Paseos por Madrid: De Atocha a Colón

La primera cuestión que me surge es ¿qué es Madrid? Y es que Madrid no es solo Madrid. Me explico. A diferencia de otros lugares, en Madrid se confunden Comunidad Autónoma, provincia y ciudad. Y, claro, no es justo, porque cuando te dicen aquello de “háblame de Madrid” no tienes muy claro a qué se refiere nuestro interlocutor. Me dirán, con toda razón, que eso sucede en todas –o casi todas- las provincias. Pues tienen razón en esto, pero no es menos cierto que si a un catalán le preguntan sobre Barcelona casi con total seguridad se centrará en la Ciudad Condal y su íntima relación con Gaudí, como si dicho arquitecto “padre del modernismo catalán” fuese lo único de esta ciudad, dejando de lado para los turistas el enorme patrimonio gótico que se diluye por toda la ciudad o la arquitectura industrial de la que la ciudad condal dispone a raudales a diferencia de lo que nos sucede en Madrid.

Pero Madrid es mucho más que la ciudad que lleva dicho nombre y, por supuesto, mucho más que el Museo del Prado, el Palacio Real o Sol. Por ello es imposible hablar de Madrid, en términos genéricos, solo como la gran capital –una de las mejores del mundo-, olvidándonos de rincones y lugares tan llenos de Historia y de Arte como Alcalá de Henares (¡ay, nuestra vieja y bella Complutum!), El Escorial (lugar monumental donde los haya y cuyo monasterio supone el culmen de lo que significa la Monarquía hispánica), Chinchón (con su fantástica Plaza y su inapreciable y ya desfasado anís), Aranjuez (en cuyos bellos jardines y palacios nuestros Reyes disfrutaron antaño tal y como nosotros lo hacemos hoy en día) y un sinfín de pequeños pueblos y rincones de nuestra geografía madrileña de los que es pecado mortal olvidarse.

En cualquier caso, y dado que “TM” me pide que hable de lo que más asombro me causa de Madrid (la ciudad), voy a intentar hacerlo aunque confieso que la tarea se me presenta harto complicada. Y ello por varias razones.

Una de las primeras, y quizá fundamental, sea la relativa a sobre de qué Madrid hablar. Confieso, en este sentido, que no puedo ocultar mi predilección por el Madrid borbónico, ese Madrid que con Carlos III tuvo su mayor exponente, aunque en honor a la verdad fue gracias a la savia nueva traída por Felipe V y su nostalgia de Versalles la que hizo que Madrid comenzara a ser una ciudad tal y como la entendemos hoy en día.

Es cierto, pese a ello, que incluso en plena ocupación napoleónica de nuestro querido Madrid, aún se hablaba de nuestra ciudad como un lugar infecto, sin higiene y con lugares oscuros demasiado propicios para los asaltos y puñaladas furtivas, pero también es cierto que a esas alturas existían dos “Madriles”: el vanguardista e ilustrado de las clases acomodadas y el de los personajes de baja estofa, cada uno en su territorio delimitado, aunque con harta frecuencia se mezclasen los de alta condición con el pueblo llano como si de un multiculturalismo actual se tratase. De todas formas, conviene no dejarse llevar por el asombro ni por el menosprecio hacia nuestra ciudad, pues en esa misma época diferentes literatos nos muestran un París sórdido como contrapunto del otro refinado (recuérdese al respecto la obra “Los Miserables”, de Emile Zola), mientras que de Londres podemos decir exactamente lo mismo (algunas obras de Dickens son ilustrativas al respecto).

Sea como fuere, lo cierto es que no han dejado de existir en nuestro Madrid esos rincones apartados de la mano de Dios, y así –al igual que en otras grandes capitales europeas- aún tenemos barriadas más propias de principios del siglo XX que del siglo actual. Pero eso…es otra historia.

Decía más arriba que mi predilección es por el Madrid borbónico (cuyo periodo histórico abarcaría, a mi modo de ver, desde la llegada de Felipe V hasta Carlos IV inclusive), aunque puestos a pensar, no puedo dejar de lado el Madrid romántico, el Madrid de inicios del siglo XX y muchas pinceladas del Madrid del siglo XXI; y, por supuesto, el afamado Madrid de los Austrias, aun cuando este último no sea uno de mis favoritos.

