El torreón de Puerta Cerrada

“Entre las antigüedades que evidentemente declaran la nobleza y fundación antigua de este pueblo, ha sido una, que en este mes de junio de 1569 años, por ensancharla, la puerta cerrada derribaron. Y estaba en lo más alto de la puerta en el lienzo de la muralla labrado en piedra berroqueña un espantable y fiero Dragón, el cual traían los Griegos por armas, y las usaban en sus banderas, como aparece en las historias,… Y siendo yo de pocos años me acuerdo que el vulgo no entendiendo esta antigüedad, llamaban a esta puerta la puerta de la culebra, por tener este Dragón labrado bien hondo, y con unas imágenes que en yeso sobre esta culebra se pusieron se tapó, de manera que no podía ser visto.” [1]

El párrafo precedente, cuya ortografía ha sido actualizada, es la primera referencia documental escrita que describe, muy sucintamente eso sí, la desaparecida Puerta Cerrada, cuyo topónimo subsiste aún hoy en día en su plaza homónima. Su autor, el maestro D. Juan López de Hoyos (1511-1583), párroco de la iglesia de San Andrés Apóstol, habla como testigo presencial, ya que conoció el monumento en pie, y cuando la puerta fue demolida en 1569 ya contaba el pedagogo con unos respetables 58 años. Por ello el valor de su descripción, ya que fue el único de los cronistas matritenses que la conoció en vida; los escritores que le sucedieron describieron la desaparecida puerta basándose en referencias ajenas.

No obstante, hubo autores posteriores que, sin conocerla materialmente, hicieron una descripción más completa, aportando detalles que permiten una reconstrucción hipotética de su aspecto mucho más pormenorizada. Es el caso del licenciado Gerónimo de Quintana (1576-1644), que refiere lo siguiente, en ortografía igualmente actualizada a las actuales reglas:

“La Puerta-Cerrada tenía la misma fortaleza que las demás. El sitio donde estuvo (que fue en una plazuela que hoy retiene el mismo nombre entre la Cava de San Miguel, y la Cava Baja de San Francisco, mira algo al mediodía. Tuvo la entrada angosta, derecha al principio; al medio hacía una vuelta a línea recta, y al cabo hacía otra para entrar al pueblo, de suerte que ni los de dentro podían ver a los de fuera, ni al contrario los de fuera a los de dentro. Llamáronla antiguamente la Puerta de la Culebra, como lo dice el Maestro Juan López, por tener encima de ella la piedra en que estaba esculpida aquella Culebra o Dragón que dijimos arriba tenía; la cual duró hasta el mes de junio de mil y quinientos y sesenta y nueve, que derribaron la puerta para ensanchar el paso. El llamarse cerrada fue, porque como era tan estrecha, y tenía aquellas revueltas, escondíanse allí de noche gente facinerosa, y robaban y capeaban a los que entraban y salían por ella, sucediendo muchas desgracias, con ocasión de un peligroso paso que había a la salida de ella, en una puentecilla que había para pasar la Cava, que era muy honda, de suerte que nadie se atrevía a entrar ni salir por ella, ni aún de día; y por remediar tan grande daño, la vinieron a cerrar, estándolo por algún tiempo, hasta que poblándose lo de la otra parte, se tornó a abrir por la comunicación del Arrabal y de la Villa”[2].

Las puertas medievales de Madrid sucumbieron al devenir de los tiempos. Apenas quedan unos restos de cimentación del torreón sur que flanqueaba la emiral Puerta de la Vega, junto al parque del Emir Mohamed I. Posiblemente queden restos arqueológicos de la Puerta de Guadalajara bajo el asfalto de la calle Mayor, próximos a su confluencia con la Cava de San Miguel y Plaza del Comandante Las Morenas. Si la calle Mayor llegara a ser peatonalizada, sería de gran interés efectuar las correspondientes catas arqueológicas que, de ser positivas, permitiría a los madrileños y foráneos llegar a conocer los cimientos de la que fue la puerta más importante del medievo madrileño.

¿Y quedará algo de la Puerta Cerrada, objeto de los comentarios descriptivos de los cronistas del siglo de oro español que acabamos de repasar?

Puede que sí, pero será difícil saberlo con seguridad mientras la calle de Segovia, en su recorrido entre la Plaza de Puerta Cerrada y su confluencia con la calle de Beatriz Galindo bajo el viaducto, no llegue a ser peatonalizada suprimiendo el absolutamente inadecuado tránsito rodado moderno por la misma. Una vía que discurre en pleno corazón del Madrid medieval, que si relativamente ancha y recta en su parte final, gracias al decreto de Felipe II en el tercio final del siglo XVI, según se va introduciendo en la Villa, se estrecha, serpenteando penosamente entre mansiones solariegas, algunas de origen medieval, hasta alcanzar el punto culminante de la plaza de Puerta Cerrada.

