El “milagro” de San Pantaleón en La Encarnación

En plena canícula madrileña un fenómeno sorprendente atrae la atención de “gatos” y foráneos: la misteriosa licuefacción de la Sangre de San Pantaleón. Esta venerada reliquia se conserva en uno de los más ilustres monasterios de nuestra Villa: la Encarnación. Y sin embargo, el origen de su fundación chocaría frontalmente con el concepto de “lo políticamente correcto” vigente en nuestros tiempos.

Y es que la iniciativa de su creación, y su patronazgo, que asumió para sí misma, corrió a cargo de la reina Margarita de Austria, esposa del rey Felipe III, como perpetuación de la victoria de la Fe de Cristo sobre los infieles. Efectivamente, el 22 de septiembre de 1609, se publicó por el Consejo de Castilla, con la rúbrica del antedicho rey, el primer decreto de expulsión de los “moriscos” que habitaban el reino de Valencia. En años sucesivos, y hasta 1613, se publicarían sucesivos decretos de expulsión que abarcarían todos los reinos que componían la España peninsular, excluido Portugal.

Para una nación integrada por unos 8.500.000 habitantes, la expulsión de 300.000 ciudadanos industriosos y muy trabajadores, y que asumían las tareas agrícolas con notable habilidad, supuso una notable sangría que aceleraría la iniciada decadencia política, económica y militar de la España del siglo XVII.

La piadosa reina Margarita quería emular a su suegro Felipe II, que ordenó el levantamiento del Monasterio de San Lorenzo de El Escorial en conmemoración de la victoria española sobre los franceses en la batalla de San Quintín en el año 1557, y se dio a pensar que la expulsión de los moriscos efectuada bajo el reinado de su marido no le iba muy a la zaga en la demostración de la defensa de la verdadera fe. En consecuencia, que tomó la decisión de patrocinar una fundación monacal en la capital de la Monarquía Hispana –de la que se habían expulsado un total de 123 familias islámicas-, y, a ser posible, en íntima proximidad geográfica al Real Alcázar. Para ello se adquirieron las casas solariegas de los Marqueses de Poza.

Muy devota de las religiosas Agustinas, Dª Margarita hizo venir desde Valladolid, el 20 de enero de 1610, a la Madre Mariana de San José, para que ejerciera de priora de la nueva fundación, junto con otras afamadas hermanas. Mientras se efectuaran las obras de construcción, la nueva comunidad se alojó en el Monasterio de Santa Isabel.

Las trazas se encargaron al arquitecto Juan Gómez de Mora (1586-1648), con el que colaboró el hermano Fray Alberto de la Madre de Dios, aunque por poco tiempo, ya que éste murió prematuramente en 1610. Se colocó la primera piedra el 2 de junio de 1611, pero la reina no vería la finalización de los trabajos, ya que falleció pocos meses después, el 3 de octubre de 1611, durante el alumbramiento de su hijo el infante D. Alfonso. El rey D. Felipe III asumiría personalmente el reto de finalizar las obras, lo que se lograría en breve tiempo, ya que templo y convento se consagraron el 2 de julio de 1616 con actos de gran solemnidad, tomando las monjas posesión del mismo.

El convento sería uno de los más característicos y ricos del período Habsburgo. Su arquitectura es austera en los muros conventuales, donde se emplean los cajones de mampostería entre verdugadas de ladrillo, reflejándose la nobleza de materiales en la fachada de la iglesia, construida en sillería de granito, y de austera delineación arquitectónica escurialense.

El interior del templo sería enormemente reformado bajo diseños del arquitecto Ventura Rodríguez entre 1755 y 1767, cuyo resultado es el exuberante interior barroco clasicista que hoy podemos admirar.

A consecuencia de la desamortización impulsada por Mendizábal, la comunidad de monjas fue expulsada del convento en 1842, iniciándose la demolición de la parte conventual. Afortunadamente esta operación no llegó a ser culminada y el convento fue retornado a las Agustinas en 1847, reconstruyéndose parte de las dependencias conventuales demolidas, aunque ajustándolas a las nuevas delineaciones de las calles que rodean el monasterio y la recién construida Plaza de Oriente.

¿Quién fue San Pantaleón?

Efectuada la introducción ambiental, tratemos de identificar al personaje cuya reliquia veneramos en este histórico monasterio.

