La “Cuarta de Apolo”, nostalgias y reencarnaciones.

El teatro Apolo original, el de la calle de Alcalá, se abrió en 1873 con el nombre de Teatro Moratín, y en origen estaba destinado a la representación de obras largas, aunque sus inicios transcurrieron con una actividad muy reducida, dado el ambiente de conflictividad social que se vivió en nuestro país por aquellos años. Pero precisamente de esos años de incertidumbre, y de la bajada en el poder adquisitivo de los madrileños, surgió el producto cultural que iba a alimentar a esta sala, ya con el nombre de Teatro Apolo, una vez recuperada cierta normalidad con la subida al poder de Alfonso XII y de sus primeros ministros de la Restauración: Había llegado el “género chico”.

El “género chico” es la demostración de que no hay nada nuevo bajo el sol, y de que la mentalidad “low-cost” de la que tanto se habla desde hace unos años, y que se ha implantado en tantos otros sectores de la vida, ya estaba ahí, en el siglo XIX. En vez de ocupar la noche con una o dos sesiones largas, los empresarios teatrales crearon una estrategia de varias sesiones cortas, para las que muchos autores concibieron varios centenares de obras de alrededor de una hora de duración.

Se suele identificar “género chico” con “zarzuela”, y si bien es cierto que gran parte de las obras del “género chico” son un subtipo de las zarzuelas, adelgazadas para poder caber en ese tiempo reducido, la gama de contenidos abarcaba sainetes y también algunos “dramas comprimidos”, como los denominó Francisco de Cossío[1].

En 1894, en el Apolo, se estrenó “La Verbena de la Paloma”, que hoy está considerada parte del canon definitorio del casticismo madrileño. Tanto o más hondo acabó calando en este canon la cuarta sesión, la “cuarta de Apolo”, que empezaba alrededor de la 1 de la madrugada, y acababa alrededor de las 2. La “cuarta” continuaba a menudo en el cercano Café de Fornos, donde se montaban tertulias, cenas políticas, se cerraban contratos entre actores y compañías… A todo este ambiente se le quiso mitificar bastante, como un espacio “de moda” en el que coexistían próceres y famosos con la bohemia nocturna. Otros consideraban a “la cuarta” como un nido de pícaros no muy diferentes a los que eran retratados en los sainetes.

Gran parte del repertorio creado para este teatro, y alguno similar de otras ciudades, ha quedado hoy en el olvido. Como en todos los periodos de gran producción cultural, hay unos cuantos genios e innovadores que crean obras imperecederas, como imperecedera es ya la citada “La Verbena de la Paloma”. Pero también hubo en esos años verdaderos estajanovistas de la escena y del pentagrama que producían libretos y partituras en serie y a toda velocidad, sin más pretensión que llenar una hora de programación, de manera muy similar a como se hace hoy con los capítulos de determinadas series de TV. Aun así, la fauna del Apolo nocturno era interesantísima desde el punto de vista sociológico: no lejos del ministro que venía del otro teatro, el Real, a reírse un poco después de tanta solemnidad, podía sentarse el crítico de un periódico que al día siguiente iba a alabar o a vituperar al primer actor, o el “viejo verde” al que el argumento de la obra le importaba un rábano y solo venía a admirar la anatomía de alguna actriz. Todos ellos tenían que estar vigilantes en las aglomeraciones de la entrada y la salida, pues los carteristas andaban al acecho…

El Teatro Apolo fue decayendo ante los cambios en el gusto del público, y desapareció en 1929 para dar espacio al Banco de Vizcaya, cuyo edificio a su vez ha sido reutilizado posteriormente como dependencias municipales. A partir de ahí, el Apolo podría haber quedado como un recuerdo más de entre tantos otros edificios demolidos de la historia de nuestra urbe, pero en el reavivamiento de la nostalgia tuvieron mucho que ver los acontecimientos posteriores: Dos cambios de régimen político (1931 y 1939) con una guerra civil de por medio, una posguerra durísima… No es de extrañar que muchos madrileños empezasen a hablar maravillas de las artes y entretenimientos “de antes de la guerra”, incluso de los que habían pasado de moda o en su época habían sido considerados como “del montón”.

