Mis recuerdos del Madrid de los años cincuenta y sesenta.

Hace ya unos meses que publiqué un pequeño artículo en «La Gatera de la Villa» en el que contaba sobre mis vivencias en el barrio de Bellas Vistas, lugar en el que transcurrió mi infancia, allá por finales de los años cuarenta y comienzos de los cincuenta. Algunos familiares y amigos me han pedido que continúe hablando de aquellos años y de aquel barrio, de cómo era la vida en ese Madrid, ya lejano en el tiempo. Sinceramente no les ha costado demasiado convencerme.

Me he sentado frente a las cuartillas de papel y al hurgar entre los rincones de mi memoria los recuerdos han vuelto a agolparse en mi cabeza. Vuelvo a verme siendo niño jugando a la guerra con mi pandilla entre aquellas casas semiderruidas, diseminadas por todo el barrio o buscando cabezones en las orillas del canalillo, por entonces pobladas con árboles y juncos. En las mesas del bar del tío Antonio - muy cerca de mi casa, en la calle Isidro de Osma esquina a la travesía del mismo nombre – los mayores juegan al tute y al mus y he visto pasar al churrero, vendiendo churros con su bicicleta y su cesta, y a Paco, el lechero, llevando con el motocarro los cántaros de leche a las casas de sus clientes.

Resulta difícil escapar de la melancolía cuando evocamos tiempos pasados y volvemos a recordar a los seres queridos que ya no están entre nosotros, a aquellos amigos para toda la vida de la infancia, a los amigos de la panda… Pero también volvemos a vivir momentos felices e irrepetibles que delata la sonrisilla que acompaña su recuerdo. Pensando en ellos me he decidido a contarles algo sobre nuestras diversiones de por entonces, el Madrid de los años cincuenta y comienzos de los sesenta.

 

 

Empezaré por los guateques. ¿Quién no ha oído hablar de los célebres guateques? Para quien no sepa lo que eran le diré que consistían en reuniones que por lo general organizábamos en casa de alguno de la panda, a horas no demasiado tardías porque sobre las diez – se entiende que de la noche - tenían que estar las chicas recogidas en su casa. Para picotear durante el guateque comprábamos patatas, galletas, panchitos,… y algo de beber. No podía faltar en tales eventos la música, y provistos de discos y de un tocadiscos – que no todo el mundo tenía – nos pasábamos la tarde bailando a ritmo de twist, pop y rock con «Los Relámpagos», «Los Brincos», «Los Mustang», «Los Pekenikes», Paul Anka… o incluso Jorge Sepúlveda, que cada cual aportaba lo que tenía. Debo aclarar que los discos eran de vinilo y los había de varias velocidades y tamaños, según el número de canciones que contuvieran; aún no había surgido el casete y mucho menos el disco compacto, por no hablar de formatos de grabación más modernos que ya desconozco.

Otras veces asistíamos – previo pago de una entrada - a pequeños bailes de barrio que alguien montaba en patios grandes o cocheras. Nosotros solíamos acudir a los que se organizaban en un local que había la calle de Bustillo del Oro, donde se instalaba incluso una pequeña barra para servir bebidas.

También frecuentábamos los billares de la Plaza Mayor, que estaban entre las calles de Ciudad Rodrigo y 7 de Julio, o los de la calle Francos Rodríguez, frente a la colonia Bellas Vistas, en los que también se organizaban campeonatos de futbolín. Jugábamos a billar francés, es decir, a hacer carambolas; el billar americano se estilaba menos.

El entretenimiento más popular entre todas las edades y todas las clases era, sin duda alguna, el cine. Y en eso no diferíamos de la actualidad, aunque en mi época la asistencia a las salas cinematográficas era mucho mayor que hoy en día, porque la televisión andaba en pañales, los videos y DVDs no existían y ni tan siquiera había aparato de radio en todas las casas.

 

Existían tres tipos diferentes de sesiones cinematográficas: de reestreno, numeradas y continua.

La sesión de reestreno consistía en la proyección de una única película – ya estrenada como su propio nombre indica, aunque no demasiado antigua -, con un descanso en medio de ella que aprovechábamos para ir al baño o para comprar «La Zeta», que era una gacetilla que contenía los resultados de fútbol y la quiniela.

