La carta

La carta había llegado muy de mañana, antes del desayuno, y la dama al notar el tacto aterciopelado del sobre, decidió abrirla más tarde, en la intimidad de su alcoba, donde podría colocarse sin ningún rubor aquellos monóculos que tanto la avejentaban.

Tras su te con leche y una pizca de bizcocho, se retiró a su aposento y encendió la lamparilla del escritorio, a pesar de la mañana brillante y la luz vigorosa que entraba  a través del balcón. Colocó los anteojos sobre su nariz recta y fina, y con un suspiro, un tanto de añoranza, pensó en el tiempo aquel en que su perfil fue el más perfecto y aplaudido de Madrid, cuando era la reina de salones de baile y resplandecía con luz propia en las  más escogidas tertulias de la capital. Esa época aún no estaba tan lejana.

Al verse reflejada en el espejo, un gesto de desánimo se dibujó en su rostro.

- ¡Qué horror! Siempre temí que llegase este momento.

Estiró la piel desde las sienes, intentando desdibujar aquellos pequeños surcos que, poco a poco, iban recorriendo su rostro.

- ¡Patas de gallo dicen!  La verdad es que son como una araña, sí, eso parece, una piel de telaraña, una red ¡Qué asco!

De nuevo se tensó el rostro. Y por un momento mantuvo la fantasía de una piel tersa, perfecta y lisa.

- Esto ha sido el luto,…  demasiado tiempo alejada del mundo, siempre rodeada de colores tristes,… eso envejece…, todo tan negro.

Con resignación se sentó en el  escritorio,  tomó de nuevo  la carta,  casi la había olvidado, la observó con curiosidad.

- ¿Quién la enviará?, el sobre es bueno… Sí, el luto es el culpable. ¡Dos veces viuda! Eso sólo me pasa a mí, dejarme engañar dos veces…, dos soledades. Siempre de negro.

Buscó el abrecartas en la mesa del escritorio. Despegó el lacre del sobre con cuidado.

- Me empolvaré un poco la cara, a media  luz apenas se nota la maldita tela de  araña…  ¿Cómo…?¿Qué dice?

La dama leyó la carta de arriba abajo.

- ¡No es posible!

Se levantó del escritorio y acudió a  la claridad del balcón. No había duda, no lo había mal interpretado. Una especie de emoción afloró a su rostro, y se embelleció por un segundo, iluminándose con una luz que  hacía tiempo le había abandonado, pero ella, tan absorta en la lectura, no pudo ver ahora su imagen reflejada en el espejo.

- ¡Dios mío! Voy a contestar inmediatamente.- Una sombra pasó por su mente.- ¡Un momento!  No puedo equivocarme ahora, es una gran oportunidad, debo obrar con inteligencia.

Buscó en las carpetas de la  mesita, eligió un papel elegante y comenzó a escribir. De vez en cuando paraba, para seleccionar la palabra adecuada y justa, pero mientras escribía algo le amonestaba su conciencia.

- Sí todo sale bien…, es por mis hijas, lo hago por ellas. Al fin y al cabo, soy una pobre viuda, ¡dos veces viuda, ni más ni menos!...

Y pensó que sería un descanso no ocuparse de nada, ni de las rentas, ni de las deudas… ¡Tranquilidad!, ya no sabía qué era eso.

- ¡Qué error cometí! Volver a casarme para eso, más luto, más negro… y hacerme vieja… Desde luego esto que me llega es una ocasión…

Los ojos de la dama se cruzaron con los del retrato que sonreía desde la coqueta, envuelto en un romántico marco plateado. Ella le devolvió una mirada de rencor.

- ¡Eras tan amable, tan cariñoso con las niñas!... pobre viejo, enfermo ¡Y yo que te acepté por ellas, por su seguridad!...

Le hablaron por primera vez de él las de Salgado. Fue una tarde paseando por el Prado, se cruzaron con el caballero que iba en un coche descubierto, las saludó con un gesto galante elevando el sombrero.

- Es el viudo más rico y distinguido de todo Madrid - dijeron a coro  las de Salgado.

Ella le había mirado con disimulo y le pareció atractivo, aunque  algo viejo. Pero la dama se hizo la desinteresada.  ¡Menudas son estas, las de Salgado!  Solo faltaba darles un  motivo así de pequeño, como para tener tema de conversación a mis espaldas.

