Un teatro para la reina del humor blanco

Nos ha dejado Lina Morgan, personaje con la rara habilidad de caer bien a casi todo el mundo. La ciudad debe hacerle un homenaje sí o sí, pues es una mujer que, independientemente de los gustos musicales o teatrales que tenga cada uno, siempre ha llevado con orgullo su condición de madrileña de pura cepa. Ahora bien ¿Es una calle o plaza la opción más recomendable?. Hay otra más simple, e incluso más coherente.

En medio de la vorágine de la globalización, es costumbre, no rechazable, que se otorguen a personalidades foráneas lugares en nuestro callejero. Por turismo, por migraciones o por negocios, somos lugar de paso para gentes de las cinco partes del globo. Pero esa costumbre no debe ser nunca menoscabo para los artistas y talentos "de aquí". Como dijo aquel humorista llamado Summers, Lina Morgan fue una bomba bendita que nos cayó a los madrileños entre tanta bomba de las otras que nos caía en el año 37.

Los grandes cambios que hubo en España entre 1978 y 1986 (apertura a Europa, democratización de las instituciones, irrupción de nuevas corrientes musicales) fueron, vistos globalmente, muy beneficiosos. Pero hay que reconocer que también tuvieron sus "daños colaterales". Uno de estos daños fue el que se tendiera a despreciar, demasiado a la ligera, toda la producción artística y cultural previa al 78 como desfasada o "cosa de viejos". Cierto es que gran parte del enorme listado de espectáculos que se diseñaron antes de la democracia eran de un gusto cutre y simplón, pero también hay especies vegetales que conseguían dar buenos frutos en medio de aquel páramo.

Una víctima clara de estos daños colaterales fue la revista "La Codorniz" y todo lo que ella representaba. Se llegó al disparate supino de que uno de los medios de comunicación que más habían criticado a la dictadura militar, y que había colado goles dignos del "Kun" Agüero al aparato censor del oficialismo, pasó a ser despreciado como una publicación de "fachas". De repente, muchas cosas se habían convertido en "obsoletas" y se las quiso relegar al basurero de la Historia.

Lina Morgan, desde su teatro de La Latina, en el que entró de soldado raso y acabó de general, hizo una labor similar a aquella "Golondriz" con la que los supervivientes de la "Codorniz" original continuaron el trabajo algunos años más. De hecho había personajes-eslabón que colaboraron con la una y con los otros, como Rosa Valenty.

La una y los otros crearon una especie de reservas o burbujas espaciotemporales donde se mantenía el "humor blanco" de los años 50 y 60. Lo cual no quiere decir que no se crearan chistes o retruécanos sobre situaciones picantes o de actualidad, pero se buscaba un alejamiento del cutrerío que no todas las revistas de humor ni todas las producciones teatrales posteriores a 1978 pretendían. La desaparición de la censura aumentó el pluralismo, pero entre los humoristas de verdad que ganaron en libertad de expresión se coló también un buen número de caraduras que creyeron que por caer en lo grosero o en lo chabacano eran más "modernos" o más "populares". Lina procedía de una familia sencilla, y buena parte de sus espectáculos estaban diseñados para gentes sencillas, pero nunca trató a su público como si fuera bobo de remate, ni usó sus espectáculos para embobarlos. Se alzó moralmente por encima del landismo de su época, y se halla también por encima del torrentismo de la actual.

El mejor monumento posible ya está construido

Ahora vendrán unos días de discusiones en diarios impresos y digitales, partidos políticos y concejalías, foros de opinión y barras de bares sobre dónde y cómo hay que homenajear a Lina Morgan. Ya se habla de una calle o una plaza, pero quizá no sean las mejores opciones. Vamos a explicar las razones:

-Hay sitios en Madrid donde todavía queda hueco para bautizar calles. En otras ocasiones hemos señalado dos calles al este de la ciudad que son el comodín perfecto para homenajes de muchos tipos. Pero el caso de Lina Morgan es especial, pues no se le puede poner un recordatorio a lo loco en cualquier barrio de Madrid. Ella estaba muy vinculada al teatro de La Latina y a las calles circundantes.

-Por otra parte, cambiar el nombre de cualquier calle de esa zona de La Latina sería un error, pues la calle de Toledo, la plaza de la Cebada, etc... son topónimos que llevan ahí siglos y ya están sobradamente asentados en la historia de Madrid. La estación de Metro de la línea 5, cuyas escaleras mecánicas rozan casi el subsuelo del teatro, sería una opción, pero tampoco es muy recomendable, dado que su nombre actual sirve de recordatorio del antiguo Hospital de La Latina. Gracias al Metro, mucha gente se pregunta quién sería la tal "Latina" y con ello saca del olvido a Beatriz Galindo. No hay que desnudar a una santa para vestir a la otra

Hay una solución clarísima. No hay que rebautizar la plaza, ni la calle, ni la estación. Ni poner estatuas ni placas. El monumento ya está construido y es el propio teatro. Si se rebautiza como Teatro Lina Morgan, se consigue que el nombre de la homenajeada aparezca en los planos, las guías turísticas, las páginas de Internet... Sin quitar placas a otras personas o lugares. Es el teatro de Lina Morgan, porque si ella no lo hubiera comprado durante unos años, probablemente hubiese desaparecido en medio de algún pelotazo inmobiliario, como se perdieron tantos otros teatros.

Y de paso, evitamos tentaciones de que en el futuro alguien le ponga otros nombres absurdos y fuera de contexto, como le ha pasado al Rialto o al Calderón durante un tiempo para campañas publicitarias.

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Autor del artículo

Juan Pedro Esteve García

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