Por tanto, el problema se va agrandando. ¿Por dónde comenzar? La verdad es que a bote pronto no se cómo unificar estos criterios. Quizá lo mejor que puedo hacer es pensar en aquellos lugares por los que siempre paseo, por los que me dejo llevar y me olvido de lo que existe alrededor o, quizá, soy más consciente de lo que me rodea y menos de mi propio ser. No lo sé.

Tomando por tanto este criterio me dispongo a definir dicha área o eje. Ah, ¿pero existe alguno? Pensando, pensando, comienzo a definirlos, pues son varios. Uno de ellos abarcaría desde la plaza de Carlos V (Atocha) hasta Colón; el otro comprendería desde la confluencia de las calles Alcalá con Menéndez Pelayo hasta la Plaza de España, pasando por nuestra centenaria Gran Vía; un tercero sería, sin lugar a dudas el que va desde la confluencia de las calles Gran Vía y Alcalá a la altura del edificio Metrópolis, pasando por Sol, pudiendo definirse desde ahí dos caminos diferentes, uno hacia la calle Mayor hasta alcanzar el Palacio de Uceda y luego allí girar a mano derecha hasta el Palacio Real o bien tomando la calle Arenal hasta el Palacio Real y la Almudena. Quizá un último eje sería, justamente, el que recorre la calle Bailén desde la Puerta de Toledo hasta el Palacio Real para luego, pasando junto a la Plaza de España, llegar al Templo de Debod.

Bueno, parece que he delimitado un poco el recorrido, aunque releyendo las líneas de más arriba me doy cuenta del amplia área que he escogido. Y pese a ello me he olvidado de algunos otros lugares que, por derecho propio, se encuentran en lo que podría llamar “mi Antología de Madrid”, como son el Hospital de Jornaleros en Cuatro Caminos, el Colegio del Pilar en Príncipe de Vergara o el Madrid del siglo XXI representado, sin lugar a dudas, ya no solo por las afamadas –y ya anticuadas- Torres Kio, sino por las “Cuatro Torres”, edificios que han modelado y reformado ese “skyline” de Madrid, haciéndolo visible desde varios kilómetros a la redonda (recuerdo, al respecto, que las mencionadas torres se pueden observar –en un día despejado- desde San Lorenzo de El Escorial o cómo, aproximándonos a Madrid desde la Carretera de Toledo y a la altura de Getafe ya podemos divisar esas impresionantes estructuras que, aun sobresaliendo del resto de Madrid, siguen siendo minúsculas cuando ya se ha entrado en la ciudad desde el sur; y es que para apreciarlas en su verdadera dimensión hay que llegar hasta la misma Plaza de Castilla).

Tampoco puedo olvidar algunos rincones de Moncloa, un barrio que queda siempre permanentemente unido a mi época de universitario en la Facultad de Derecho, cuando los viernes marchábamos desde la misma hasta las cervecerías de la zona para celebrar el final de la semana. Claro que hoy los motivos que me llevan a la zona son fundamentalmente dos: el magnífico edificio del Ministerio del Aire (que se alza desde los años 40 del siglo XX como un nuevo Escorial) y el Arco del Triunfo, el cual se ve realzado casi al anochecer por una iluminación sorprendente que lo recorta contra el cielo de poniente mientras el casi colindante Faro de Moncloa se alza como contrapunto moderno a la estructura más bien clásica del primero.

Pero volvamos al Madrid que he delimitado antes y comencemos por la Glorieta de Carlos V (Atocha) para iniciar nuestra primera ruta que nos llevará hasta Colón.



PRIMERA RUTA: DESDE ATOCHA A COLÓN

Si hubiésemos de comenzar esta ruta deberíamos hacerlo un poco más abajo, casi al comienzo de la Avenida Ciudad de Barcelona. Allí, se alza no solo la Basílica de Atocha –con su esbelto campanario que nos hace recordar Florencia- sino también el Panteón de los Hombres Ilustres, un lugar que iba a ser destinado originariamente a mausoleo de los prohombres de la nación al modo del Panteón de París aunque es obvio que ni el tamaño del madrileño ni las escasas figuras relevantes que reposan en el lugar pueden hacer sombra al de la ciudad del Sena. Sin embargo, tiene una gran ventaja comparado con el parisino: su silencio y la casi nula afluencia de visitantes, producto sin lugar a dudas de su “lejanía” de las zonas más turísticas de la ciudad. Ello nos permite pasear con comodidad por el pequeño recinto, sentarnos en cualquier banco a leer tranquilamente, pensar en la grandeza de los personajes allí enterrados y alejarnos de problemas. Lo confieso: si pudiera y tuviera tiempo, me estaría varias horas en aquel lugar que invita a pensar, a descansar mente y espíritu, a contemplar cada pequeño detalle de los monumentos levantados en honor de Cánovas, Sagasta…

