Madrid vertical (Primera parte)

Introducción

Y es que desde antiguo el hombre ha sentido una fascinación por el cielo, por las alturas. Sus motivos han podido ser religiosos, económicos o de mera demostración de poder. De hecho, nos podemos remontar tan lejos como a la propia Biblia: el rey Nimrod inicia la construcción de la Torre de Babel en su soberbio deseo de ser tan grande y llegar tan lejos como el propio Dios, aunque otras fuentes indican que lo hizo como previsión frente a otro Diluvio Universal. Ya sabemos cómo terminó la historia de este edificio que, según algunas fuentes, podría alcanzar aproximadamente los 67 metros de altura, pero no deja de ser curioso que en un libro tan antiguo como el texto bíblico asistamos a una de las primeras construcciones de altura.

El Coloso de Rodas o el Faro de Alejandría suponen otros hitos remotos en este deseo de ser grande, de demostración de poder. Y, sin embargo, hubieron de pasar varios cientos de años para que asistamos a un nuevo período de elevación de altas torres. En este caso, sin embargo, el propósito no es desafiar y superar a Dios, sino alcanzar su gloria y manifestar su poder mediante la construcción de minaretes en el ámbito musulmán y, sobre todo, de los altos campanarios de las iglesias y catedrales cristianas durante el Gótico. Así, por ejemplo, el campanario de la Catedral de Estrasburgo se elevaba hasta los increíbles 142 metros.

No obstante, en esta época surge –sobre todo en la zona de Flandes- un nuevo poder que, con sus construcciones, intenta rivalizar con el poder religioso. Se trata de los burgos o ciudades que, allá por el siglo XIV, demuestran su pujanza económica y política con la construcción de altas torres en sus Ayuntamientos. Cualquiera que haya visitado Bélgica u Holanda podrá ver innumerables ejemplos al respecto.

Es, como decíamos, la primera muestra del cambio de testigo en lo que se refiere a altas construcciones, si bien durante algunos siglos más seguirá preponderando la construcción religiosa como sinónimo de altura. Y lo seguirá haciendo hasta finales del siglo XIX, momento en el cual se invierte la tendencia mediante la construcción de los primeros rascacielos en Estados Unidos y el levantamiento de la Tour Eiffel en el París de 1889. Las construcciones religiosas –salvo contadas excepciones como la Sagrada Familia de Gaudí- pasan plenamente el testigo a las grandes corporaciones industriales y financieras que serán las que guíen la nueva verticalidad de las ciudades con carácter general (quizá una excepción a la iniciativa privada en los rascacielos sea la derivada de regímenes totalitarios tal y como sucedió en la URSS con, por ejemplo, la Universidad de Moscú, o la Italia fascista con varios proyectos destacados).

Y es que a finales del siglo XIX se dieron las circunstancias para la aparición de los primeros rascacielos: el descubrimiento de la electricidad, el uso y extensión de las vigas metálicas –que aligeran las estructuras constructivas permitiendo hacerlas más altas- y el perfeccionamiento del ascensor –elemento clave para poder subir con comodidad y seguridad a las nuevas alturas propuestas- permiten la pujanza de estos edificios. Así, con estos tres nuevos elementos, aparece el que es considerado el primer rascacielos del mundo: es en 1885 cuando se construye en Chicago el Edificio Home Insurance, rascacielos que tenía la asombrosa altura de ¡10 pisos!

Medio siglo más tarde, en 1931, Nueva York recoge el testigo como ciudad de los rascacielos con el emblemático Empire State Building que, con sus 381 metros y 102 plantas, fue el edificio más alto del mundo hasta el año 1973 y aún hoy un icono de la ciudad y del país. Pero la mente humana no tiene límites y ya hay proyectos que superan los ¡1.000 metros de altura! (por ejemplo, el proyecto de “Torre Biónica” propuesto por arquitectos españoles y que podría dar cabida a una población de cien mil personas), aunque ya no son los EEUU el lugar elegido para este monstruo de acero y cristal. Hemos vuelto a los tiempos del rey Nimrod: la soberbia de construir lo más alto posible identificando el país y corporación que lo ha construido, se combina con el deseo de establecer nuevos iconos representativos de una ciudad o país.

