“El Patolas”. La Historia de un desdichado.

Un cierto día del año 1879, en alguna parte del Madrid de antaño, ¿o tal vez de alguno de los pueblecitos vecinos?, vino a este mundo un niño al que se le conoció como Manuel Lagarto, y que todo el mundo llamaba “el Patolas”. Otras fuentes, sin embargo, citan su venida al mundo en 1885 en un lugar más definido: la calle de Génova.

De carácter simpático y, según citan, algo golfillo, muy pronto descubriría el mundo de los toros, que convertiría en la gran pasión de su vida y a la que decidió dedicarse en cuerpo y alma.

Se sabe que el joven “Patolas” tuvo sus inicios taurinos por el año 1899, cuando actuó en la plaza de Carabanchel Bajo. Así comenzó su carrera taurina, recorriendo capeas y becerradas, a las que se presentaba en ocasiones sin haber sido contratado previamente, por si podría echarse al bolsillo algunas pesetillas con las que poder llevarse a la boca algo de comida ese día.

En septiembre de 1901 fue aplaudido y ovacionado por su faena en la plaza de Tetuán de las Victorias [1] , barrio que, entonces, estaba integrado en el término municipal de Chamartín de la Rosa. Este ruedo, donde forjó cierta fama y alcanzó notoria popularidad, acabó convertido en su “feudo” particular, siendo habitual su presencia en las corridas benéficas y gremiales que allí se celebraban. Entre las muchas anécdotas que vivió el joven “Patolas” en la arena de Tetuán, figura la del 9 de mayo de 1909, cuando se vio obligado a terminar una corrida al haber sido cogidos los tres matadores que formaban el cartel de aquella tarde. Según crónicas de la época, aquella lidia acabó “como Dios quiso” [2].

Las crónicas de sus corridas casi siempre se reducían a lo mismo: valiente pero regular, cuando no tachaban su actuación de rotundamente mala. Lo cierto fue que, a pesar de no tomar nunca la alternativa, tampoco hay que negarle su habilidad y valentía, cualidades recalcadas por la prensa de su época, que también sabía reconocer el oficio bien hecho en la plaza. Otro aspecto por el que destacó fue por su abierta simpatía, lo que hizo que el público de Tetuán de las Victorias le cogiese cierto aprecio, siendo uno de los principales reclamos de las capeas en las que intervenía. También intervino como peón de brega, o subalterno, en las cuadrillas de diversos matadores, función en la que destacó más que como novillero.

Entre tanto, su situación personal no era buena. Estaba casado y era padre de un niño, pero la falta de recursos y la pobreza eran constantes en su vida. Así, junto a otro diestro de poca monta, pero más reconocido en su oficio, “Mazzantinito” [3], recorrieron plazas y lugares, ofreciéndose a matar dos novillos en cualquier corrida que se organizase.

En marzo de 1911 iba a lograr uno de los pocos hitos de su pobre carrera: iba a debutar en la arena de la madrileña plaza de toros de Goya, aquella que se alzaba en el solar que ocupa actualmente el renovado Palacio de los Deportes. Fue el 5 de marzo de 1911 y su labor iba a ser la de banderillero en una novillada formal. Cuentan que el diestro llegó a escuchar aplausos y vítores de un público dispuesto a tomarse a risa y a choteo la actuación del joven diestro. Fue sin duda, su gran tarde, la que tanto había soñado y que, por fin, había conseguido.

Pero el infortunio iba a cruzarse de nuevo en la vida del “Patolas”. El 5 de septiembre de 1911, nuevamente acuciado por la pobreza en la que vivía y el hambre que padecían su mujer y su hijo, marchó a Pozuelo de Alarcón, donde iba a celebrarse una capea. Sin haber sido contratado previamente, como hizo otras veces, consiguió la lidia de dos moruchos [4], al ser un veterano de otros ruedos, ya que sólo se permitió el uso del capote a los toreros con “cartel”. Las reses, provenientes de Colmenar, dieron muestras de haber sido toreados en otras capeas, no entrando al trapo y buscando continuamente el bulto. “Patolas” recibió al toro asignado y tuvo que lidiar, nunca mejor dicho, con la agresividad del toro, escapando por los pelos de la simulación de la suerte de banderillas que realizó, recibiendo notables aplausos y aclamaciones por parte del público. Llegaba el momento de rematar y “Patolas”, entusiasmado por el apoyo del público quiso simular que entraba a matar al animal, sustituyendo el estoque por un palo. El diestro estaba realizando, probablemente, una de las mejores faenas de su carrera y, animado por el éxito, quiso terminarla a lo grande. Sin embargo, el animal acudió nuevamente al bulto y enganchó al novillero por la entrepierna, desgarrándole el recto. La herida, profunda, le hizo perder abundante sangre, pese a no haber afectado a ninguna vena importante. Tras una primera cura en una casa particular de Pozuelo, fue urgentemente trasladado, en el vagón de equipajes del primer tren que salió hacia Madrid, hasta el hospital de la Princesa, donde fue operado con carácter de urgencia quedando ingresado en la sala de San Joaquín de dicho sanatorio. En un principio, su estado fue calificado como muy grave, suavizándose la situación poco después, en que pareció no revestir mayor gravedad que el propio de las heridas que el toro le había infringido, que no habían afectado finalmente al intestino. La prensa se hizo continuo eco de su estado de salud, en las que se afirmaba que se encontraba fuera de peligro y evolucionaba favorablemente de la lesión. Pero algo no iba bien: su estado comenzó a agravarse, principalmente por algunas contusiones en el pecho provocada al querer zafarse del acoso del novillo. El desenlace no se hizo esperar, y el joven “Patolas” fallecía en la tarde del 11 de septiembre de 1911 [5], con tan solo 32 años de edad.

Algunos de sus amigos tuvieron la idea de abrir una suscripción a beneficio de la viuda y el hijo del infortunado torerillo, que quedaban en la más absoluta pobreza. Aparte, se organizaron varias corridas a favor de su familia, celebradas en los meses restantes del año, con la intervención de los más afamados espadas del momento. Por su parte, otro ilustre torero, Vicente Pastor, dio la orden de socorrer, de su cuenta, a la familia de “Patolas”.

Madrid, 3 de diciembre de 2009

 

Bibliografía:

  • COSSIO, José María. “Los Toros, Tratado Técnico e Histórico. Vol. 1”. Espasa y Calpe. Madrid, 1995.
  • ZALDIVAR, Ortega, Juan José. “Víctimas del toreo: novilleros”. El Puerto de Santa María, 2009.
  • Diario “ABC”
  • Diario “La Correspondencia de España”
  • Diario “La Crónica”
  • Diario “El Heraldo de Madrid”
  • Diario “El Imparcial”
  • Semanario “El Toreo”

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Autor del artículo

Mario Sánchez Cachero

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