Volvamos a la Glorieta de Atocha. A nuestra izquierda se alza la Estación del mismo nombre, la primera de España levantada en hierro y que llevaba hasta Aranjuez y que hoy, con la incorporación de nuevas edificaciones, ha perdido parte de su antiguo encanto aunque sigue siendo una delicia pasear por la noche junto al lado que da a la misma glorieta

mientras observamos, justo enfrente, como se alza, impresionante, el edificio en el que actualmente tiene su sede el Ministerio de Agricultura (originalmente fue el de Fomento, pues para ello se levantaba junto a la “modernísima” antigua estación de Atocha).

Se trata de un edificio construido a finales del siglo XIX. Su estructura general nos recuerda algunas construcciones parisinas, sobre todo por las “torres” con tejados de pizarra. El edificio, en si mismo, es muy sencillo, aunque su decoración escultórica sea realmente sorprendente, con unas grandes estatuas dedicadas al Comercio y a la Industria situadas a la entrada del edificio. En lo más alto de la entrada, sendos Pegados o caballos alados flanqueando a una escultura de la Gloria, sorprenden tanto de día como de noche. Aunque no son las esculturas auténticas, pues las originales –en mármol- fueron sustituidas por las ahora presentes realizadas en bronce ahuecado por temor que su desprendimiento causara un grave accidente (las originales pasaron a la plaza de Legazpi, de donde hoy día se están quitando para llevarlas quién sabe dónde).

En definitiva, pese a la aparente sencillez del edificio en su conjunto, sus dimensiones y su imponente aspecto hacen comprender la impresión de los antiguos viajeros que llegaban en tren a nuestra ciudad y que tenían una muy favorable imagen de la misma nada más pisar nuestra tierra. Aún hoy, y de nuevo por la noche, el conjunto de estación y Ministerio recibe al viajero como se merece: con los brazos abiertos y anticipándole solo un pequeño detalle de todo lo que hay que descubrir en Madrid.

Y es que si tomamos el Paseo del Prado, entraremos en uno de los paseos más bellos –y quizá más desconocidos para el ciudadano de a pie de nuestra ciudad-.

Conviene subir por el lado de la derecha, bordeando el Jardín Botánico. Ciertamente ello nos impedirá pasar junto al Caixaforum y su novedoso jardín vertical, pero la tranquilidad –pese al gran tráfico- que se respira en ese margen nos va acercando a otra dimensión. Este primer tramo del Paseo del Prado que nos lleva hasta el Museo del mismo nombre, se suele ver acompañado de exposiciones temporales de esculturas, esculturas ante las que el viajero y el ciudadano de a pie se para, curioso, a contemplar por el solo hecho de dilatar un poco el recorrido, por intentar ganar unos minutos al tiempo. Mientras tanto, y de reojo, observamos la verja del Jardín Botánico, que nos deja vislumbrar un interior con árboles frondosos, plantas exóticas y un sinfín de arbustos, árboles frutales… Y te peguntas: ¿entro o no entro a descubrir este mundo? “A fin de cuentas –te dirás- ¡yo qué se de plantas si para una que suelo comprar se me muere a las pocas semanas!”. Sin embargo, te has ido acercando a la Puerta de Murillo del Museo del Prado y, justo enfrente, ves el acceso al Jardín. La entrada no parece cara (un par de euros), así que movido por la curiosidad te sacas el tiquet y entras.

