Las Reales Caballerizas y su derribo

Las antiguas Caballerizas, las pertenecientes al Alcazar que ardió en la Nochebuena de 1734, se encontraban situadas en lo que es hoy la plaza de la Armería, aunque al construirse el palacio nuevo no se eligió la misma ubicación. Las nuevas instalaciones, encargadas por Carlos III a Sabatini, pasaron a la parte norte para ocupar el lugar antes señalado. El espacio que se las destinó era considerable: 25.000 mts2 sobre un polígono triangulado y cuyo lado mayor era el que daba a la actual Cuesta de San Vicente. Esa dificultad geográfica representó, sin lugar a dudas, un reto para la construcción de lo que sería uno de los elementos accesorios más importantes del Palacio Real.

Comenzadas hacia 1782, con el Palacio Real ya habitado, se acabaron totalmente en 1789 y realmente era un conglomerado de dependencias[1] destinadas tanto a albergar a los caballos destinados a la familia real como a tener la sede del Protoalbeiterato (una institución con funciones equivalentes a las de la Escuela de Veterinaria o del Colegio Oficial de Veterinarios). Su fachada principal era la que daba a la calle de Bailen. En lo que respecta al aspecto de su construcción parece ser que era un edificio de aspecto recio y que su exterior estaba muy condicionado a las citadas dificultades del terreno tal y como nos indica Madoz. La piedra berroqueña y el granito eran los materiales principales con los que estaban construidas. Dos portadas eran las relevantes, siendo la que daba a la cuesta de San Vicente la menos ornamentada y la principal constaba de un “arco rústico, rebajado, terminado el todo con un escudo de las armas reales”[2]. Aparte de lo que podríamos llamar en pureza las caballerizas, que eran las dependencias más relevantes, había seis patios, una capilla dedicada a San Antonio Abad, cuadras específicas para caballerías enfermas, almacenes, pilones y fuentes, enfermerías, fraguas, herraderos, etc. La zona destinada a Guadarnés General[3] era de un tamaño considerable, más de 40 metros de largo con 65 armarios donde se colocaban desde los arreos de los animales hasta las libreas de los palafreneros. También estaban dentro de su perímetro los Picaderos Reales y, desde Fernando VII, el llamado Cocherón, edificio construido por Custodio Moreno y destinado a guardar los carruajes. Entre éstos se encontraba el que se suponía era el coche de Juana la Loca, siendo el más antiguo conservado y en el que, según la tradición, se llevó el cadáver de Felipe el Hermoso hasta Tordesillas. Era una pieza de roble tallado con tallas de Alonso de Berruguete.

La capacidad para la que estaban concebidas, 500 cabezas, quedó superada inmediatamente ya que en el mismo año de 1789 sólo el Cuartel de la Regalada constaba de 649 caballos y el número total de animales era de 1807[4], teniendo que distribuirse el excedente en diversas dependencias. El número de caballerías osciló con las variaciones y avatares de la historia, pero, salvo etapas especiales como los años inmediatos posteriores a la guerra contra Napoleón, la capacidad estuvo casi siempre al límite. No solo estaban los espacios reservados para los animales, sino que en 1848, según Madoz, vivían allí 486 almas entre trabajadores y familiares, siendo los empleados 289, aunque la nómina completa de las Caballerizas era muy superior. A todo esto hay que sumar las dependencias administrativas.

José María Samper en sus “Viajes de un colombiano en Europa” de 1862 nos dice que “Un inmenso palacio, aunque no de condiciones aristocráticas, sirve de alojamiento a los dichosos brutos que tienen el honor de llevar sobre sus lomos a las personas de la Corte o tirar sus doradas carrozas y berlina” y desde luego le parece desmedida la cosa ya que considera que es un: “monumento elevado a los caballos y las mulas de la Corte, con mucho mayor esmero que las vergonzantes estatuas o columnas consagradas a la gloria de los grandes genios”.

Y ese descomunal y regio edificio, paraíso equino, cumplía los 142 años cuando llegó la Segunda República. El Palacio Real pasó a ser el Palacio Nacional y, obviamente, las Reales Caballerizas empezaron a dejar de tener aparentemente el más mínimo sentido práctico.

Así las cosas en 20 de agosto de 1931 el Gobierno de la República, legitimo propietario, traspasa la propiedad al Ayuntamiento de Madrid para pagar parcialmente las deudas que tenía el Estado con el Consistorio de la ciudad. La cesión llevaba aparejada una cláusula: que el espacio que ocupaban las Caballerizas no fuese destinado a edificios de ningún estilo y que se dispusiese para ensanche viario y ajardinamiento de la zona. Esta parte final, la dedicación a jardines, era retomar la idea originaria de la época de construcción del Palacio ya que Sacchetti había diseñado esa parte para tal fin.