Los rascacielos en Madrid

Sirva esta extensa introducción para adentrarnos en el objeto de este artículo aunque, claro, con todos estos abrumadores datos, ¿pensamos realmente que lo leído tiene algo que ver con nuestra ciudad? ¿Es Madrid una urbe vertical? ¿Cómo hemos llegado hasta aquí desde aquella villa de casas bajas en las que surgió la picaresca de las “casas a la malicia” para evitar la aplicación de la Regalía de aposento? ¿Cuáles son las construcciones más representativas de este Madrid vertical?

Lo que es claro es que Madrid tardó en sumarse a la moda de “las alturas”. Cierto es que durante siglos, nuestra ciudad dispuso de una buena “colección” de iglesias y conventos con sus correspondientes campanarios y ello nos podría llevar a la impresión de que “apuntábamos maneras”, pero no es menos cierto que ninguna de aquellas respondían a un espíritu claramente innovador en cuanto a la construcción en altura. Pensemos que mientras en Estrasburgo, como hemos visto, en pleno XV se disponía de un campanario de 142 metros de altura, y en Santiago de Compostela se llegaba a los 75-80 metros, en Madrid nos conformábamos durante siglos con los escasos 20/25 metros de altura del edificio del Arco de Cuchilleros (y eso solo porque la construcción salva el desnivel entre la Plaza Mayor y la Cava de San Miguel), mientras que dentro de las construcciones religiosas fueron la Iglesia del Convento de las Comendadoras de Santiago (s. XVII) -con 65 metros-, y la Iglesia de San Francisco el Grande (s. XVIII) con sus 70 metros, las que ostentaron el récord de altura en Madrid hasta la construcción de las torres de la Plaza de España.

No solo eso, sino que si tenemos en cuenta los rascacielos que se construyen en el mundo y los construidos en Madrid, percibimos claramente cómo nuestra ciudad no es precisamente una ciudad “de altura”. Piénsese, por ejemplo, que cualquiera de las mayores torres de las cuatro levantadas en la prolongación de la Castellana superan solo ligeramente los 250 metros, es decir, alcanza solo 2/3 partes de la altura del Empire State Building construido 80 años atrás.

Y, sin embargo, en ocasiones no fue falta de talento constructivo, sino falta de voluntad política o la endémica falta de presupuesto los que no permitían que los proyectos pasaran más allá de la mesa de dibujo del arquitecto. Así, por ejemplo, en 1891 Alberto del Palacio proponía la construcción de un gigantesco globo terráqueo de 200 metros de diámetro sustentado por una peana metálica de 100 metros de altura y todo el conjunto coronado por una réplica a tamaño real de la carabela Santa María y un gran faro. El proyecto se presentó en Chicago y posteriormente, y con ocasión de la Exposición que se habría de celebrar en Madrid en 1893 tomando El Descubrimiento como eje central de la misma, fue propuesto a la ciudad para que se alzará junto al Palacio de Cristal de El Retiro; pese a los encendidos elogios de Castelar, lo cierto es que finalmente no se construyó. Con sus más de 300 metros de altura, hubiera sido una de las construcciones más altas del mundo (superando, incluso a la Tour Eiffel) e icono indiscutible de la ciudad de Madrid.

Aun con todo ello, en Madrid nos encontramos con unas construcciones verticales más a nuestra medida, con notables ejemplos tanto de edificios de oficinas como torres de comunicación. Y si bien es cierto que las Cuatro Torres han desplazado al complejo AZCA como la zona de rascacielos de Madrid, no es menos cierto que los orígenes de estas altas construcciones lo encontramos en el centro de Madrid.

Los primeros pasos

Pero, ¿se pueden identificar zonas prioritarias de construcción en altura? Por supuesto que sí. De hecho, tal y como se ha hecho alusión anteriormente, los rascacielos tienen un componente icónico verdaderamente impresionante. Pensemos, por ejemplo, en el hecho de que los primeros “rascacielos” madrileños se levantaron en el entorno de la Gran Vía justo cuando la construcción de la misma a partir de 1910 pretendía ser reflejo de la modernidad en Madrid y, por ende, en España entera.

Y es que la construcción de esta notable arteria viaria supuso el inicio de las construcciones de altura. Un antecedente inmediato de los primeros rascacielos fue, sin embargo, un edificio situado justo enfrente del inicio de la nueva calle. Nos referimos al Círculo de Bellas Artes, diseñado por nuestro genial Antonio Palacios (el mismo que levantó el actual edificio del Ayuntamiento) en 1919 y cuyo proyecto, curiosamente, fue descartado inicialmente por, entre otros motivos, sobrepasar la altura de la ordenanza municipal.