Bueno, ya estás dentro y te pones a dar vueltas por los diferentes paseos. Es verano, y aunque a las cuatro de la tarde el calor es insoportable en Madrid, en este lugar parece que hayamos retrocedido a las temperaturas agradables de la primavera madrileña, esa primavera que solo está con nosotros apenas unos días. El caso es que comienzas a leer nombres extraños de arbustos y árboles, aunque algunos otros te suenan más. “Secuoya –lees en uno-. Vaya, ¿no era éste el árbol del Oso Yogui en el Parque de Yellostown?”. Ves pimientos, tomates, calabazas… y empiezas a ser consciente de que todo eso que comemos habitualmente no aparece por arte de magia en las cajas que terminan en las fruterías y descubres esos pequeños detalles de la vida que minutos antes, rodeado de coches, ni te habías parado a pensar.

Mientras tanto, el frescor del Jardín Botánico se te hace agradable y te sientas a leer un librito en un pequeño banco frente a un diminuto estanque en el que los patos caminan tranquilamente mientras te quedas mirándolos como si jamás hubieses visto uno antes. Está claro: sin saberlo ni ser consiente de ello, estás disfrutando de cada segundo con tranquilidad y paz interior.

Pero hay que salir de allí, que se va haciendo tarde y quieres echar un vistazo al Museo del Prado. Te acercas a la Puerta de Velázquez, la principal del Museo. Como es domingo, y por la tarde, la entrada es gratuita para los ciudadanos de la UE. ¡Bueno, ese dinerillo que te has ahorrado! No es que tengas intención de ver todos y cada uno de los cuadros, puesto que para eso harían falta varios días. Simplemente quieres hacer un recorrido ligero, parándote en aquellas obras más conocidas o en aquellas otras que te llaman más la atención.

En mi caso, reconozco que el cuadro de “Carlos V en la Batalla de Mülberg” de Tiziano y la pintura medieval (en especial la de El Bosco) me fascinan, aunque en cada caso por motivos bien diferentes que no vienen a cuento explicar. Goya, sin embargo, me deja más bien indiferente, mientras que clásicos como Velázquez ya los tengo demasiado vistos como para saber apreciarlos en su medida. Me falta ver la pintura historicista de mediados-finales del siglo XIX, pero estoy un poco cansado y quiero comprar algún libro de arte antes de salir del Museo. Desde luego, no será el Louvre, pero el Museo del Prado atesora obras pictóricas imprescindibles del arte universal.

El sol se comienza a ocultar, y aprovecho la ocasión para acercarme a la Iglesia de los Jerónimos que con su iluminación -que se irá haciendo más importante a medida que se haga la noche- nos atrae como un imán. Su portada es realmente impresionante y su interior, sencillo comparado con otras iglesias de Madrid, te permite ver la iglesia en no demasiado tiempo. No hay concesiones a lo superfluo o a lo recargado. Solo la portada principal hace que la vista se detenga en varios lugares, aunque es la impresión de conjunto la que permite maravillarse con el lugar.

Junto a la Iglesia se alza la Academia de la Lengua, un sobrio edificio que armoniza perfectamente con la zona y, un poco más arriba, pegando con el Retiro, el Casón del mismo nombre, edificio durante demasiados años en obras y que hace tiempo albergó nada menos que el Guernica de Picasso (por lo que era objeto de múltiples visitas) y la colección de pintura del siglo XIX. Hoy apenas el Casón ha terminado sus obras y el destino del mismo, tras tantos años con andamios, se me antoja que es bastante incierto.

Retrocedemos sobre nuestros pasos en dirección a la Fuente de Neptuno (lugar de celebración de los seguidores del Atlético de Madrid), dejando a nuestra derecha el Salón de Reinos, antiguo Museo del Ejército, una de las pocas construcciones que quedan en pie de aquel gran Palacio del Buen Retiro destruido con la llegada de las tropas napoleónicas que invadieron Madrid.

Si ya se ha hecho de noche, podremos ver la Fuente de Neptuno iluminada y, un poco más allá, en la Carrera de San Jerónimo, el Congreso de los Diputados con su fachada neoclásica tras la cual nuestros representantes electos deciden lo que consideran mejor para la Nación (aunque muchos opinen que es lo mejor para ellos mismos, afirmación que debería ser objeto de un detallado análisis sobre el cual no podemos pararnos aquí).

