadanía. Por no poder, ni siquiera emitían 24 horas de cada 24. Por supuesto, en la Europa nórdica, e incluso en los Estados Unidos, se encontrará el lector conque existen clubes y asociaciones perfectamente reglamentadas y reconocidad que practican la “radiolocalización” como un deporte más.

[Continuará]
 

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Autor del artículo

Juan Pedro Esteve García

Comentarios

Juan Pedro Esteve García(hace 6 años)

Más estaciones de esos años que nos van volviendo a la memoria:

COMBI, operadora Elvira, QTH Barrio del Pilar.

MAX, operador José Ignacio, QTH Cuatro Caminos.

PATXI, operador creo que del mismo nombre, QTH Tetuán.

SPIDERMAN de Cuatro Caminos, no recuerdo el nombre.

CACHORRO, de la plaza de Cuzco, tampoco recuerdo más detalles.

LIMA 1 también de esa zona.

COMPRA-COMPRA, este creo que emitía desde un coche.

Juan Pedro Esteve García(hace 6 años)

¡Buenas tardes, Germán!

Soy la estación Mix, que emitía desde la avenida de la Reina Victoria con una President Taylor y una Tagra GP27B (me las recomendó Papá Pitufo cuando mi equipo anterior era un walkie de cristalitos de cuarzo). En persona no nos conocemos, pero en las ondas hemos hablado varias tardes entre 1988 y 1992, año arriba año abajo. A Álex sí le conozco, y al hermano también.

Efectivamente recuerdo a Manolo TP, era un pozo de ciencia, ya quisieran muchos programas de la Tele de ahora tener el nivel que tenían las tertulias del canal 26 a eso de las 18-22 horas... el tal Hormiga no me suena.

Tras la desbandada general de la CB he estado dando tumbos por varios sitios, me metí muchos años en la escucha de ondas medias y me hizo ilusión, al principio, lo de los walkies de PMR... pero no es lo mismo. Digan lo que digan, el mundo de 30 Mhz para abajo tiene más encanto.

En algunos foros como escanerfrecuencias o portalpmr hay gente que se está moviendo para reactivar la CB, entre ellos una chica de Córdoba muy activa, así que no te extrañe que dentro de un tiempo acabe volviendo.

Luego te mando un e-milio.

Germán(hace 6 años)

Hola Juan Pedro.

Soy Germán ("Calypso") y me ha hecho mucha ilusión verme, sin merecerlo !!!, en tu lista de históricos de la CB madrileña; y aún me ha dado más alegría por acompañar en ella a grandes amig@s de la epoca ... tales como Papá Pitufo (mi ebtrañable vecino y amigo), Carlos Lupus (mi mejor amigo personal), Julia Radio Ovillo (la más graciosa), Rosa Café, Amazona, Alex, etc. etc. ... todos grandes ellos.

Yo hubiera incluso, en mi lugar, puesto algunos nombres más que lo merecerían ... tales como Manólo TP (un libro abierto y gran amigo), José Antonio "Hormiga Ligera", y muchos más.

Finalmente terminé haciendo una pequeña incursión, junto con mi mujer, en el mundo de los "Eco Bravo", aunque ya no era lo mismo ni tenía el mismo encanto de la CB del "barrio de la pili". Y al final Internet y la telefonía móvil acabó con este mundo "encantador".
Lo curioso es que, 20 años después, mis mejores amigos aún provienen de aquella epoca.

No sé si alguna vez coincidí contigo, pero por tu foto y por tu nombre no te recuerdo. Pero si es que sí, y puedes, dame alguna pista para recordarte por favor.

Un abrazo, ... Germán

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