Los años del caos. De 1868 a 1875.

La revolución de 1868 era inevitable desde dos años antes, en que hubo contactos para procurar el fin de la monarquía entre el partido progresista y las personas que entonces se hacían llamar "demócratas", que se pueden considerar la prehistoria de la actual izquierda política española. En el frente interior, Isabel II estaba muy debilitada por los bandazos que daba entre Narváez y O´Donnell para intentar contentar a todos los públicos. O´Donnell muere en 1867 y Narváez en ese mismo 1868, con lo que desaparecen los últimos estabilizadores del régimen. Prim no rompe con la monarquía como institución, pero sí con la casa de Borbón como familia, y ya en 1866 intentó dar un golpe de mano en Aranjuez. En el frente exterior, la creación del nuevo reino unificado de Italia también crea problemas a la reina, que ve perder dos poderes aliados: los Estados Pontificios (el Papa hasta entonces era soberano no solamente de una porción de la ciudad de Roma como en la actualidad, sino de buena parte del centro de esa península) y el reino de las Dos Sicilias (donde dejó de reinar la rama italiana de los Borbones). A todo ello súmese el descrédito personal de Isabel, dominada en esos últimos años por la camarilla de Sor Patrocinio y del padre Claret, y pueden comprenderse las ganas de buena parte de los españoles de que viniera, nuevamente, la revolución pendiente. Europa había conocido ciclos revolucionarios en 1820, 1830 y 1848, y los ecos que de ellos habían llegado a España habían sido abortados en medio de estallidos de violencia o en medio de la indiferencia.

Consecuencia de la revolución de 1868 fue la apertura al público del Retiro y su cambio de función para pasar a ser parque de recreo de todos los madrileños. Se autoriza el retorno a España de judíos y protestantes. Hay un deseo de acabar con todo lo que sonara a "antiguo". La reina había sido enviada al exilio con la intención de ir buscando un nuevo monarca de otra dinastía, pero para contentar a sectores del nuevo régimen que ya empezaban a ser republicanos, las reformas urbanísticas heredadas del Plan Castro fueron complementadas con otras de carácter muy simbólico y ejemplarizante, para borrar restos de construcciones que se asociaran a la monarquía o al clero. Se tiró la Real Cerca de Felipe IV, con lo que Madrid dejó de tener murallas. Se tiró la iglesia de Santa María, con el fin de rectificar el enlace de la calle Mayor con el actual eje de Bailén. Se tiró la de Santa Cruz –que ya había sufrido importantes modificaciones en 1632, 1680 y 1767- y se tiró el convento de Santo Domingo, por cuyo antiguo solar pasa hoy la calle de Campomanes.

Empiezan los problemas internacionales. Para poner un nuevo rey en Palacio se buscan candidatos. Como 170 años antes, las potencias europeas buscan que ese rey sea uno de los suyos, aunque ahora no es Francia contra Austria, sino Francia contra la Prusia que está dando lugar a Alemania, la nueva potencia que el canciller Otto von Bismarck va creando a base de unificar reinos, repúblicas y ciudades-estado de manera similar a como había hecho el conde de Cavour con Italia. Los alemanes quieren poner en el trono de España a un Hohenzollern frente al candidato de Napoleón III, el presidente republicano que devino en nuevo emperador de los franceses. Para evitar una guerra en Europa, Prim se decanta por un italiano, Amadeo de Saboya. Pero la guerra acaba estallando de todas maneras. No llega a España, pero crea una rivalidad entre Francia y Alemania que perdurará ochenta años y otras dos guerras. Victoria aplastante de Bismarck y derrota de Napoleón III, que está casado con una española, la granadina Eugenia de Montijo. La ex-emperatriz de los franceses se retirará a su finca de Carabanchel hasta su muerte.