Sabidos son los tejemanejes posteriores para lograr la aprobación del proyecto de Palacios sobre el de los competidores (el proyecto de Palacios, pese a haber sido desestimado, fue el construido tras una votación por los propios socios del Círculo de BBAA del que formaba parte el propio Antonio Palacios) y la argumentación dada por el arquitecto en el sentido de que la altura del edificio se habría de medir solo hasta la terraza y no hasta el torreón. Aun así, hubo varios tiras y aflojas entre Ayuntamiento y la dirección del Círculo (incluida la paralización de las obras), hasta que al final este segundo se impuso gracias al apoyo del Ministerio de Gobernación y del propio Gobernador Civil que inquirió al Ayuntamiento a que permitiera la construcción por tratarse “de un edificio con especiales condiciones arquitectónicas y artisticas” y ser por tanto la Administración del Estado la que habría de decidir sobre la “pública utilidad” del edificio.

Sea como sea, sus 10 plantas y 67 metros de altura ofrecen una interesantísima perspectiva de Madrid que podemos contemplar si subimos a su terraza; el precio por hacerlo comienza a ser abusivo (3 euros) pero, a cambio, podremos observar bajo la atenta vigilancia de los 6,5 metros de altura de la estatua de la diosa Minerva, una perspectiva única de Madrid y de sus construcciones verticales más representativas: Torre de Valencia, las Torres de Colón, la Puerta de Europa, las Cuatro Torres… Tal y como señalaba el diario ABC el 9/11/1926 con ocasión de la inauguración del edificio el día anterior, desde su terraza “se divisa un aspecto curioso y sorprendente de Madrid”, lo que hizo que el cronista de la época hablara de una “soberbia realización de este gran proyecto que solo en la Casa de Correos, entre los edificios modernos, puede tener paridad de monumentalidad y riqueza”.

No obstante, el inicio de la Gran Vía iba a suponer un cambio de la tendencia social y económica de la ciudad, americanizándose la vida de la misma: nuevas propuestas comerciales, nuevos espectáculos a la americana, modas… Lógicamente, la arquitectura no podía quedarse al margen de este nuevo modelo que daba por finalizado el periodo francés (cuya culminación sería, paradójicamente, el actual Edificio Metropolis al inicio de la Gran Vía), y por ello comienza a adoptar los modelos USA para las nuevas construcciones emblemáticas.

Así lo fue uno de los primeros en los aledaños de Gran Vía. Me refiero al Edificio La Unión y el Fénix levantado por Modesto López Otero (el mismo que años después levantaría el Arco del Triunfo de Moncloa) entre los años 1928 y 1931 en la calle Virgen de los Peligros con esquina a la calle Alcalá. Su altura no es notable (apenas 12 plantas con una altura total de 55 metros), pero la elegancia del edificio es indiscutible, siguiendo claramente los modelos norteamericanos de la época. Tuvo, además, la dificultad añadida de seguir unos criterios muy estrictos por parte de la aseguradora que deseaba ofrecer con este edificio “un anuncio perpetuo de la prosperidad de la compañía”. Lamentablemente, su situación en una calle tan estrecha como la citada dificulta la contemplación del edificio, por lo que aconsejo personalmente situarse a media altura de la calle Sevilla para contemplarlo en todo su esplendor, pese a que la utilización de estilos decorativos de raíces hispanas tipo Giralda en la torre, sigue sin combinar con la vecina Iglesia de las Calatravas por la cual, y a fin de evitar la completa ocultación de su cúpula, tuvo que sustentarse la torre sobre un cuerpo rectangular bastante bajo de altura.

Sin embargo, los edificios mencionados hasta ahora, pese al tanteo vertical del primero y al seguidismo norteamericano del segundo, no llegan a tener la consideración de rascacielos. Y es que el primero que tuvo el honor de ostentar tal condición en España y en Europa fue el de la Telefónica, acabado de construir en 1929 y que mantuvo el récord de altura en Madrid hasta la construcción, en los años 50, del Edificio España. Pese a su altura y su impresionante volumen, se nos presenta como un edificio notable, elegante, y que supone un salto cualitativo en las formas arquitectónicas de este tipo de edificios. La telefonía, una tecnología en auge y puntera entonces, requería un edificio emblemático y, siendo la norteamericana ITT quien traía de la mano a la nueva compañía española, no es de extrañar que fuese también norteamericano el modelo tomado para este nuevo edificio en la moderna Gran Vía.