Lástima que junto al primitivo edificio del siglo XIX –levantado sobre una de las innumerables iglesias que se situaban antiguamente en Madrid- se acometieran las obras de ampliación que no respetaron en absoluto el edificio diseñado por Pascual i Colomer y que impidieron la formación de un bello conjunto arquitectónico que y que ahora se ve limitado al edificio construido en el siglo XIX frente al cual los turistas se fotografían junto a los leones fundidos con los cañones tomados a los marroquíes en la Guerra de África de 1859. Incluso la estatua de nuestro más insigne escritor, Cervantes, -situada enfrente del edificio- parece querer mirar hacia otro lado, como si tuviera más en común con el dios pagano Neptuno que con los legisladores y algunos arquitectos españoles.

Más en fin, prosigamos nuestro recorrido. Dejaremos de lado el llamado “Barrio de las Letras”, una zona ampliamente desconocida por los madrileños pero que alberga “tesoros” tan importantes como el convento de las Trinitarias (en el que se encuentra enterrado Cervantes), la casa de Lope de Vega… Hoy en día, sin embargo, es lugar preferido para el copeo nocturno los fines de semana. También cerca se haya una de las iglesias más visitadas de Madrid, la del Cristo de Medinaceli, así como los dos hoteles más emblemáticos de la ciudad: el Ritz y el Palace.

En fin, el caso es que dejamos atrás nuestro Congreso de los Diputados y el Barrio de las Letras y nos acercamos al Museo Thyssen, uno de los que forman el triángulo artístico de Madrid junto con El Prado y el Museo de Arte Reina Sofía. Entraremos en una pequeña, pero buena pinacoteca, de aquellas a la que los turistas acuden en tropel, pero en la que los madrileños como yo apenas hemos entrado alguna vez y posiblemente porque algún amigo de fuera nos haya sugerido la visita. Sin embargo, la visita merece la pena. La entrada es un poco cara a mi modo de ver –unos 8 euros-, pero el Museo atesora piezas que, si bien en su mayoría no son tan valiosas como las del Museo del Prado, sí que justifican la parada. Arte de todo tipo y época se entrecruzan en este Museo, y junto a interesantes cuadros de arte flamenco, podremos encontrar cuadros impresionistas, pasando por otros referidos a las diferentes épocas de la historia del arte.

Tras una visita breve –de nuevo el tiempo se impone pues la visita detallada llevaría algunos días-, retrocedemos hasta la esquina con la Carrera de San Jerónimo y acudimos a la parte derecha del Paseo del Prado en dirección a Colón. Nos adentramos en otro tramo realmente agradable de este Paseo del Prado, un paseo cuyo inicio se encuentra en la Fuente de Neptuno y el final en la Fuente de Cibeles configurando lo que en su momento se llamaba “el Salón del Prado”, es decir, aquel lugar donde ver y, sobre todo, ser vistos; aquel lugar en el que la nobleza del siglo XVIII paseaba montada en sus fastuosos carruajes.

Podremos subir por la acera de la derecha, contemplando el Monumento de los Héroes del 2 de Mayo, el Museo Naval (y Cuartel General de Marina) y el Palacio de Telecomunicaciones (actual sede del Ayuntamiento de Madrid), o bien por la espina central en la que frondosos plataneros nos protegerán del sol por el día y combatirán el calor tórrido de la noche en verano, aunque los meses de Otoño y Primavera también son muy propicios para este paseo, mientras que el invierno claramente nos alejará de este lugar.

En nuestro caso tomaremos la acera de la derecha. Lo primero que destaca es el Obelisco a los Héroes del Dos de Mayo. Realizado en recuerdo de los fusilados en este lugar por las tropas napoleónicas con ocasión de la sublevación del pueblo madrileño contra el invasor francés en tan memorable jornada de 1808, hoy en día ofrece un lugar de descanso. De descanso y, porqué no decirlo, también de admiración: varias veces he dado vueltas alrededor del monumento, observando los relieves esculpidos en los pies del mismo, contemplando la pequeña llama “eterna” que recuerda a aquellos patriotas y pensando no solo en aquellos hombres y mujeres sino en todas aquellas personas que han defendido de un modo u otro nuestra Nación.