Mientras se produce o no la cata arqueológica que determine la subsistencia actual de restos arqueológicos de la Puerta Cerrada, felizmente tenemos la constancia de la existencia de restos del recinto fortificado del que formaba parte, en sus mismos aledaños.

En el año 2011 se produjo la demolición de un antiguo inmueble, exactamente el correspondiente al nº 4 de la Plaza de Puerta Cerrada. De estrecha fachada, cada planta disponía de dos balcones voladizos de forja. Por su configuración, podría datar de finales del siglo XVIII, según información recopilada por el desaparecido profesor Montero Vallejo (3). El solar resultante, aunque estrecho, tiene considerable profundidad, y ha dejado al descubierto los muros medianeros de las fincas nº 5 (reedificada en los comienzos de los 90 del siglo XX), y nº 3; este último, edificio de viviendas construido en 1885 y actualmente en rehabilitación.

Este conjunto de edificios forma parte integrante de la antigua Manzana nº 150, según la Planimetría General de Madrid publicada en 1757, que fue dividida en dos en 1867 al prolongarse la calle del Almendro hasta la Cava Baja. Desde ese momento estas viviendas pasaron a referenciarse como pertenecientes a la manzana nº 150 bis. Esta larguísima manzana, que se prolongaba desde la Puerta de Moros hasta el punto topográfico que estamos historiando, tenía como “espinazo” un largo tramo de muralla medieval edificado en el siglo XII, reforzado por una serie de cubos o torreones, de forma semicircular, algunos de cuyos restos han sido rehabilitados y musealizados en los patios o dependencias interiores de las fincas en que se conservan. Por supuesto, en el tramo de la manzana en que se halla el solar objeto de nuestro estudio, también se ha constatado la subsistencia de varios tramos de la fortificación medieval (foto 1)

De esta manera, al producirse la demolición de la referida finca nº 4, no ha supuesto una gran sorpresa la aparición de restos del recinto amurallado, los cuales se presuponían debido a previos sondeos e investigaciones efectuadas con anterioridad en fincas aledañas.

En concreto, a lo largo del año 1993 y con motivo de las obras de rehabilitación que efectuaba la Empresa Municipal de la Vivienda en otro antañón inmueble de viviendas, también datado en el siglo XVIII, y en el número 6 de la Plaza de Puerta Cerrada, se pudo constatar la presencia de muralla cristiana del siglo XII en las plantas 1ª, 2ª y 3ª (foto 2). Supuso una sorpresa el encontrar un tramo de muralla conservado en su altura de origen, aproximadamente unos 13 metros, incluyendo la cimentación, de los cuales dos metros se encuentran por debajo de la actual rasante de la calle. Ya se conocía, con anterioridad a estos trabajos, la existencia en el sótano de un mesón llamado “La Escondía” de un lienzo de esta muralla de 2,30 m. de altura por 2,25 de ancho; sin embargo los especialistas no esperaban descubrir que se hubiera conservado su altura en su totalidad, llegando a constatar la existencia del adarve, del pretil e, incluso de un merlón aún subsistente. Tan completa se conserva la estructura defensiva en este tramo que se llegó a constatar la existencia de un pasillo, recubierto de ladrillo (foto 3), que permitía el acceso hacia la terraza defensiva del torreón desde el adarve de la muralla.

La demolición del inmueble del nº 4 de la Plaza de Puerta Cerrada ha permitido certificar la subsistencia, asimismo, de este cubo o torreón, aparentemente de forma semicilíndrica, notablemente intacto en su parte inferior, que se correspondería con las plantas sótano, baja y primera de dicho inmueble (foto 4) y el del nº 6 de la misma plaza. Por lo que se observa a la vista, tanto del torreón como del fragmento de muralla, se encuentran formados por grandes mampuestos de sílex gris, y algunos negros intercalados, llagueados de abundante argamasa.

La escalera que asciende en su parte media (foto 5), con escalones perfilados en época coetánea a la construcción de los inmuebles que engulleron el torreón, evidentemente permitió la comunicación entre las dos fincas urbanas ya comentadas. Pero ¿pudo existir como elemento original al ser edificado este tramo de la muralla? ¿Quizá para comunicar el cubo o torreón con su terraza defensiva, o con el adarve de la muralla? Mientras no se publique la memoria de la cata arqueológica no tendremos certeza en este sentido.

Y mientras siguen las labores de investigación arqueológica, nos preguntamos el destino de este solar en el que han aparecido restos de tanto interés histórico para Madrid. ¿Será nuevamente reedificado con un pequeño edificio de apartamentos, y torreón y lienzo de muralla nuevamente ocultados a la vista? ¿Se habilitará el solar como espacio público y se mostrarán estos restos, debidamente restaurados y explicados para conocimiento y disfrute de los ciudadanos? Aún no lo sabemos.

Y, ya para finalizar, nos preguntamos si no sería posible excavar el resto del solar, en cuyo subsuelo quizá aún permanezcan enterrados los cimientos de la torre sur de la mítica Puerta Cerrada. Una sugerencia, nada más…

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Julio Real

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