Sus 17 plantas y 89 metros de altura –que hicieron de él un privilegiado puesto de observación del frente durante la Guerra Civil a la vez que un objetivo obvio de la artillería enemiga- fueron considerados entonces un prodigio de la arquitectura pero, curiosamente y tal y como sucedió con el edificio del Círculo de Bellas Artes, también éste superaba lo establecido por las ordenanzas, por lo que las autoridades del momento hubieron de recurrir a la “utilidad pública” de la nueva construcción (iba a dar servicio a 40.000 líneas telefónicas en pleno auge de este nuevo sistema de comunicación) para justificar que se levantara el edificio en apenas 4 años con el trabajo de unos 1.000 obreros. Hoy, su reloj iluminado en neones rojos en la noche madrileña, marca las horas a todos los visitantes que acuden a las inmediaciones de la Gran Vía y que, quizá sorprendidos por su altura, no se fijan en la entrada neobarroca; y es que si bien el diseño original fue norteamericano, el español Ignacio Cárdenas –que fue quien firmó el proyecto- introdujo este elemento típicamente madrileño para dar una cierta españolidad a un edificio que por entonces fue incluso tildado como la primera pica del imperialismo norteamericano en España. Aunque el edificio estuvo a punto de resultar algo totalmente diferente, pues el arquitecto originalmente encargado del proyecto, Juan Moya (arquitecto del Palacio Real) concibió una fachada que, en palabras de Cárdenas, “cuajó en toda su altura de decoración barroca. Cada ventana estaba encuadrada por pilastras y frontones, hojarasca retorcida, conchas y no sé si angelotes que sostenían cada jamba”, aunque incluso algunos responsables americanos de la ITT también consideraron oportuno incluir, a diferentes alturas de la fachada, los escudos en piedra de las diferentes provincias españolas. ¿Nos podemos llegar a imaginar algo así para nuestro querido edificio?

Este edificio de Telefónica, sin embargo, no debe hacernos pasar por alto otro edificio ligeramente anterior en el tiempo y que, con sus formas, recuerda a la llamada Escuela de Chicago en sus orígenes: me refiero al Palacio de la Prensa. Levantado entre 1924 y 1928 en plena Plaza del Callao –llamada así en honor del famoso combate librado en dicho puerto peruano en 1866 durante la independencia de las colonias americanas-, fue construido por el arquitecto Pedro Muguruza para la Asociación de la Prensa. Lógicamente, y siendo tal el destinatario inicial del edificio cuya primera piedra fue puesta por el rey Alfonso XIII el 11 de julio de 1925, a lo largo de los años han sido diversos los medios de prensa que han “aterrizado” en el lugar, desde la revista satírica La Codorniz hasta el más moderno “20 Minutos”. Aunque el ladrillo como material base para los rascacielos había quedado algo desfasado, su uso en este edificio entronca perfectamente con la tradición constructiva madrileña y le otorga un carácter único en la Gran Vía. Quizá por ello, o quizá por el “hueco” o retranqueado en la parte superior de la torre, siempre me ha cautivado observar este edificio, intentado descubrir en cada mirada un nuevo aspecto del edificio. Y es que, no en vano, este edificio de 60 metros y 14 pisos, es el vigía de la Plaza del Callao.

Postguerra

La Guerra Civil paralizó todas las construcciones y proyectos habidos hasta ese momento. Posteriormente, la reconstrucción de la ciudad tomó el impulso urbanístico inicial de la ciudad. Y, sin embargo, muy pronto se comienzan a elaborar nuevos proyectos que irán situando a Madrid a la cabeza de las construcciones de altura.

Uno de estos proyectos, felizmente no construido, fue el que afectaba a la Puerta del Sol y suponía la alteración más importante de la plaza desde la reforma habida en 1860. El proyecto fue elaborado por Antonio Palacios (el mismo que el de nuestro Círculo de Bellas Artes) y contemplaba un cambio radical de nuestra más emblemática Plaza derribando la Casa de Correos y construyendo un nuevo complejo urbanístico-comercial flanqueado en los extremos de su eje mayor por sendas torres de 141 metros de altura que simbolizarían el lema “Plus Ultra” y en las que se alojarían los 20 consulados de los países hispanos de América.