En la sesión numerada se proyectaban dos películas y cada sesión tenía entradas diferentes. En el descanso entre película y película pasaba un chico portando un cajoncillo que vendía pipas, chicles, caramelos,… Sí, han leído bien pipas ¡y sin pelar!

 

La sesión continua empezaba a las cuatro y con una única entrada se podían ver dos películas, que se alternaban durante toda la tarde/noche. Una vez comenzada la sesión podías acceder a la sala en cualquier momento siempre y cuando hubiera butacas libres. Por ello era frecuente que te encontraras con una de las dos películas empezada y tenías que esperar, después de tragarte la otra entera, para que la volvieran a proyectar y así poder verla completa.

No era infrecuente que alguna película presentara cortes efectuados por la censura cuando la escena contenía a sus ojos temática inadecuada. El salto que se producía en la película era evidente y ya sabías que por allí habían pasado las tijeras del censor. A veces la censura actuaba de forma más sutil, efectuando modificaciones sobre el guión alterando los diálogos.

Todas las sesiones comenzaban siempre con la proyección del nodo – NOticiario DOcumental – que era como el telediario de la época y que duraba unos diez minutos. El lema del Nodo era “el mundo entero al alcance de todos los españoles”. Por cierto, que las pantallas tenían un telón que se abría al principio de la proyección y se cerraba a su término.

Los cines más lujosos de Madrid estaban en la Gran Vía, que eran donde solían estrenarse las películas. Es el caso de El Palacio de la Prensa, el Imperial, el Coliseum, el Rialto… Inmersos carteles, pintados a mano, lucían sus fachadas anunciando los estrenos del momento. En el de “Los cañones de Navarone” figuraban hasta unos cañones que echaban humo.

Los que había por mi zona abarcan desde los modestos «Bellas Vistas» - en la calle Francos Rodríguez -, o el «Europa» y «Montija» – ambos en la calle Bravo Murillo - donde los asientos no tenían cojín - por lo que no resultaban demasiado cómodos - hasta los que tenían asiento de butaca, como los «Lido», «Carolina» o «Versalles» - sitos en la calle Bravo Murillo y de reestreno los dos primeros.

Otros cines eran el «Cristal», «Tetuán», «Murillo» y «Chamartín» – todos en la calle Bravo Murillo - , el «Astur» – en Raimundo Fernández Villaverde -, el Metropolitano - en «Reina Victoria» -, el «Arizona» – en la calle Naranjo -, el «Savoy» – en la calle Marqués de Viana – o el «Sorrento» – en la calle Jerónima Llorente -.

Había dos cosas omnipresentes en los cines, con independencia del lujo y de la calidad de las instalaciones: los acomodadores y el ozonopino, que seguramente los lectores más jóvenes no sabrán qué era. El ozonopino era agua perfumada con un aroma que recordaba vagamente al olor del bosque – parecido al de los ambientadores de los coches -. Los acomodadores lo esparcían por la sala entre proyección y proyección ayudándose de un pulverizador y como te cayeran algunas gotas en la ropa ya tenías el dichoso olor para largo. A quien le pueda chocar esta costumbre de ozopinar la sala hay que recordarle que por aquellos tiempos no se disponía de tanta facilidad como hoy en día para acceder al agua corriente y muchas viviendas carecían incluso de cuarto de baño, por lo que era muy poca la gente que se duchaba a diario y para muchos bastaba el baño semanal. No resulta difícil imaginar por tanto cómo podrían oler esas salas de cine en pleno verano. Pero bueno, los acomodadores además de rociarnos con el ozonopino tenían otras misiones, como la de acompañarnos hasta nuestra localidad – ayudados de su linterna si lo hacía durante la proyección -, echar las cortinas de acceso a la sala al inicio de la proyección y descorrerlas a su fin o en los descansos y echar de la sala a los revoltosos que armaban jaleo. Era casi una norma dar propina a los acomodadores.

