Olga María Ramos: cuplé envuelto en piel

Olga María Ramos es un terremoto de voz dulce y sonrisa ancha. Paciente y atareada, se describe a sí misma “como el oso de Asturias, el dragón de Komodo y el Lince Ibérico, una especie en peligro de extinción”. Nos permite conocerla entre bambalinas y en escena.

Mantones y plumas rodean una sonrisa llena de color. Es Olga María Ramos que nos recibe con gran calidez. No le cuesta hablar, contar se le da tan bien como cantar y lo va demostrando palabra a palabra. Cada confesión puede sorprender. La primera en la frente: cualquiera puede pensar que el cuplé fue su primer amor musical. Y no lo es. Sin duda su gran amor, sí, pero primero estuvo flirteando con el rock. A unos padres tan artistas como los suyos no les hizo ninguna gracia que su niña de dieciséis añitos quisiera ser batería de un grupo de rock femenino cien por cien. Así que aquel proyecto nacido en los sesenta y que gustó a algunos se quedó en flor de un día. Y llegó la vida lejos de la farándula, la estabilidad que los progenitores desean. Ahondar en los idiomas extranjeros, docencia y azafata.

Nada hacía pensar que tuviese ninguna intención de subirse otra vez a las tablas. Pero como dice la canción, la vida te da sorpresas; y no todas agradables, añado yo. Su madre, la misma mujer que no quería ni en broma verla como artista, pensó que la música sería un buen antidepresivo, le puso un profesor de canto y las penas de un año entero se pasaron en un suspiro. Desde entonces es para Olga María Ramos una auténtica terapia curativa: “todavía hoy yo subo a un escenario con pena y no me acuerdo de nada” asegura.

Su historia da mucho más de sí. Al contrario que su madre, ella también es compositora. Crea nuevos temas o letras para melodías ya existentes. Dice que hay quien asocia este género a algo caduco por ser tan antiguo, pero se puede actualizar. Para que la creamos nos pone un ejemplo.

El móvil es un invento
Muy útil y extraordinario
Pero es el mayor tormento, mi vida
Delante de un escenario.

¿Adivinan dónde encaja esta letra? Lógicamente es el famoso Ven y ven que tantas estrofas tiene. Ahora algunas más dado que esta creadora le ha añadido unas cuantas como esta. Según dice y según demuestra se pueden hacer versiones modernas siempre que no se desvirtúe el carácter. Como ya hemos hecho saber, en cuestión musical se trata de una mujer algo polígama. No es sólo una cuestión de rock adolescente. Es mucho más: entre sus más de cincuenta composiciones se encuentran, cuplés aparte, boleros o incluso lo que se podría llamar canción protesta. A principios de los noventa dio a luz una serie de canciones de temática social: Alto al fuego habla de los incendios que, como este año, arrasan los bosques sin dejar nada, Di que no advierte de los peligros de las drogas pero Te llamabas Javier, un bolero dedicado a un adolescente muerto a causa del alcohol, es la que ella considera su mejor obra.

A una persona que compone, escribe, interpreta e investiga la música, ¿qué es lo que más le gusta? Olga María tiene las cosas muy claras “lo que más me gusta es dar conferencias cantadas, siento que estoy haciendo un servicio al cuplé”. Es lógico dado que le permite hacer todo a la vez. Se considera cupletóloga, es decir, desentraña su historia y significado. No contenta con ello, lo cuenta, lo relata, lo dibuja en el aire con tempo y temperamento. Y por si no ha quedado claro da ejemplos entonados. Como dice ella misma “en lugar de proyectar diapositivas, proyecto mi voz”. Si habla de él o lo entona, le cambia la expresión. La verborrea es imparable pero ordenada y no puede dejar de explicar. Es de origen francés, couplet para los vecinos del noreste, pero era frívolo, dedicado sólo a la anécdota y es en nuestro país donde adquiere importancia y toma más estilos como el dramático o picaresco. El éxito le vino por ser diferente, fresco y muy original porque en dos o tres minutos contaba una historia completa. Así que los mejores compositores e intérpretes se pusieron a sus pies… y todo esto ocurría en las grandes ciudades. En nuestro caso, Madrid. Lo describe como a la crónica de una época, letras que reproducen la realidad que se vivía, historias de la ciudad que llegan hasta nosotros. “Había unas niñas reprimidas que se iban a tomar el té al Ritz para pescar novio… y se hacía una canción”. Tan simple y encantador como eso.

Alguien que ama el cuplé con estas ganas lo quiere hacer conocer y lo hace. Quiere ser optimista pero se le ven los pensamientos ensombrecidos. Tiene queja de las pocas ayudas y del poco interés que puedan tener autoridades de distinto tipo. También en cuanto al futuro de este género es tajante “mientras yo esté, esto va a seguir y cuando no esté, no… Ojalá me equivoque”. Aun así no desfallece y quiere pensar que todo es posible “a lo largo de su existencia aparecía y desaparecía… a lo mejor surge alguien dentro de unos años que con los discos de mi madre y los míos sea capaz de llegar al final: recorrer de lo más picaresco a lo dramático”.