En la Alemania o en la Austria posteriores a 1945 florecieron los “heimatfilme”, películas que trataban de hacer olvidar los horrores de la Segunda Guerra Mundial con argumentos de amor y amistad que discurrían en bucólicos escenarios de los Alpes. Aquí también tuvimos nuestros equivalentes, aunque con ambientación más urbana. En 1950 el cineasta Rafael Gil dirige “Teatro Apolo”, película con María de los Ángeles Morales y Jorge Negrete en los papeles protagonistas, y con cierta vocación evocadora de una España de tiempos pasados que tenía problemas, pero problemas mucho más pequeños que los que vinieron después.

En 1952 apareció una zarzuela de Manuel Parada y Carlos Llopis denominada “La Cuarta de A.Polo” sobre las aventuras en África de un tal Arturo Polo, cuyo nombre no es sino un guiño a la sesión nocturna del primitivo teatro de la calle de Alcalá. Para entonces, los empresarios que habían vendido ese local al Banco de Vizcaya habían montado otro teatro, el Progreso, en la plaza de Tirso de Molina, es decir, en la antigua plaza del Progreso, de donde tomaron también su nombre los Almacenes Progreso, luego expandidos a otros barrios mediante sucursales.

A partir de los años 70 comenzó una etapa de nuevo olvido, cuando no de abierto repudio, de las tradiciones culturales de las décadas anteriores. Nuevas maneras de hacer teatro, y de hacer cine. Popularización y bajada de precio de los aparatos de televisión. Auge de la música rock, por un lado, y de la canción política, por otro. En el mundo de la zarzuela, y del género chico, había mucha morralla sin calidad alguna, pero los nuevos tiempos vapulearon injustamente a lo que de bueno tenían esas tradiciones, que de un día para otro pasaron a ser consideradas como “cosa de viejos”, en bloque.

Todo ciclo cultural tiene su fin, y todo exceso tiene su resaca. Así pues, igual que Olga María Ramos se puso a reivindicar el cuplé,  José Tamayo hizo lo mismo con la zarzuela, y en 1987 reabrió el Teatro Progreso con el nombre de Teatro Nuevo Apolo, cuyas primeras funciones fueron precisamente unas “Antologías de la Zarzuela” para descubrir este género a las generaciones más jóvenes. Posteriormente, el Nuevo Apolo se ha utilizado para todo tipo de espectáculos, y ha tenido la suerte de acoger entre sus muros a artistas de la talla de Joan Baez.

Pero no acabaron ahí los homenajes y reencarnaciones: En el verano de 1990 [2] se presentó en Madrid una compañía de Zarzuela bautizada como “La Cuarta de Apolo”, dirigida por Antonio Díaz Merat, con Pedro Peña y Milagros Martín como principales actores. El repertorio con el que se mueve es básicamente el mismo que triunfaba en la calle de Alcalá casi un siglo antes.

Desde hace unos días, el Nuevo Apolo se encuentra cerrado, y puede afrontar su desaparición definitiva. Al parecer hay quejas de que genera “demasiado ruido” y no se adapta a las actuales normativas de insonorización. ¿Motivos razonables? ¿Subterfugios para preparar un nuevo “pelotazo” en un solar del centro de la capital? Vistos los disparates que se han cometido en los últimos años, los temores que albergan muchas personas sobre el futuro del local son fundados, máxime cuando hay determinadas guaridas de “bakalas” y “reggaetoneros” que contaminan la noche con muchos más decibelios, y arrastran años y años de impunidad.

Esperemos que se imponga el sentido común.

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Autor del artículo

Juan Pedro Esteve García

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