Un día a la semana los cines eran más baratos. Normalmente ese día era un lunes – los llamados lunes fémina – y las películas que se ponían eran para críos: de vaqueros, de Tarzán, de “El gordo y el flaco”,… La entrada para estas sesiones costaba una peseta, mientras que para una para una película de estreno andaba por las diecisiete o dieciocho pesetas allá por los años sesenta. Claro, con estos precios las colas que se montaban para entrar eran de padre y muy señor mío. El lunes que ibas a una de estas sesiones estabas tan contento que ya no pensabas en otra cosa. Era todo un acontecimiento. Nos tirábamos todo el recreo en el colegio hablando de la peli que íbamos a ver. Acudíamos al cine bien provistos de majuelas - cuyos huesos nos disparábamos luego con un canuto durante toda la película - y bien provistos de las inevitables chuches. En aquellos días no había tiendas de golosinas y eran las piperas las que vendían este tipo de productos. Era un oficio que solían desempeñar mujeres mayores, que se sentaban con sus cestos en la vía pública a la intemperie, normalmente junto a los portales. Vendían caramelos, pipas de girasol y de calabaza - con diez céntimos te llenaban el bolsillo de pipas - , palulú – que eran unos palos que se mordían o chupaban hasta que se quedaban como un estropajo y se vendían según el grosor, siendo el gordo el más caro -, regaliz – que se podía comer o tomar con agua, metiéndolo en una botella y agitándolo mucho - chufas y chicles, entre ellos el célebre Bazoka, con su eslogan “siempre en la boca”. Eran unos chicles de bola que te duraban una semana. Como en clase no se podían tener en la boca los pegábamos bajo el pupitre cuando llegábamos al aula y luego los recogíamos a la salida para seguir mascando.

Aunque me dejo muchas cosas en el tintero para rematar este tema de ocio y diversiones tendría que hablar del otro espectáculo de masas: lo que han venido en llamar el deporte rey , vamos el fútbol o balompié, como aún se decía en los sesenta. Podría contarles cómo era aquel viejo estadio del Metropolitano, o hablarles de aquel Atleti de Luis Aragonés – que por entonces no era el sabio de Hortaleza , si no Zapatones - , Collar y Gárate o del Madrid de Di Stefano, Amancio y Gento, que durante varios años fue el rey de Europa. Pero creo que ya he hablado bastante y temo cansarles con mis historias. Quizás en otra ocasión.

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Autor del artículo

Pablo Aguilera Mayoral

Comentarios

Agustin(hace 2 años)

Tenemos mucho barrio en común, al principio vivia en la Dehesa de la Villa, en una casa que habia abajo en el cruce de la entonces Junta de Energía Nuclear hoy CEIMAT, con la carretera de El Pardo y la que subía a La Paloma (la de la curva de la muerte) y la av. de Miraflores, luego hicieron a 50 m. un transformador de luz, también al lado del quiosco de la abuela Rosario. Luego me cambié a Gral Perón e iba a los Salesianos, mis tardes de cine eran desde el Metropolitano al Bellas Vistas por un lado y hasta el Chamartín por otro, osea el Montija, Cristal, el Lido, el Tetuán, el Carolina y seguro que se me olvida alguno.
Después de comer en los Salesianos nos escapabamos por una valla y saltábamos a Jerónima Llorente o por otra creo q a la calle Navarra y nos dedicábamos a subirnos en el estribo del tranvíia del 3 hasta el Colegio de la Paloma y si era de los de Peña Grande esperabamos a que subiera o llegara otro para volver al colegio.

luis soto(hace 3 años)

habia tambien secretos muy interesantes ern los cines de bravo murillo. que tiempos!!!

pablo(hace 4 años)

Yo viví en los años 30 en Isidro de Osma, menos mal que hay quien se acuerda de esta calle ya desaparecida, disfruté mucho de la pinada de la Dehesa, jugué en las trincheras oyendo sibar las balas por encima de nosotros, hasta que a todos los niños nos evacuaron a Teyá (Barcelona) He querido ver algún mapa o callejero de la época pero al día de hoy no lo he conseguido. antes de la guerra comprábamos los churros al Sr. Juan en Ofelia Nieto esquina F, Rodr. seguro que sería el mismo que ponía el puesto ambulante.

Juan Antonio(hace 6 años)

Para mi, que viví en ese barrio y en aquella época, tu articulo me trae muchos recuerdos Me he recorrido todos los cines mencionados, ademas del cine de verano "Beatriz" y hasta las las "pelis" que ponian en los Salesianos de Estrecho.
Gracias por acercarme un poco a mi infancia. Por un momento me ha parecido ver los puestos que por estas fechas llenaban las dos aceras de Bravo Murillo abarrotadas de gente.
Gracias y un abrazo.

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