Su madre, Olga Ramos, era una excelente intérprete. “Mi madre era una maestra, reinventó el cuplé”, sentencia. Lo que no está tan claro es si eso para Olga María ha sido una ayuda o una piedra en el camino. En cuanto a aprendizaje la suerte ha sido mucha porque no todo el mundo tiene en casa una profesora de tal calibre, sin embargo seguir los pasos musicales ha sido más difícil. Olga María toca muchos ritmos del bolero o el chotis a la canción francesa de Edith Piaf pero apenas ocupan un diez por ciento de su representación. Ahora sí, con algo de amargura en el rostro piensa en voz alta “a lo mejor si me hubiera dedicado al bolero no me habrían relacionado tanto con mi madre y habría tenido más éxito…”. También en este sentido critica a la industria musical del panorama patrio. Un mundo muy pequeño que, sugiere, está manejado por unas cuantas manos que deciden cómo se reparte el juego. Aparentemente no hay lugar para aquello que saque un poco los pies del tiesto.

Para el público no hay queja. Se deshace en elogios. Pero los mayores halagos los hace desde las tablas. Interpreta, baila y recita. Es un espectáculo en movimiento. Un torbellino que no para un segundo en noventa minutos. Tienen cabida chotis, boleros, algún pasodoble, La vie en rose (con un envidiable acento arrastrado digno de la banlieu parisina) y por supuesto cuplé. Del llanto a la risa, hay lugar para la emoción en un hermoso dúo con su madre -gracias a una grabación estupenda- que pone la piel de gallina. El monólogo cómico y explicativo se funde con el canto y el piano y con el propio público, cuya intervención es imprescindible. La cercanía es absoluta en el pequeño Teatro Prosperidad. Pocas filas y excelente acústica aseguran una velada casi íntima. Como ya habrá adivinado el lector el monólogo no sale del cráneo privilegiado de ningún ajeno. Ella misma recrea y escribe sus propias anécdotas medio reales y medio inventadas para hacer reír a quien quiera pasar un rato en su compañía. El público más mayor es el más fácil porque conoce de sobra de qué se trata, pero ella es más de retos “yo lo que quiero es llegar a los jóvenes”. Y lo consigue cuando le dan la ocasión. En la RESAD (Real Escuela Superior de Arte Dramático) tuvo un gran éxito y recuerda con orgullo una anécdota que le ocurrió hace no mucho: el nieto de una pareja que no se pierde casi ninguna tarde su actuación se acercó a ella al terminar y desde sus dieciséis años le dijo “yo he venido aquí para hacerle un favor a mi abuelo, pero ha sido mi abuelo el que me lo ha hecho a mí”.

Ni ante el público ni en privado descansa un momento. Fiestas de cumpleaños o despedidas de soltera, pregones en verso que relatan la historia del barrio o pueblo donde los da, articulista habitual o poeta derrocha energía. Aún le sobra tiempo para dejarse embaucar por la radio o para escribir alguna biografía como la de Pastora Imperio para el Diccionario Biográfico de la Real Academia de la Historia. La creatividad es su reino y por eso tiene hasta sesenta premios. Se siente especialmente orgullosa de la Medalla de Plata de la ciudad de Burdeos, el relicario de Plata de la Asociación Raquel Meller, la Cinta Roja y diploma de la D.E.A. por su canción Di que no o la distinción de Granviaria de Honor. No sólo colecciona galardones, también atesora veinticinco mantones que son su orgullo. Algunos heredados de su madre y otros cuantos comprados por ella misma. Grandes, que la permitan moverse cuando actúa. Igual que su madre sale con traje de noche y mantón o plumas si se trata de una frivolidad.

No necesita escenografía: ella es la escenografía. Basta con cuatro sillas sin aristas, que no estropeen los mantones. Sale y se llena el escenario. Hace espectáculo casi sin quererlo. Sube y baja el volumen de su voz como una radio sin que haya más cambios en el sonido. Si no fuera porque está al alcance de la mano casi parecería magia. Se da al público hasta llorar con Nena, con su cuplé favorito se mete en la piel de la protagonista que ve alejarse a su amor. La entrega es tan absoluta que cantar con el alma no es ninguna dificultad y hasta las lágrimas se agradecen.

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Autor del artículo

Elvira Martínez

Comentarios

Elvira Martínez(hace 5 años)

Hola Mar, me alegro mucho de que te haya gustado.
Un abrazo desde Madrid.

Mar Buelga(hace 5 años)

Gracias por este precioso reportaje. Saludos gijoneses.

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