Otro proyecto, éste sí construido, supuso la destrucción en el Paseo del Prado del Palacio Xifré (uno de los mejores ejemplos de la arquitectura neomudéejar madrileña) y su sustitución a partir de 1955 por la Delegación Nacional de Sindicatos (o Casa Sindical), obra de un jovencísimo Asís Cabrero, y que con el tiempo permitiría al Ministerio de Sanidad y Consumo tener una sede en un lugar emblemático. Sin duda, levantarlo en pleno Paseo del Prado supuso toda una afrenta al carácter noble de la vía, tanto por las formas rotundas de esta nueva construcción (tan alejadas del clasicismo de la zona), como por la verticalidad manifiesta respecto de los edificios colindantes. Esta patente verticalidad, pese a no superar las 18 plantas y los 60 metros de altura, hizo que la prensa de la época lo considerara entre los pequeños rascacielos de Madrid que destacaba “con su inmensa mole de ladrillo rojo, sobre el gris caserío que constituyen las calles y plazuelas adyacentes”. Fue extraño, eso sí, que se adoptara este diseño racionalista con sus 180 ventanales-celdas en vez de uno de los múltiples proyectos de tipo “escurialense” que se presentaron al concurso convocado en 1949, pero ya se presagiaban nuevos tiempos en los que la estructura del régimen habría de ir conviviendo con el aperturismo que se anunciaba y este edificio podría ser una muestra de ello, si bien no deja de ser cierta su semejanza con ciertos modelos de la Italia fascista. Como apunte final, cabe decir que junto a su fachada trasera se levantaba otro edificio, también con marcado carácter vertical, en el que se encontraban los talleres y redacción del extinto Diario Pueblo, uno de los llamados “periódicos del Movimiento” cuyo último número salió publicado en mayo de 1984. Pero eso es otra historia.

El régimen evolucionaba y la arquitectura debía hacer lo propio. Urbanísticamente, un eje tomaba fuerza desde años antes a la Guerra Civil: la prolongación de la Castellana. Y, sin embargo, aún habremos de situarnos al final de la Gran Vía –por entonces denominada Avenida de José Antonio-, en la nueva Plaza de España, para descubrir dos iconos de los años 50: el Edificio España y la Torre Madrid, ambos construidos por los hermanos Otamendi y que serían durante más de un cuarto de siglo, los edificios más altos de España.

El primero en ser levantado fue el Edificio España, levantado en 1953 y supuso un nuevo hito en la construcción de rascacielos. La elección de su nombre no era casual: por un lado se encontraba en la plaza del mismo nombre y, por otro, su nombre reivindicaba el eje central del Régimen. En sus 117 metros de altura (y 105 de ancho total), 25 pisos y 32 ascensores, se concebía una mini-ciudad en la que cabrían no solo oficinas –como había sucedido hasta ese momento en este tipo de edificios- y un hotel, sino también viviendas y todos los servicios básicos que requería una pequeña comunidad de personas, desde clínicas hasta alguna capilla, adelantándose de este modo al proyecto de Torre Biónica señalado al principio de este artículo. Sus dimensiones y características eran tan impresionantes, que prontamente fue conocido como “el Taco” a causa de la admiración que despertaba entre quienes lo veían y “soltaban” alguno de aquellos. Casi sesenta años más tarde, y tras haber sido la sede del mítico Hotel Crown Plaza, el edificio permanece cerrado a la espera de que los planes que en 2008 concebían el edificio como un lugar inmejorable para apartamentos y viviendas de lujo y un nuevo hotel, tengan su feliz conclusión.

Algunos años más tarde (en 1960) se inauguraba su compañero fiel en la zona: la Torre de Madrid. Ésta continuó claramente el modelo norteamericano; no en vano pocos años antes se habían firmado con los EE.UU. unos importantes acuerdos que suponían el final del aislamiento del régimen de Franco. Sin duda, España necesitaba acercarse, también visualmente, a los nuevos aliados y la combinación de esta necesidad con las apuestas de destacados arquitectos como los hermanos Otamendi permitieron resultados tan a la americana como este edificio de 142 metros (37 plantas) que llegó a albergar unas 500 tiendas, un hotel, cine... Apodado “La Jirafa”, su construcción marcó un nuevo récord de altura en España y en Europa, record arrebatado por Italia en 1967 y que en España no lo fue hasta la construcción de Torrespaña, casi un cuarto de siglo más tarde de su construcción.

Fotografías por Alberto Martín Quintana

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Autor del artículo

Alberto Martín Quintana

Comentarios

Rascacielos Madrid(hace 5 años)

Creo que hay rascacielos en Madrid muy bonitas y hay zonas no turísticas que merece visitar. Por eso tu artículo me parece que explica las cosas muy bien y en profundidad, muy útil para conocer la historia de Madrid.

UN saludo

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