Pantaleón, cuyo nombre griego significa “el que se compadece de todos” nace en torno al año 275 d.C. en la ciudad de Nicomedia, actualmente perteneciente a Turquía, en la península de Anatolia. Fue hijo del médico Eustorgio y de su esposa, la cristiana Eucuba. Su padre le orientó en sus estudios hacia su misma profesión de médico, no descuidando su formación en filosofía griega y retórica. Su madre se preocupó de que recibiera formación en la fe cristiana; sin embargo, al llegar a la juventud apostató, alejándose de la fe que le inculcaba su madre.

Pronto alcanzó un gran prestigio profesional, llegando a convertirse en uno de los médicos del Augusto Valerio Maximiano “Hercúleo” (250-310), “colega” del emperador Diocleciano (que gobernó entre los años 284-305), creador del sistema de gobierno imperial de la “Tetrarquía”.

Progresando en sus conocimientos médicos, comprobó que algunas curaciones efectuadas por algunos colegas suyos cristianos no tenían una explicación racional por la ciencia y eran calificadas de “milagrosas”. Advirtió que algunas de ellas se concretaban con la invocación del nombre de Jesucristo, y animado por su amigo Hermolano, sacerdote virtuoso adornado por la fe en Cristo, volvió a convertirse en seguidor convencido del Crucificado. A partir de ese momento, se dedicaría en cuerpo y alma a la curación y consuelo de los más pobres. No obstante, celosos de los éxitos y la multitud de curaciones milagrosas que efectuaba, fue denunciado por varios de sus colegas ante el emperador en el contexto de la gran persecución decretada por Diocleciano y cuyo clímax tendría lugar entre los años 303 y 305.

Conminado por el tribunal a que abjurara su fe en Cristo, fue sometido a diversas torturas, hasta que finalmente fue decapitado, el 27 de julio de 305, bajo una higuera seca de la que se cuenta que reverdeció al contacto de su sangre. Los seguidores del generoso médico, una vez retirados los verdugos, recuperaron el cuerpo del santo, y empaparon diversos paños con su sangre a modo de recuerdo.

Del santo médico la reliquia más importante se conserva en la ciudad italiana de Ravello, consistente en sangre conservada en una gran ampolla, que también se licúa con motivo de su festividad.

La “licuefacción”

Con este nombre se conoce el proceso por el que la reliquia de San Pantaleón, aparentemente sangre, contenida en una ampolla, durante todo el año aparece como un fragmento sólido de color marrón, y en la tarde del 26 de julio comienza a licuarse, transformándose de su aspecto original sólido y pardusco, como un fragmento de barro, a transparentarse y enrojecerse.

La reliquia sanguínea de San Pantaleón, venerada en el Real Monasterio de la Encarnación, procede de la original que se conserva en Ravello. De la gran ampolla allí venerada, conteniendo una notable cantidad de sangre, se extrajeron varias reliquias, que se distribuyeron por distintos oratorios italianos. La reliquia madrileña en concreto fue donada por el papa Pablo V (1550-1621) al virrey de Nápoles D. Juan de Zúñiga, esposo de la Condesa de Miranda, Dª María de Zúñiga, profesando la hija de ambos, Dª Aldonza (del Santísimo Sacramento en religión), con las Agustina Recoletas de este monasterio, en el año 1611, llevando al mismo, como parte de su dote, la preciosa reliquia. Esta aristócrata religiosa sucedería unos años más tarde a la Madre Mariana de San José como priora del Monasterio.

Hasta la fecha no se ha logrado dar una explicación satisfactoria a este fenómeno de la licuefacción, que se produce en Madrid, en Ravello, y en todas aquellas localidades italianas en cuanto llega la tarde del 26 y la festividad del santo el 27 de julio. Por otra parte se teme el estudio del supuesto elemento hemático abriendo la ampolla que lo contiene, por temor a su deterioro o posible pérdida. La Iglesia no se ha pronunciado al respecto no calificándolo de hecho milagroso. Pero mientras no se efectúe una investigación con todas las garantías no tendremos la certeza de que se trate de un fenómeno físico explicable, o bien de un misterio que aliente la fe de los creyentes.

Aprovechen este fin de semana para visitar la Encarnación, sentir la proximidad de la Trascendencia, y no olviden que San Pantaleón está considerado un buen intermediario para los sufridores de cefaleas diversas y enfermedades pulmonares y respiratorias.

Bibliografía:

  • AA.VV. (2007) Narciso Pascual y Colomer. Arquitecto del Madrid Isabelino (Catálogo). Madrid.
  • Corral, José del (1990) Curiosidades de Madrid. Madrid.
  • García Gutiérrez, Pedro F, y Martínez Carbajo, Agustín F. (2011) Iglesias conventuales de Madrid. Madrid.
  • Répide, Pedro de (1981) Las calles de Madrid. Madrid.

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Julio Real

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