Se empieza a construir el teatro Eslava, en la calle del Arenal, que no toma el apellido del músico Hilarión sino de un pariente suyo llamado Bonifacio. El arquitecto que lo levanta es Bruno Fernández, y en 2014 ya hay una gran parte de los madrileños que no lo recuerdan como teatro, sino como discoteca y sala de actuaciones con el nombre de Joy Eslava, personalidad que adquirió a finales del siglo XX. Mientras tanto, volviendo al XIX, Amadeo I empieza a reinar. Lo tiene tan difícil como José I en 1808. Lo primero que se encuentra al pisar su nuevo país es que una o varias manos asesinas han disparado, el 27 de diciembre de 1870, contra el general Prim, su gran valedor español. El militar muere el día 30, puede que por infecciones de sus heridas, puede que por medio de agentes que le rematan. Este crimen de la calle del Turco, antigua de los Siete Jardines y actual del marqués de Cubas, nunca se terminará de aclarar del todo, pero queda claro que beneficia a muchos. Beneficia a los monárquicos de la rama legítima, pues deja lastrado a don Amadeo y facilita un futuro retorno de los isabelinos en la persona de Alfonso, hijo de Isabel. Beneficia a los republicanos, pues sin un jefe militar que conozca los entresijos de la política española, Amadeo será mucho más fácil de debilitar para implantar un régimen sin rey. Beneficia a los carlistas, pues esperan que el barullo que se va a montar de cualquier manera haga más fácil una nueva guerra en la que puedan hacerse con el trono.

Amadeo sufre él mismo otro intento de asesinato, el 18 de julio de 1872. Las balas no llegan a dar en el blanco, pero el rey ya está herido desde mucho antes por el boicot que ha sufrido desde tantos sitios. A los isabelo-alfonsinos, los republicanos y los carlistas hay que sumar la vieja aristocracia, que le considera un intruso advenedizo, y los curas, que le consideran un masón peligroso. Harto de vendettas y de cainismos, y consciente de que casi nadie en España busca el bienestar de la nación, sino el bienestar de su tribu política o territorial, Amadeo abandona pacíficamente el reino, en un tren de pasajeros ordinario, con destino a la frontera portuguesa.

Se proclama la Primera República, de la que quedan dos testimonios en el viario de la Villa: el viaducto de la calle de Bailén sobre la de Segovia, que fue terminado en 1874, y la actual disposición de la Plaza de la Independencia, hecha por iniciativa del cronista y político Ángel Fernández de los Ríos alrededor de la Puerta de Alcalá, que quedó aislada al derribarse la muralla que le había dado origen. Para el viaducto, como dijimos, había ya proyectos en tiempos de los Bonaparte, y fue ahora cuando se hicieron realidad. El primer usuario del puente fue un muerto, pues se utilizó la obra para dar paso al cortejo que trasladaba los restos del dramaturgo Pedro Calderón de la Barca desde la basílica de San Francisco el Grande a la sacramental de San Nicolás. Este acontecimiento tuvo lugar el 13 de octubre de 1874, y una vez rematadas algunas obras de los accesos al viaducto, se abrió este al tráfico general de carros y peatones el 14 de enero de 1875. Estuvo en funcionamiento hasta 1934.

La Primera República tuvo un final muy parecido al de la monarquía efímera del italiano: acabó corroída por los vicios nacionales, y aunque tuvo políticos de gran valía, como Nicolás Salmerón, no pudo sostener a la vez dos guerras: una contra los carlistas (Tercera Guerra Carlista, muy activa en el cuadrante nordeste de España) y otra contra los cantonales, que proclamaron varios microestados, caso del de Cartagena, con episodios delirantes como el uso de buques de la Armada para bombardear Almería o dedicarse a la piratería pura y dura contra navíos del resto de Europa. Incluso muchos de los que habían rechazado las opciones monárquicas se fueron concentrando en torno a la figura de un futuro Alfonso XII, al que veían como el "hombre de orden" que acabaría con esos años de caos que fueron los de 1868-1875.

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Autor del artículo

Juan Pedro Esteve García

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