Hacia 1932 se empezó a preparar el derribo y surgió una encendida polémica en la ciudad de Madrid sobre la conveniencia o no de dicha demolición. En este debate (que podría ser de plena actualidad) se enzarzaron personalidades relevantes del mundo cultural, histórico, artístico y político. En contra se puso el Colegio de Arquitectos que emitió una nota el 27 de abril y llegó a un acuerdo encaminado a realizar gestiones ante las instancias y personalidades pertinentes a fin de detenerlo. Entre otras cosas hablaban de “no detenernos ante la inminencia de de hechos irreparables” y de “llamar la atención sobre la imprevisión inexplicable que supone acometer la obra destructora de un derribo en una zona de carácter monumental”. En síntesis lo que pedía el Colegio era que se realizase un estudio detallado antes de meter la piqueta, no oponiéndose a la normativa emanada del decreto de cesión pues consideraba que era compatible con la permanencia del edificio, si no en su totalidad al menos en parte.

Junto al Colegio de Arquitectos se alzó la voz del Patronato del Museo Nacional de Arte Moderno, que emitió una nota de queja y, al mismo, tiempo exculpatoria de las responsabilidades que sobre el Museo pudiesen recaer por los efectos de la demolición. Abundaba esta nota al igual que la de los arquitectos en la necesidad de un “estudio previo y meditado” y defendía los “valores estéticos que deben ser conservados y utilizados a toda costa, en momentos en que el arte español carece de hogares dignos en que pueda ser exhibido con decoro” Entre los firmantes figuraban Ignacio Zuloaga, Secundino Zuazo, Margarita Nelken, Daniel Vázquez Díaz, José Capuz y Mariano Benlliure.

Aparte de estos dos organismos y algunas otras voces aisladas la mayoría parece estar a favor de tirar abajo las Caballerizas y es que unos de los motivos favorables era la creación de puestos de trabajo que traería la obra, razón más que suficiente en una temporada de crisis para tener adeptos. Precisamente los arquitectos, conocedores de ello aducen que esta creación sería algo temporal, efímero, mientras que la solución de un estudio y conservación de lo que resultase daría una mayor duración en los puestos.

Entre los que aplaudían la medida las razones que se argumentaban, aparte de la del empleo, eran básicamente la falta de calidad artística del edificio, al menos en su aspecto exterior y la necesidad de dar espacio libre a la zona, ya que el Palacio quedaba encogido por el gran caserón. Una de las quejas que lanzaban a sus contrarios era que la protesta realmente había comenzado cuando las obras de demolición habían empezado, con lo cual lo que pretendían llana y simplemente era salvar la cara. No faltaban quienes aducían que no se podía hacer otra cosa ya que no era una decisión municipal, sino que estaba implícito en la cesión. Por supuesto la idea de unos jardines en la zona y una reordenación de la calle Bailen y de la cuesta de San Vicente era lo más aplaudido. Entre los partidarios aparecen personajes como Pedro de Répide, Luis Bellido, a la sazón arquitecto municipal, curiosamente Mariano Benlliure, que aparecía como firmante de la nota del Museo Nacional de Arte Moderno, etc.

Finalmente el derribo se llevó a cabo, rematándose en 1934 y acometiéndose en 1935 la construcción de los jardines de Sabatini, correspondiéndole la tarea de empezar a la Comisión Gestora Municipal que sustituía al Ayuntamiento ya que había sido, junto con otros, destituido por el Gobierno y, ¡cómo no!, estas obras también estuvieron rodeadas de polémica.

Bibliografía

  • “Madrid, Audiencia, Provincia, Intendencia, Vicaría, Partido y Villa”. Pascual Madoz. 1848.
  • “Las calles de Madrid”.Pedro de Répide.
  • “El Antiguo Madrid”. Ramón de Mesonero Romanos. 1861.
  • “El Madrid desaparecido”. Mª Isabel Gea Ortigas. 1992.
  • “La Real Caballeriza Regalada (1789-1934)”. Ángel Salvador Velasco y Carlos Ballesteros Vicente.
  • Blanco y Negro, artículo. de 09/10/1932
  • El Heraldo de Madrid, artículos de 08/09/1932 y 16/12/1935
  • La Construcción Moderna, articulo de 15/09/1932.
  • La Voz, artículo de 06/06/1932 y 18/01/1935.
  • Álbum Salón, artículo de 01/01/1902
  • Nuevo Mundo, artículo de 09/09/1932
  • La España Moderna, número de 01/01/1903

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Autor del artículo

Alfonso Martínez

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