Me pregunto, ¿ha servido de algo? Tanto heroísmo, tanta sangre derramada, tantas familias rotas, tantos sueños e ilusiones truncadas a lo largo de tantos siglos y en pos de España, ¿significan algo hoy en día para alguien? Para mí, que contemplo y leo la vida y hechos de algunos de aquellos y doy gracias a Dios porque estuvieran ahí, porque en un momento de nuestra existencia tomaran una decisión y no otra, la respuesta es clara: Sí. Quizá si no lo hubiesen hecho, hoy estaríamos mejor, pero he de reconocer que yo no lo creo así y que con sus bondades y con sus defectos, me gusta donde vivo, me gusta Madrid y me gusta España. Quizá sea un anticuado, pero el monolito del 2 de mayo me hace sentir bien, agradecido a todos aquellos que hicieron lo que hicieron pensando en una idea concreta de vida y de Nación.

Salgo de este ensueño y vuelvo al siglo XXI y a Madrid. Camino nuevamente en dirección a la Cibeles y me encuentro con el Museo Naval, al que he acudido en varias ocasiones y en el que, pese a no tener ni idea de barcos, me ha encantado observar con detenimiento, ver cada nave, conocer algunos detalles de aquellos antiguos navíos del siglo XVI o XVII, la Escuadra de Cervera (por cierto, ¿algún estudiante de la ESO sabe hoy quién fue y qué hizo?), la aventura de Magallanes… Pero, sin duda, mi pieza favorita es la Carta de Juan de la Cosa (considerado el primer mapamundi en el que se plasma América). Me parece una de las obras más admirables y llenas de encanto del Museo. Y siempre pienso lo mismo: tengo que hacerme con una reproducción, enmarcarla adecuadamente y exponerla en mi estudio particular.

Con estas elucubraciones, salgo del Museo y vuelvo a tomar los últimos metros del Paseo del Prado. Con la llegada del Ayuntamiento de Madrid al Palacio de Telecomunicaciones, los aledaños de este último han cambiado un poco, y así la calle Montalbán, en el tramo que discurre junto al nuevo Ayuntamiento, ha sido peatonalizada, permitiendo un pequeña extensión del recorrido a pie, que nos permitirá no solo fotografiar el contiguo Cuartel General de la Armada (bastante denostado por su estilo historicista con tintes medievales, pero que a mi me encanta), sino contemplar plenamente la nueva sede del Ayuntamiento de Madrid.

Y es que el Palacio de Telecomunicaciones (obra de Antonio Palacios, el mismo que diseñó el Hospital de Jornaleros de Cuatro Caminos o el afamado Círculo de Bellas Artes) es un edificio grandioso con sus dos torres que lo asemejan a una iglesia y que dio lugar al apelativo madrileño, ya conocido, de “Nuestra Señora de las Telecomunicaciones”. La mejor foto que se puede hacer del Palacio es justo desde el extremo opuesto de la Plaza de Cibeles, es decir, desde la esquina del Cuartel General del Ejército.

Desde aquí, y ya sea de día o de noche, la foto es realmente espectacular, permitiendo obtener una buena vista tanto del Ayuntamiento como de la Fuente de Cibeles, esa fuente que cambió su orientación con la llegada del siglo XX y que hoy, al igual que en los últimos años, sigue sirviendo de foro para la celebración de las victorias del Real Madrid. Yo, desde ese lugar, haría múltiples fotos del sitio, en diferentes horas, con distintas tonalidades de luz y con muy diversos estados del tráfico. Mi momento preferido: o bien al mediodía o bien al atardecer, cuando el sol incide con su tonalidad naranja (o, incluso en ocasiones, rojiza) en la fachada de la nueva sede del Ayuntamiento.

Y ya que estamos en la esquina de la sede del Cuartel General del Ejército, el sitio es idóneo para contemplar otro de los edificios que conforman las cuatro esquinas de esta plaza de Cibeles: el Banco de España.

La fachada achaflanada del siglo XIX de este banco es el típico lugar –creo yo- que queda relegada al olvido tras la contemplación del Palacio de Telecomunicaciones y, sin embargo, merece al menos algunos minutos no solo para comprender la importancia de la institución (aunque hoy el Banco Central Europeo le haya quitado el protagonismo), sino para admirar algunos detalles de la misma, como es el laborioso enrejado de las puertas, los medallones (que también se disponen a todo lo largo del edificio), el reloj o la esfera que corona este acceso principal. Merece la pena conocer la historia de este edificio, cuya construcción se ha demorado más de 100 años pues si bien se inició en el último cuarto del siglo XIX tras la fusión de los dos principales bancos españoles (el de San Fernando y el de Isabel II), lo cierto es que el espacio que ocupa actualmente el Banco se cerró en los primeros años del siglo XXI, aunque conservando en esencia el mismo estilo de finales del siglo XIX.