Luego le había  vuelto a ver en el teatro.

Él estaba en un palco, yo iba con unos conocidos, - recordó la dama-   fue en el Real, una noche memorable de diciembre: Lucía de la Mermmoor nada menos que con Gayarre y la Pattí, ¡Adelina Pattí!...

Le descubrí enseguida con mis anteojos de teatro. Allí estaba, tan elegante,  tan señor. ¡Qué porte!.. Porque de guapo no ofrecía mucho, pero resultaba apuesto por lo que tenía de caballero. Fue un poco después, cuando en el tercer acto  la Pattí comenzó con aquel “Il dolce suono mi copli di sua voce… ¡Qué virtuosismo! Sentía yo una emoción, algo así como que  se me clavaba una dulzura  en el pecho…, no sé por qué,  miré  en ese momento hacia el palco  y cruzamos  él y yo las miradas. Sería la magia de la música, o su aspecto tan aristócrata, tan prometedor, lo que me decidió, y  pensé con determinación:

Ese hombre tiene que ser para mí.

Intenté enviarle algunos mensajes disimulados con el abanico, tocaba con el dedo la parte alta del pai, o lo colocaba delante de mi cara con la mano izquierda,…. Con tantas insinuaciones me iba creciendo dentro un deseo.

Pero nada, ¡Qué hombre! ¡Qué sangre de horchata!,  aunque me miraba embobado, no reaccionó.

Así que días después, tomé yo la iniciativa, y me hice la encontradiza paseando por el Retiro. Ya había hecho mis cálculos e indagaciones para favorecer el  encuentro, íbamos con las niñas, yo las mías y  él la suya, ¡Tan delgadita!, ¡Tan mona!  Entonces ya la cosa vino rodada, él nos invitó a  tomar un vaso de leche  recién ordeñada en la Casa de Vacas, allí mismo,  frente al embarcadero, todo muy galante, con mucho decoro,  las niñas jugaron juntas…, y yo me cegué, no sé bien que me figuraba... siempre con aquellos trajes,  con ese apellido…

-¡Quien iba a pensar!... ¡Qué si tenía tanto! ¡Qué si ganaba cuanto!, y yo que todo lo hacía por mis hijas...  luego no había nada, nada,…la casa, una ruina, un engaño ¡vamos! Cuatro cuartos y encima ella, la niña. ¡Qué decepción!... ¡Y a vestirse de negro!,

A pesar de sus quejas la mirada desde el pequeño retrato continuaba sonriendo conciliadora, la dama  se ablandó un tanto.

- No digo que no le quisiese pero… ¡Tanto como aparentaba!  Se me muere en dos días este buen hombre y no deja nada, sólo deudas y la mocosa…

Descorrió aún más la cortina del  balcón, apartó los visillos, se veía allí mismo la Plaza de Oriente, a lo lejos el perfil azul de la Sierra. Unas niñas jugaban al corro frente al palacio:

   “A-rro-yo- cla-ró,

  fuen-té se-re-ná…”

Miró otra vez el retrato. Aquel caballero de bigotes rizados, siempre tenía los ojos risueños, los mismos ojos de la niña. ¿Reprochaban algo?

- ¿Perversa? ,¿opinas eso de mí? ¿Y qué?  Defiendo lo mío, nos dejaste sin nada… es la oportunidad para mi  futuro y el  de mis hijas. ¿Me oyes?

Y llena de un impulso parecido a la fuerza con que empuja la ira, la dama consiguió llegar hasta el final de su misiva. Firmó con trazo decidido.

La señora apagó la lamparilla de aceite, se quitó los anteojos y abandonó la alcoba. Los criados pudieron observar que caminaba con un aire grave, y solemne, llevaba ese halo de heroína operística que tanto le gustaba adoptar. Enfática, entregó la carta a un servidor.

- ¡A palacio! - ordenó- Rápido, al Palacio de Oriente.

La dama  volvió a sus quehaceres, luego avisaría a sus dos hijas para que se compusieran para el baile. Ella había tomado una dolorosa y difícil decisión, aquella noche de la fiesta, la hijastra, Cenicienta, quedaría en la cocina.

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Autor del artículo

Adriana Sánchez Garcés

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