En el Cuartel General del Ejército poco nos queda por hacer, dado que el acceso al mismo es ciertamente misión casi imposible y si bien hace años en determinadas ocasiones se hacía un cambio de la guardia (que aunque no tan vistoso como el de Palacio Real, sí que merecía la pena), hoy en día no se puede más que vislumbrar la grandeza de este Palacio de Buenavista (que es su nombre) a través de la verja que rodea el edificio y que en Navidad permite a los madrileños y foráneos disfrutar de uno de los innumerables Belenes que se exponen en la ciudad. Sí que hace gracia pensar que el edificio haya pasado por tantas manos diferentes (de los Duques de Alba al Ayuntamiento, de éste al Estado) que, al final, la titularidad del mismo quede un tanto en cuestión, si bien parece que seguirá desempeñando su actual función por muchos años más. ¡Aunque en Madrid cambian tanto las cosas de un año para otro…!

Desde el Palacio de Buenavista podemos subir hacia la Plaza de Colón bien por un paseo lateral o bien seguir cruzando hasta el otro extremo de la calzada, el colindante al Palacio de Linares. Pero si queremos apreciar los edificios más representativos de este tramo –el Paseo de Recoletos-, la mejor de las opciones es, sin duda, la primera, pues desde la misma podremos contemplar el Palacio de Linares (antiguamente habitado por fantasmas y hoy sede del Museo de América), el Palacio del Marqués de Salamanca (hoy sede de un gran banco nacional) o la mísmisima Biblioteca Nacional, así como los tejados, templetes y esculturas que culminan éstos y otros edificios.

Pero no sólo eso, sino que en el mes de mayo podremos disfrutar de las casetas de la Feria del Libro Antiguo y de Ocasión de Madrid, aunque durante todo el año, nos permitirá un agradable paseo en el podremos hacer algunas paradas bien en el Café Gijón (uno de los cafés literarios más antiguos de España) o bien en el Café de los Espejos.

Yo, pese a que el primero me llama la atención por su halo literario y afamado, opto por este segundo. Me encanta pasear y entrar en este café cuya estructura de hierro y cristal, y decorado con bonitos azulejos verdiblancos y cristales de diversos colores me permite viajar en el tiempo hasta finales del siglo XIX. Es de aquellos puntos que siempre me recordarán Madrid y este tramo tan agradable de visitar tanto en verano como en invierno. Porque, a diferencia de otros sitios de Madrid, este paseo es como un remanso de paz, sobre todo en las tardes de domingo en las que solo algunos turistas pasean –paseamos- por esta zona. Solo al día siguiente pasarán por aquí los diversos funcionarios, trabajadores en general o estudiantes que, procedentes de la zona de Alonso Martínez bajan hasta este lugar para coger los diversos autobuses que pasan por la zona o bien llegan hasta Cibeles para hacer lo mismo con otras líneas que enlazan el este y el oeste de la ciudad.

Mientras tanto, es domingo –da igual que sea de invierno o verano- y paseas por allí con tranquilidad, disfrutando del momento, observando la grandiosidad de la Biblioteca Nacional construida hacia mediados/finales del siglo XIX en ese estilo neoclásico con frontón y un escalinata que nos da acceso a la entrada principal de la misma. Escalinata rematada y flanqueada por diversos escritores de relieve como Antonio de Lebrija (autor de la primera gramática española en tiempos de los Reyes Católicos), Luis Vives, Lope de Vega… y que, de nuevo, te hace pensar en todo lo que muchos españoles han aportado a la ciencia, la literatura, las artes… Piensas en lo que han aportado dichas personas y lo poco que se habla de ellas y, sobre todo, de sus obras, y las muchas tonterías que tenemos que escuchar a diario sobre todos los trapos sucios de los “famosos” de hoy en día, famosos que no lo son por sus aportaciones al mundo de la ciencia o las artes, sino por haber hecho “la gran hazaña” de acostarse con tal o cual, o haber sido capaz de cantar una canción pegadiza durante un par de meses, affair o canción que tienen fecha de caducidad bien temprana. Por ello, la vista de la Biblioteca Nacional me impresiona tanto. Y además, como buen amante de los libros, tengo en tal edificio la referencia siempre perfecta, aquel sitio en el que encontraré libros de todas las tendencias y estilos, de arte e historia, novelas, matemáticas, astrología, medicina…y, por supuesto, libros de Madrid.

Justo enfrente de la Biblioteca Nacional, pero en diagonal, se levanta las en su tiempo llamadas “Torres Rumasa”, dos edificios de cristal tintado, rematados hace unos años por una nueva superestructura de color verde visible por la noche desde varios kilómetros a la redonda y que por su forma es conocida por los madrileños como “El enchufe”.

Y, enfrente de ambos edificios, los Jardines del Descubrimiento, aunque hoy los jardines hayan sido sustituidos por grava para ahorrar consumo de agua en verano si bien asimismo nos ha privado de un lugar más acogedor. En estos Jardines del Descubrimiento (sobre los que hasta hace apenas 40 años se encontraba la antigua Fábrica Nacional de Moneda y Timbre y que hoy son utilizados para la práctica del skateboard por varios jóvenes de la ciudad) se situaban hasta hace bien poco tiempo otros dos símbolos: la estatua de Colón y una impresionante bandera nacional.

Con respecto a la primera, su ubicación en tal lugar terminó en diciembre de 2009, cuando una nueva reforma a iniciativa del Ayuntamiento devolvió la estatua a su emplazamiento originario: el cruce entre la calle Génova y el Paseo de Recoletos, conformando una nueva plaza. ¡Lástima! Porque en el emplazamiento que tuvo en los últimos años, sobre el antiguo Centro Cultural de la Villa (hoy día llamado Teatro Fernán Gómez) se tenía la oportunidad de observar en detalle los bajorrelieves del monumento –que representan escenas relacionadas con el Descubrimiento de América-, permitiendo observar y fotografiar el mismo desde diferentes ángulos. Respecto a la bandera, se trata de la mayor bandera española (300 metros cuadrados) que ondea en nuestro país y lo hace sobre un mástil de 50 metros de altura situado junto a unos impresionantes bloques de piedra de color rosado y en los que aparecen citas también relacionadas con el Descubrimiento. Colocada a iniciativa del Ayuntamiento de Madrid hacia 1999 y que levantó una gran polémica entre los partidos independentistas –me pregunto si en Madrid no tenemos derecho a sentirnos orgullosos de la bandera de todos-, merece la pena fotografiarla por la noche, cuando los focos apuntan a la misma y enaltecen los colores rojo y gualda como contraste al oscuro cielo de la ciudad. Para verla aún mejor, lo más adecuado es colocarse en el final de la calle Génova, al final de una ligera pendiente que se haya en el inicio de esta calle. La foto es inmejorable y el recuerdo, seguro que imborrable.

Acaba aquí el primer recorrido que me he marcado por Madrid. Solo es el primero y llevo ya varias páginas escritas. Y esto es sólo lo mejor para mi. Ya dije que Madrid es mucho Madrid. Llegado a estas alturas, pienso si hay alguna otra ciudad como Madrid. Desde luego en el mundo la habrá, pero en España lo dudo bastante. Hace poco me comentaban que en Madrid debe haber alrededor de unos 34 teatros, mientras que en Barcelona (supuestamente la ciudad de las tendencias vanguardistas) apenas debe haber la mitad. Lo mismo cabe decir de sus calles y plazas: es obvio que en los barrios de la periferia el ambiente no es extremadamente animado, pero vete a Sol, Gran Vía, al Paseo del Prado o al entorno del Palacio Real y verás un Madrid lleno de vida, con gente en las terrazas y cafés, paseando, en los parques y jardines. Gentes de todas las procedencias y orígenes, gentes con sus propias lenguas, gentes de toda ideología y creencia, pero unidas por algo especial: su amor por Madrid y su diversidad, porque no solo es madrileño quien nace en Madrid, sino quien vive en ella. Sí, Madrid no tiene playa –como decía la canción-, pero ¿quién la necesita con todo lo que hay que ver y disfrutar en la ciudad?

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Alberto Martín Quintana

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